Manuel Espín
Vista meses atrás en Madrid esta producción que ahora se instala en los Teatros del Canal hasta el 8 de noviembre tiene todavía más resonancia que en su primer estreno por la situación vivida en los últimos meses del conflicto en Gaza. Wajdi Mouawad (1967) es un escritor-director-actor nacido en Líbano y perteneciente a la minoría cristiano maronita, cuya familia se vio obligada a emigrar a Francia para huir de la guerra, y de allí instalarse en Quebec (Canadá). Hoy es una de las voces más importantes del teatro en francés, y desde hace años con resonancia internacional, de quien en España se han representado producciones como ‘Incendies’.
En Mouawad se escuchan resonancias de los clásicos griegos, de Shakeaspeare y de los grandes de la tragedia, con un singular oído para las frases, una agudeza singular en los diálogos y la creación de situaciones donde se mezcla una poesía nada convencional y el realismo brutal de las situaciones en las que vivimos en nuestra época.
Traducido por Coto Adánez y dirigido por Mario Gas, que en este nuevo estreno madrileño dedicó la producción al pueblo palestino, el drama presenta con enorme soltura una crisis familiar que se va a convertir en un choque entre identidades ancestrales en las que los personajes más allá de su individualidad viven presos de sus dependencias tradicionales. Eitan, un joven de cultura judía aunque poco o nada ortodoxo y su novia Wahida, norteamericana de origen palestino, visitan Israel para conocer a la abuela de él, cuando se produce una acción armada antes de cruzar a Jordania y él es herido e internado en un hospital Lo que motiva la llegada de sus padres y abuelos desde Alemania donde residen. El padre es un sionista declarado y la madre una psicoanalista judía procedente de la antigua RDA. Se escandalizan tras enterarse que su hijo es pareja de una árabe, abriendo una verdadera caja de los truenos donde llegarán a revelarse oscuros secretos familiares.
Mouawad evita el maniqueísmo en un texto que quiere poner en evidencia la manera como los estereotipos tradicionales y las identidades ancladas en el tiempo acaban por aprisionar a seres humanos que tratan de pensar por si mismos sin ataduras. En los afilados diálogos se ponen en evidencia todas las contradicciones de este conflicto, empezando por la actuación de los herederos de aquellos que han sido víctimas de un genocidio como el Holocausto sean ahora capaces de repetirlo con los palestinos.
La producción española de este vibrante, sentido e impactante texto está dirigida por Mario Gas que sabe aprovechar con acierto todas las posibilidades de la obra original la acción es constante y los cambios de escenario y situación la asemejan a un tratamiento cinematográfico con un ritmo endiablado que no decae ni un minuto a lo largo de las casi tres horas y media con un breve descanso que dura esta intensa y frenética producción. El espacio escénico ofrece versatilidad con el apoyo de un video que informa de las situaciones y un excelente trabajo de la iluminación de Carla Belvis ayudando a facilitar las muchas transiciones con los cambios de luz.

Se nota que la obra está muy rodada por la enorme seguridad escénica de un reparto de diez actores y actrices que encarnan a los personajes. De todos hay que decir que están muy bien, y en algún caso sobresaliente como Vicky Peña en el papel de la abuela, Alaix Peña Miralles incansable y con los más variados matices como el joven Eitan, y Candela Serrat como su novia, de una arrolladora presencia escénica y componiendo los variados tonos que requieren. A destacar también los padres David (Pere Ponce) y Norah (Anabel Moreno) que son clave en esta historia, junto a los demás tipos que dejan huella en esta inolvidable producción: un excelente Juan Calot en su semi-monólogo, el rabino (Chema de Miguel), la soldado (Lucía Barrado) que interroga a la joven protagonista en una situación que reproduce con acierto algo tan real en la actualidad como la del tratamiento de terroristas por el hecho de tener un pasaporte con el sello de haber estado en un país árabe, o pertenecer a ese grupo cultural. Junto a Núria García (la enfermera) y Pietro Olivera (el médico).
Lo que esta producción quiere transmitir se explicita a la perfección en el diálogo que el personaje de Eitan propone a la platea: la necesidad de convivir de dos grupos, dos culturas, en dos estados, Israel y Palestina, como la metáfora de los pájaros anfibios que atraviesan ambos lados del muro, y que no se sienten atados por esas identidades perversas ancladas en irredentas tradiciones que acaban por convertirse en cadenas.
Todo lo que sugiere esta producción está presente en el diálogo vibrante que expresan sus personajes y que sirve al espectador para sumergirse en un torbellino de controvertidas sensaciones.
Pocas veces una obra teatral es capaz de hablar con tanta precisión del Otro, del Enemigo, de ese Desconocido al que solo se percibe en su más estereotipado rasgo. Mouawad se sirve de la referencia a un diplomático e historiador árabe del siglo XV capturado por corsarios cristianos y entregado al papa Leon X que se convierte el cristianismo para salir de la cárcel con el nombre de ‘Juan León El Africano’, cuyo destello se aplica a este texto escénico que se interroga sobre ese personaje que acaba asumiendo la identidad cultural de quien en principio parece su enemigo o adversario. Contado como hace Mouawad con las resonancias de un clásico del teatro griego o de Shakeaspeare.

