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Trump sueña con la utopía de suprimir el impuesto sobre la renta

Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos desde 1933 hasta su muerte en 1945, puso en marcha el New Deal basado en la redistribución de la riqueza. En 1934 aprobó un impuesto sobre la renta del 79% para quienes ganaran más de 5 millones de dólares al año.

José García Abad 

Donald J. Trump ha cavilado a lo largo de su campaña electoral sobre la posibilidad de suprimir los impuestos sobre la renta, principal fuente de ingresos de la Administración y sustituir está fuente de ingresos por el aumento de los aranceles a las importaciones.

Es una utopía a la que se le ve el plumero. Ciertamente los más beneficiados serían los ricos que ahora sufren el mecanismo más efectivo de redistribución de las cargas fiscales de forma que los ricos paguen más que los menos ricos en términos relativos. Sería un golpe a la idea de reducir las desigualdades que reivindica la izquierda con escaso éxito, ya que las desigualdades están aumentando de forma brutal. Pero los pobres podrían perdonárselo a los ricos al beneficiarse también ellos de liberarse de los impuestos. 

Es evidente que nadie quiere pagar impuestos. También lo es que si en cualquier país se hiciera un referéndum sobre el pago de impuestos el resultado sería unánime en contra del pago. Por eso a ningún gobierno, de derechas, de izquierdas o mixto, se le ha ocurrido hacer tal referéndum. Trump se apoya en la época que considera gloriosa en la que no existía el impuesto sobre la renta, a finales del siglo XIX. 

Un espejismo inviable 

El impuesto sobre la renta se estableció definitivamente en Estados Unidos y en el primer mundo durante la II Guerra Mundial. Hubo entonces un consenso universal de tono socialdemócrata, y en el fondo de respuesta al comunismo en plena guerra fría, de aplicar grandes fondos públicos para reducir desigualdades por medio de la educación, la sanidad y la asistencia social que solo podía conseguirse por medio de impuestos progresivos, redistributivos. 

Trump ha sembrado la idea, culminación del programa máximo del hiperliberalismo,  pero no ha lanzado una propuesta concreta, entre otras razones porque sus economistas de cabecera, que además de trumpistas son economistas, le han convencido que la idea es inviable ya que la recaudación arancelaria a las importaciones que propone como alternativa a los impuestos sobre la renta es muy inferior, muchísimo menor, solo el 2 por ciento de los ingresos públicos USA mientras los impuestos sobre la renta alcanza el 94 %, por lo que de implantar la idea trumpiana el Estado no podría funcionar. 

Sus asesores le hacen notar que, además, subir los aranceles a la importación sería contraproducente pues se elevarían los precios y se produciría como ya ha ocurrido la contraofensiva de los países a los que se impuso los aranceles, como China, generando la ruina de numerosos productores industriales y agrarios americanos. 

La utopía trumpiana es un espejismo para los trabajadores, para quienes cobran menos, para pobres y clase media, pues lo que se ahorrarían al no pagar impuestos directos tendrían que pagarlo en los impuestos indirectos.

Lo que si hará el presidente electo es rebajar impuestos como ya hizo en su anterior mandato (2016-2020) y como ha anunciado en su campaña electoral.  

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