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Un “Corte de Faraón” rebosante de purpurina

Manuel Espín

  Más de un siglo después de su estreno ‘La corte de faraón’ sigue siendo una de las obras teatrales españolas más representadas en España e Iberoamérica, después de su prohibición durante el franquismo (solo se permitieron las músicas en ‘La bella de Texas’ cantada por Nati Mistral y dirigida teatralmente por Luis Escobar). Para no confundirla con una zarzuela tradicional en esta ‘opereta bíblica’ tal y como se la denominó había sitio para la revista, el vals y la sensacional parodia musical de ‘Aída’ que abre la función. Vicente Lleó como musico y Perrín & Palacios cómo argumentistas hicieron una obra casi redonda cuyo éxito fue arrollador hasta el comienzo de la guerra civil. Incluso en 1944 tuvo su versión cinematográfica en México (no, la versión española de 1985 dirigida por García Sánchez utiliza solo los números musicales, con un argumento estereotipado que nada tiene que ver con el original) y se ha vuelto a hacer repetidamente en los teatros españoles porque es una obra lírica muy agradecida por parte del público y sigue siendo impecable musicalmente (Lástima que no se haya vuelto a representar en tiempos modernos, ‘Ave César’ de los mismos autores).

 Ello se debe no solo a las buenas condiciones de la música y de los cantables sino a las posibilidades que ofrece una historia desenfadada que se presta a toda clase de excesos incluido el disparate cómico o la transgresión.

 Sin embargo, vista con ojos de 2025 ‘La corte…’ sigue teniendo problemas debidos al cambio social. Por ejemplo el personaje de ‘Arikón’ sin ‘m’ que en otras versiones se utilizaba como elemento para provocar la risa y que hoy resulta totalmente intolerable como ocurría en las revistas y espectáculos de ‘music hall’ donde se ridiculizaba a los personajes LGTBI+, es decir a los antes llamados ‘mariquitas’. 

 El otro, la letra de uno de sus números más famosos, el ‘Coro de las viudas’ que hoy resulta sencillamente insoportable desde el punto de vista de la igualdad entre hombres y mujeres.

 Emilio Sagi en esta producción de 2011  del Campoamor de Oviedo, el Arriaga de Bilbao y los Teatros del Canal de Madrid que ahora acoge el Teatro de La Zarzuela, con todo su aforo vendido desde muchos días antes para la totalidad de sus quince funciones, elimina el personaje de ‘Arikón’ de la misma manera que cambia la letra del ‘Coro de las viudas’,  que ya no habla de cómo las mujeres deben someterse al marido para que este sea feliz. Claro está en la contextualización la letra pierde gracia (¿no hubiera sido mejor dejarla tal cual y hacer algún tipo de interpretación y reasignación para poner en evidencia nuestra absoluta discrepancia con el concepto que en aquella época se entendía el rol de las mujeres bajo una sociedad patriarcal?).

 Sagi que es uno de los mejores directores teatrales de ópera y zarzuela de Europa acentúa el tono festivo de ‘La corte…’ a la que despoja de muchos de los signos de identidad ‘tradicionales’ del viejo Egipto. En un espacio escénico de Daniel Bianco y con un vestuario de Gabriela Salaverri esta producción se acerca en parte a una divertida concepción ‘queer’ donde la supervedette rebosante (que en otro momento han hecho Norma Duval, Esperanza Roy o Ana Belén) es un travestido de diseño ‘drag’ interpretado con gracia por Enrique Viana, un tenor-actor de gran carisma especialmente en los personajes femeninos (recordemos su arrolladora presencia en ’24 horas mintiendo’ también en este teatro o sus imaginativos trabajos como director escénico). Su monólogo es divertido y nada escatológico. 

 Tampoco hay bailarinas como en las antiguas revistas sino exclusivamente masculinos, en este caso con un gran trabajo en la parte de danza a cargo de Nuria Castejón que es una brillante coreógrafa y directora escénica, y los bailarines desarrollan enorme esfuerzo en escena (también con un acróbata, Rafael Lobeto, colgado de la cuerda). 

 La revisión de los textos convierte al faraón en un personaje cargado de purpurina (Luis Cansino algunos días, Enric Martínez- Castignani en otros: a este último le vimos en la representación la que asistimos y estaba excelente). Dirige musicalmente Carlos Aragón con cambios en el orden de la partitura, utilizando varias veces el preludio quizás algo acelerado en cuanto al tiempo musical, para dar pie a un número bailado y repitiendo en el final el famoso ‘Ahí va’ a modo de karaoke. María Rey Joly (Lota), María Rodrigo (Reína), Amaya Pinto (Raquél), Amparo Navarro (Ra) y Leticia Rodriguez (Fa) cumplen como voces femeninas. Mientras en el masculino hay una cara y una cruz: Jorge Rodríguez-Norton es un buen cantante y tiene seguridad escénica como el ‘Casto José’ con la dificultad del ‘destape’ que hace en esta producción. Por el contrario, el barítono Ramiro Maturana como ‘Putifar’ está  desubicado en escena, mal en las partes habladas y queda difuminado su personaje al carecer de vis cómica.

 Tampoco es un acierto en esta producción la renuncia a los elementos escénicos más ‘cañís’ en el famoso ‘Garrotín’ que de no ser por el trabajo coreográfico perdería buena parte de su capacidad disparatada y absurda. No es precisamente el mejor número resuelto por Sagi en esta versión. Donde destaca el ritmo escénico sin caídas de ritmo a lo largo de la función,  el excepcional trabajo coreográfico de Castejón y la seguridad de Rodriguez-Norton en escena.

 En definitiva se trata de una gran producción, de original diseño quizás algo pasada de rosca en la sofisticación donde parece cumplirse el propósito disparatado con el que Sagi asume la producción. Hay que entender que ‘La corte…’ debe ser considerada una referencia de un teatro lírico-cómico español siempre agradecido por el público y que merecería estar presente con asiduidad en el repertorio de un teatro como La Zarzuela dedicado a insuflar oxígeno y nueva vida escénica sin caer en lo reverencial del  catálogo lírico de un país como España. Frente a las muchas versiones ‘sin medios’ que se siguen haciendo de ‘La corte…’  en esta producción los hay más que suficientes aunque la purpurina esté a punto de ahogarla.

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