Escrito por 5:48 pm Cultura

Un mágico y elegante ‘programa doble’ de óperas-monólogo

 Sobre el papel parecía rompedora la idea del Teatro Real de unir dos óperas-monólogo dentro de un concepto general integrado y con un singular nexo de continuidad: Rossy de Palma. El resultado, de la mano de un director escénico tan acreditado por su elegancia formal como Cristof Loy supera cualquier expectativa y lo convierte en un delicioso, atrayente y original espectáculo operístico con solo cuatro personas en total sobre el escenario, pero con una gran producción detrás.

 ‘La voz humana’ de Jean Cocteau se ha representado muchas veces en el teatro dramático, incluso formó parte de uno de los episodios de ‘L’amore’ (1948) de Rosellini interpretado por Ana Magnani. Se trata de una única situación en la que una mujer a través del teléfono se está despidiendo de su amante en circunstancias muy trágicas. Poulenc (1899-1963) le puso música con una partitura que asume la modernidad de su época con una estruendosa factura de dimensiones sobrecogedoras para expresar un drama personal. 

 La sorpresa es que el libreto habla también de las cosas cotidianas y los pequeños detalles de un día a día narrados por la mujer abandonada. Estrenada como ópera en 1959 la pieza ha tenido un largo recorrido por los escenarios y por vez primera se representa en España más allá de su versión dramática. Loy como escenógrafo junto a Guadalupe Holguera ha diseñado un enorme espacio de tonos muy claros que corresponde en esta obra a una gigantesca y desolada cocina por la que se mueve la desesperada protagonista acompañada desde la distancia por su amiga (una silenciosa Rosy de Palma). No sucede como en la pieza teatral de Cocteau dentro de un dormitorio sino en ese dilatado y minimalista escenario trazado con exquisito gusto.

 Hay que entender la dificultad de Ermonela Jaho para cantar esta partitura sin apenas apoyos de melodía, desafiando al trabajo de la orquesta, y hacerlo lejos de cualquier melodramatismo o recurso sensibilero, potenciando el puro drama sin efectismo alguno. El trabajo de la soprano albanesa es muy destacable y la hora escasa de la obra se sigue con verdadero deleite pese a tratarse de una situación única.

 Con algunos cambios en la base del decorado en la segunda parte de este ‘programa doble’  ‘Edwartung’/’La espera’ de Schönberg (1874-1991) sobre libreto de Marie Pappenhelm, estrenada en 1924 resume lo que se entendía hace un siglo por modernidad sinfónica, totalmente atonal, sin referencia alguna a la ópera romántica o belcantista. También otra situación única: en este caso la habitación de una mujer desesperada por la imagen que la subyuga de un hombre muerto, que finalmente descubrimos que ella ha matado. Expresado musicalmente en tonos que se aproximan al expresionismo, pero que en manos de Loy evitan esa estética más allá de lo musical. El espacio escénico es limpio, luminoso, con la misma elegancia formal de ‘La voz humana’, y haciendo participar en la situación dramática al propio muerto, encarnado por el bailarín-actor Gorka Culebras. Con la voz de la soprano sueca Malin Byström expresión del desamor y la desolación sin recurrir a los recursos más fáciles o los aspavientos teatralizantes, y gran dominio de la expresión dramática y gestual, muy bien de voz y con la dificultad como le ocurre a Jaho en ‘La voz humana’ de tener que cantar de rodillas, en el suelo o en las posiciones más inverosímiles que vienen a indicar cómo se entiende el trabajo operístico en nuestros días; a años-luz de los tiempos en los que a las estrellas de la lírica les era exigido únicamente tener una excelente voz aunque aparecieran literalmente ‘plantados’ en escena como un árbol o un objeto del atrezzo. 

 Y, entremedias, dentro de este singular espectáculo unitario Rossy de Palma, con su propio diseño de vestuario (el de las dos óperas es de Barbara Droslint) que incluye una larga cola de tul de casi treinta metros de largo. Toda una extravagancia formal en la que Rossy recita, entona musicalmente y susurra textos y letras de canciones de Ornella Vanoni, Oscar Wilde, Brecht, Luis Fernández de Sevilla, Anselmo C. Carreño y la propia De Palma. Envuelta en un halo de ironía, con un dominio del gesto y la expresión corporal dentro de un estrellato muy personal representa el engarce entre dos óperas monólogo tremendamente dramáticas; en lo que puede constituir una descarga de tanta tensión, pero no por ello alejado  del contenido de fría pasión y desamor que preside la totalidad del envoltorio de este espectáculo.

 Falta por hablar de la dirección musical de Jeremie Rhorer, con una peculiaridad para la Orquesta titular del Real: aunque tanto Poulenc como Schönberg participaron de la modernidad sinfónica de una época, cada una de las piezas suena perfectamente diferenciada orquestalmente, sin mezclas ni repeticiones, y ambas obras representan un logro verlas representadas y no solo escuchadas. 

 El carácter singular de este espectáculo donde no aparece el coro del Teatro rebasa cualquier tentación minimalista, porque se ha dado con acierto una gran cobertura de producción a dos piezas menores en tiempo pero sólidas respecto al resultado. Bajo un componente formal, una sugestiva cáscara y un lazo aterciopelado sin caer en sentimentalismo alguno en el que la elegancia preside la totalidad de la idea. Quien piense que va a ver unas piezas ‘pequeñas’ se equivoca, porque el talento fluye sin necesidad de campanadas.  

Manuel Espín 

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