Manuel Espín
Desde que en 1603 Shakeaspare dio vida al oscuro y confuso personaje de ‘Otelo’ han sido muchas hasta hoy las lecturas escénicas sobre un torvo tipo atrapado en sus fantasmas interiores, presa de las dudas sobre su identidad y papel, hasta el punto de considerarse pese a su fachada de arrollador triunfador y héroe, un ser indigno del amor de Desdémona, atormentado por el demonio de los celos, hasta que se produce el desenlace de la tragedia argumentalmente bien conocida. En definitiva, un ser prisionero en sus propias inseguridades y obsesionado por un engaño que no existe más que en su cerebro.
Verdi, cuando ya era una auténtica estrella, estrena en La Scala en 1887 con libreto de Arrigo Boito (también un compositor muy destacable aunque a la sombra del maestro), hizo su propia lectura musical del personaje, dentro del enorme interés del compositor hacia la obra de Shakeaspeare. ‘Otello’ tuvo un éxito arrollador desde su estreno y la han venido repitiendo a lo largo del tiempo a cargo de las voces masculinas de los tenores más carismáticos de cada época.

Porque el personaje de el ‘moro de Venecia’ requiere una gran presencia escénica con una voz de tenor de mucho cuerpo pero a la vez con capacidad para cantar fragmentos de gran delicadeza formal y una tesitura lírica sin la rotundidad de otros cortes dentro de una partitura que da todas las posibilidades al protagonista masculino, quien además debe ofrecer una gran soltura como actor, y eso explica que todos los grandes la hayan querido cantar.
Esta producción escénica del Real con la English National Opera y la de Estocolmo vista hace nueve años en Madrid y que ahora abre la nueva temporada donde Shakeaspere estará tematicamente muy presente a través de variadas lecturas musicales, tiene una particularidad. Pese a trasladar la época del XVII a un tiempo indefinido que podría ser finales del XIX y principios del XX, posee un envoltorio naturalista muy clásico en el enfoque y un respeto casi reverencial a los impresionantes referentes de la obra.
Pero más allá de ese clasicismo formal encierra una gran lectura dramática explotando recursos teatrales sin distorsionar esos orígenes, evitando buscar la firma personal del director escénico, aunque la producción demuestre profesionalidad sin querer asumir audacias formales.

Su director escénico, el norteamericano David Alden, de larga y amplia carrera, tiene un oficio que le sale por las orejas. El arranque del primero de los cuatro actos es trepidante y arrollador, con un movimiento escénico grupal avasallador donde al hilo de una obertura musicalmente impactante se exhibe un ritmo frenético a lo largo del primer acto, con una composición de personajes donde todos y cada uno de los que aparecen en escena, desde los protagonistas, al coro o los bailarines está interpretando un rol. La resolución teatral se resuelve en escenas como la irrupción de las tropas del vencedor o la recepción a los embajadores, con buen tratamiento en los momentos intimistas de la obra. Y singularmente con el drama final (aunque chirríe que Desdémona cante sus últimas frases muerta boca arriba en el suelo), con un buen resultado del diálogo escénico.
Esta es la envoltura teatral de esta producción, con la energía del igual de entusiasta Nicola Luisotti en la dirección del foso. Puede haber ciertos momentos en los que se asome un toque personalista en algún instrumento (como un momento de un oboe en el tercer acto) que extraña sin llegar a distorsionar; Luisotti sabe estar en su papel e impone un tratamiento musical a una partitura que domina. Destacamos una dificultad no siempre bien resuelta en otros ‘Otello’, como es la de que la orquesta no enmascare a las voces solistas, y menos en una obra de tanta carga dramática. Aquí el director italiano lo resuelve y la rotunda partitura de Verdi suena con brillantez especialmente en los momentos épicos.

El primer reparto de la producción es digno sin llegar a la excelencia. Brian Jagde (en otros repartos Jorge de León y Ángelo Villani) aprovecha buena parte de las posibilidades teatrales de un personaje con un repertorio muy amplio de tonalidades y adecuado para el lucimiento de un gran tenor, como ha venido ocurriendo en la trayectoria de las representaciones de esta obra desde hace más de siglo y medio. Además sin necesidad de oscurecer el tono de piel de ‘El Moro de Venecia’. Asmik Grigorian (y María Agresta) como Desdémona, correcta. Muy bien Gabriele Vivati como Iago (Vladimir Stoyanovi y Francisco Vasallo en otros ‘cast’), un Airan Hernandez como Casio cada vez más afianzado en el panorama operístico, con Albert Casals (Rodrigo), In Sung Sim (Ludovio) y Fernando Radó (Montano); sin olvidar a la muy expresiva Enklejda Shkoza como Emilia.
En esta producción hay que destacar aportaciones de peso, más allá del decorado y el vestuario de John Merreil, en el oscuro tono realista-naturalista que David Alden ha querido imprimir, como es el imaginativo trabajo de la iluminación de Adam Silverman, una labor sensacional que crea sensaciones dramáticas con luces y sombras convirtiendo a la luz o su ausencia en un personaje más. Al igual que la correcta coreografía de Martine Braham con las luchas escénicas desarrolladas por Jesús Esperanza y Kike Inchausti.

Pero sobre todo el fascinante trabajo del coro del Real y el añadido (invisible) de los pequeños cantores de la ORCAM porque esta es basicamente una obra en la que la agrupación coral tiene una importancia decisiva. La diferencia respecto a las representaciones a la antigua usanza del ‘Otello’ de Verdi es que antes los coros estaban más o menos estáticos en escena, y aquí se convierten en verdaderos protagonistas en movimiento, con un gran trabajo de dirección de Jose Luis Vaso, y especialmente de la coreografía y la acción escénica que dan energía al conjunto.
Para resumir, la sorpresa de esta producción que sobre el papel parecía no demasiado tentadora porque sigue una estructura dramática demasiado devota hacia sus referentes y evita cualquier apuesta arriesgada, que embargo aparece como una exhibición de oficio teatral al servicio de un libreto y una partitura contundente.

