Escrito por • 12:23 pm• Economía

Una lectura política del acuerdo UE-Mercosur

Resumen de la tribuna de Eduardo Moyano Estrada, doctor ingeniero agrónomo y sociólogo. Hasta su jubilación en 2023, profesor de investigación (catedrático) del CSIC en el área de Ciencias Sociales. Blog en Plataforma Tierra: Agricultura y Sociedad.

Gracias al ardid jurídico, ya utilizado en otras ocasiones, de separar el pilar comercial del conjunto del Acuerdo UE-Mercosur, la aprobación de ese pilar no requería la unanimidad (al ser los temas comerciales competencia de la Comisión Europea), siendo suficiente una mayoría cualificada. 

Pero, aun así, el rechazo de Francia, Austria, Hungría, Irlanda y Polonia, y la abstención de Bélgica, reflejan la división dentro de la UE respecto a este Acuerdo. 

El firme apoyo de España y el voto final de Italia hicieron que saliera adelante el pilar comercial del Acuerdo, logrando ambos gobiernos reforzar las cláusulas de salvaguarda y obteniendo importantes mejoras para los agricultores en relación con las ayudas de la futura PAC (cuya negociación ha coincidido con la del Acuerdo con Mercosur).

En la práctica, lo que se firma el 17 de enero en Asunción es, por tanto, el pilar comercial del Acuerdo, pendiente aún del consentimiento del Parlamento Europeo para que pueda entrar en vigor. 

Si pasa ese filtro, tal como se prevé y salvo sorpresa, el pilar comercial con Mercosur podrá aplicarse de forma inmediata. No obstante, su vigencia será provisional, a la espera de que se apruebe más adelante el conjunto del Acuerdo (ya con sus dos pilares: el de asociación política y el de asociación comercial), aprobación que requerirá la ratificación por cada Estado miembro de la UE. De este modo, el pilar comercial no tendrá que esperar para su aplicación a que se apruebe todo el Acuerdo.

En todo caso, y más allá de admitir su indudable complejidad tanto en contenido como en procedimiento, el Acuerdo UE-Mercosur se basa en dos convicciones y varias certezas, pero también suscita algunas dudas.

Dos convicciones y varias certezas

La apertura de los mercados de bienes y servicios es el motor del desarrollo económico, por lo que deben ser favorecidos mediante acuerdos que conlleven desarmes arancelarios y permitan el libre flujo comercial entre los países puede ser un impulso a la integración regional de los países del Cono Sur latinoamericano cuyo proyecto integrador apenas ha creado institucionalidad y que, salvo en Bolivia, no ha despertado interés en otros países de la región. 

Desde su creación a final de los años 1950, la vocación de la UE ha sido siempre abrir sus fronteras al comercio mundial, posibilitando la entrada de productos de otros países y la salida de los productos europeos hacia el mercado exterior. En sus más de 60 años de historia, la UE ha firmado más de 40 acuerdos de cooperación con países y espacios regionales muy diversos (Canadá, Marruecos, Singapur, México, Chile, Indonesia, India…), que han tenido importantes efectos positivos en los intercambios comerciales.

Todos admiten la importancia de crear un espacio comercial común de más de 740 millones de consumidores entre países con raíces históricas afines y áreas económicas complementarias, que se reflejan en las estrechas relaciones culturales y comerciales entre ambos espacios regionales. Recordemos que la UE exporta anualmente a los cuatro países de Mercosur 55.000 millones de euros en bienes y otros 29.000 millones de euros en servicios, representando casi el 17 % del comercio total de Mercosur.

Algunas dudas

Salvo en Brasil, que ha liderado hasta última hora el proceso negociador, el Acuerdo ha despertado un escaso entusiasmo en los gobiernos de los países latinoamericanos, centrados ahora más en cómo afrontar cada uno por separado las políticas agresivas y divisivas del presidente Trump, que en avanzar en la integración regional.

Por eso, algunos analistas consideran que el Acuerdo llega tarde, y que lo hace en un contexto muy complejo, sometido, además, a importantes tensiones tanto internas como externas. Ello les genera algunas dudas sobre su viabilidad y sobre el efecto real que pueda tener en la práctica para los países firmantes.

A nivel interno, la UE de hoy es muy diferente a la de comienzos del actual siglo XX cuando comenzó la negociación. Ahora no existe la mayoría europeísta que impulsó los grandes proyectos ni el liderazgo que los dirigió, sino una fuerte división dentro de la UE. Todo ello supone asumir que abordar hoy este tipo de grandes acuerdos tiene un alto coste político, en la medida en que tensiona la vida política interna de la UE y da combustible a los populismos de distinto signo, anclados en el discurso antiglobalización y de repliegue nacionalista, tan extendido por el trumpismo. Asumir este hecho no significa paralizar los proyectos de la UE, pero sí tomar conciencia de abordarlos con las máximas cautelas.

Asimismo, la UE de hoy está más volcada hacia la amenaza que le viene del Este (de Putin) y más preocupada por asuntos de defensa, una vez que los EEUU se desentienden de su histórico papel de socio principal en la OTAN. En lo que se refiere al contexto internacional, el Acuerdo llega justo ahora cuando la influencia de China en Latinoamérica es innegable, y cuando el imperialismo de EEUU vuelve a poner su bota sobre el continente latinoamericano. 

Difícilmente va a poder lograrlo ahora con unos países divididos por profundas diferencias ideológicas (pensemos en las diferencias entre el Gobierno brasileño de Lula y el argentino de Milei), y bajo las presiones hard de Trump y soft de Xi.

En todo caso, y una vez empeñada la UE durante 25 años en el esfuerzo hercúleo de sacar adelante el Acuerdo, su aprobación es una buena noticia, ya que lo contrario hubiera lanzado un mensaje muy negativo sobre su papel en el mundo.

Reflexiones finales

La UE no debe olvidar que su propio espacio geopolítico (con casi 500 millones de habitantes y un sistema de valores basado en la democracia, el respeto de los derechos humanos y el bienestar de su ciudadanía) es lo suficientemente vasto e importante como para diseñar políticas de autonomía estratégica que concilien la cooperación con otros espacios regionales y la preservación de su modelo político, económico y social.

La firma del Acuerdo es, por tanto, un mensaje al mundo de que la UE se mueve hacia la cooperación entre países y espacios regionales, pero tiene sus riesgos. En este sentido, cabe destacar las cláusulas de salvaguarda incluidas en el texto final para neutralizar la posible caída de los precios de algunos productos, y que son las de mayor calado en la historia de la UE. Asimismo, el cumplimiento obligatorio de los requisitos de sanidad y salud alimentaria en la entrada de productos procedentes de Mercosur, y de la legislación laboral, son una garantía necesaria para preservar la competencia en igualdad de condiciones entre los productores de ambos espacios regionales.

De esa conciliación entre, de un lado, la apertura comercial, y de otro, la autonomía estratégica, la exigencia ambiental y la salud y seguridad alimentaria, dependerá que el Acuerdo sea una buena oportunidad para avanzar en las relaciones entre la UE y los países del Mercosur, y no un elemento de discordia que socave la ya frágil cohesión interna europea.
 

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