Escrito por 3:20 pm Economía

Una movilización agraria, políticamente sospechosa, con razones y sinrazones  

Por José Sanuy

Los agricultores se mueven estos días al lento paso del tractor pero de forma contundente, sembrando el caos circulatorio en las carreteras de Zaragoza, Logroño, Pamplona, Valencia, Murcia, Girona, Toledo, Granada, Sevilla y Soria, entre otras. 

Es esta una movilización sospechosa políticamente, al parecer  orquestada por Vox al margen de las asociaciones agrarias predominantes en el campo como ASAJA, COAG y UPA pero que ha conseguido en su convocatoria en redes sociales un importante seguimiento, así como la reacción del Gobierno y de la Comisión Europea, pues se han producido movilizaciones similares en otros países de la Unión, con notable fuerza en Francia que han llevado sus tractores hasta la sede del parlamento europeo que se encuentra en vísperas electorales.

Los asuntos del campo cuentan con apoyos emocionales pues, aunque la agricultura tiene un peso relativamente pequeño en los PIB, cuentan con la simpatía ciudadana. Se hace mucha demagogia y no siempre se hacen las distinciones precisas entre las razones legitimas, y los legítimos intereses de los empresarios agrícolas y sus sinrazones.

En estos casos me fio mucho de la opinión de Eduardo Moyano Estrada, Ingeniero Agrónomo, licenciado en Sociología y profesor de Investigación del CSIC en el área de Ciencias Sociales, que combina su sincero interés por el sector con una visión crítica desde una perspectiva más general. 

Eduardo Moyano publicó el pasado 7 de febrero en El Diario Rural un esclarecedor artículo titulado: “Razones y sinrazones de la protesta agrícola” del que recojo sus sensatas conclusiones:

Hay, sin duda, razones para la protesta de los agricultores españoles, algunas coincidentes con las del resto de la agricultura europea, como la frágil rentabilidad de las explotaciones, el bajo precio percibido por los productos, el problema del relevo generacional o los efectos del proceso de reconversión tecnológica y digital del sector agrario.

Pero otros motivos esgrimidos en las movilizaciones carecen de la suficiente solidez (el abandono del sector por los poderes públicos, la excesiva carga burocrática, el dominio ecologista, las exigencias ambientales, la competencia desleal de terceros países…) Tales motivos los acercan a posiciones corporativistas de defensa de un mundo rural y agrario que está experimentando cambios notables y cuya gestión ya no es exclusiva de los agricultores, dadas sus implicaciones en materia de salud, recursos naturales, ordenación territorial y medio ambiente. Ello explica la participación en esa gestión de ministerios distintos del de agricultura y de grupos sociales no agrícolas, algo que no siempre es bien entendido por los agricultores.

Deben buscar nuevas alianzas

Es un hecho que el mundo agrícola está siendo sustituido por otro cuyos valores y lógica de funcionamiento es muy diferente y al que los agricultores tienen que adaptarse. Y para hacerlo deben buscar nuevas alianzas, ya sea con los consumidores y los grupos ambientalistas, como con los demás actores del sistema alimentario (industria y distribución). Esto ya lo están haciendo algunos agricultores por propia iniciativa mediante modelos innovadores en el campo de la agricultura de precisión, la calidad diferenciada, los circuitos cortos o la producción ecológica, y también lo están practicando diversas organizaciones como UPA (con iniciativas como e Anuario de la agricultura familiar o los premios del Orgullo Rural). Pero hay aún resistencias dentro del sector a lo que es un cambio inexorable.

Exigir apoyo de los poderes públicos para facilitarle a los agricultores con dificultades la adaptación a una transición ecológica y digital que sea justa e inclusiva, debería ser el motivo principal de la protesta agrícola. También debería serlo afrontar el grave problema del relevo generacional y la necesidad de disponer de cierto nivel de soberanía en productos estratégicos, pero sin que eso suponga poner en riesgo una apertura de mercados de la que se beneficia el propio sector agrario de la UE, dada su vocación exportadora.

Pero no parece razonable centrar la protesta en el retorno nostálgico a un mundo rural y agrario que ya no es posible reconstruir con las piezas del pasado. Obstinarse en ello puede hacer que las razones de la protesta se vuelvan contra los propios agricultores. No olvidemos que el apoyo social que reciben hoy los agricultores es muy ambiguo, por lo que si persisten en demandas poco razonables puede derivar en crítica hacia un colectivo percibido por amplios sectores de la población como altamente protegido con ayudas públicas y por eso mismo obligado a rendir cuentas por lo que hace y por cómo lo hace, y a ser regulado en su actividad.

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