Federico Aznar Fernández-Montesinos y Andrés González Martín, analistas del Instituto de Estudios Estratégicos (IEEE) del Ministerio de Defensa. Documento de Análisis IEEE 61/2024. Resumen.
Las guerras de Ucrania, Gaza o Azerbaiyán, y también otros sucesos clave, como la elección de un nuevo presidente norteamericano, son indicadores de un mundo en tránsito, cuando no incierto, por el espectro de opciones abiertas.
La guerra no es sino una reordenación sangrienta y abrupta de las relaciones geopolíticas. Todo apunta a que los referidos polos serán Occidente y Asia Pacífico
A fin de cuentas, la guerra no es sino una reordenación sangrienta y abrupta de las relaciones geopolíticas. Todo apunta a que los referidos polos serán Occidente y Asia Pacífico; tertium non datur, esto es, Rusia deberá elegir. Occidente perderá aún más poder, económico primero y político después, con el ascenso de nuevos actores internacionales.
El nacimiento de la geopolítica como disciplina científica se produce entre 1875 y 1945, lo que le imprimirá un cierto marchamo. Esta resulta propia de la rivalidad política interimperial. Estamos ante un poderoso lenguaje de justificación, un discurso que se presenta como científico, moderno, y, por ello, sin fisura alguna.
De esta manera, se daba cuerpo doctrinal y legitimidad a la práctica política vigente, el imperialismo; o en su visión negativa, el colonialismo, al que se justificaba en nombre del progreso y el bien común. De hecho, aparece cuando se intensifican las relaciones internacionales, con una mezcolanza entre fuerza militar, diplomacia, mercado financiero, revolución industrial y técnica.
El aporte de la literatura al paradigma es clave, pues este precisa un relato explicativo que atienda también a los aspectos emocionales de la movilización.
La justificación moral vendría con una nueva formulación, la white man burden, la pesada carga del hombre blanco, título de un célebre poema de Rudyard Kipling, el poeta del Imperio. Y es que el aporte de la literatura al paradigma es clave, pues este precisa un relato explicativo que atienda también a los aspectos emocionales de la movilización. Si los romanos conquistaron el mundo conocido solo para defenderse, las raíces judaicas de Occidente y su evidente supremacía técnica, hacían que la inmotivada utilización del poder no fuera ya del todo suficiente.
La supervivencia de los más aptos
La frase «la supervivencia de los más aptos» formulada en estrictos términos biológicos se trasladó a la esfera política dando cuerpo doctrinal a formulaciones preexistentes. Darwin, Charles. El origen de las especies en la propia nación como la elegida y acreditase la naturaleza superior, justa y universal de su modelo, así como la responsabilidad occidental en su difusión. El relato genera el espacio ético que hace posible la acción política; es clave tanto para la movilización como para orientar el poder nacional (instituciones, organismos y empresas) hacia el exterior y, además, en una concreta dirección.
Tal cosa se presenta como una suerte de evangelización que es continuadora del pasado al que, ahora, al reformularse, se dota de una concepción global. Primero en términos de religión y luego, tras la descolonización, de modelo político, la democracia.
En palabras de Bagehot «la naturaleza es roja en diente y garra» de modo que «en cualquier situación del mundo, las naciones más fuertes tienden a prevalecer sobre las otras
En palabras de Bagehot «la naturaleza es roja en diente y garra» de modo que «en cualquier situación del mundo, las naciones más fuertes tienden a prevalecer sobre las otras; y en ciertas peculiaridades especiales, los más fuertes tienden a ser los mejores».
La primera sistematización científica y el propio nombre de la geopolítica (en 1916) se atribuyen, de común, al sueco Rudolf Kjellen. La definía como una «ciencia del Estado como un organismo geográfico, como un fenómeno espacial».
En su obra principal, El Estado como forma de vida, dirá: «Los Estados son seres sensibles y racionales como los hombres». Así, nuevamente, se hacía eco de las teorías darwinistas y las aplicaba a las relaciones humanas. Por ello, también considera al Estado un organismo vivo sometido a todos los avatares biológicos. Su dinámica de afianzamiento y expansión es, a su juicio, la base de la geopolítica.
Ratzel, en un discurso que recuerda al «Diálogo de Melos», decía: «… la lucha por la existencia significa una lucha por el espacio… un pueblo superior que invade el territorio de su vecino más débil y salvaje lo despoja de sus tierras, lo obliga a recluirse en espacios demasiado pequeños para subsistir, y sigue invadiendo y apoderándose incluso de sus magras posesiones, hasta que el débil pierde los últimos restos de su dominio y es literalmente expulsado de la tierra».
El marxismo, por su énfasis en la lucha de clases, proporciona una tradición geopolítica internacionalista. Considera que el capitalismo está asociado a la búsqueda de materias primas, a la competencia por los mercados y a altos márgenes de beneficios.
El imperialismo no surge del orgullo nacionalista, que es solo un instrumento, sino de la oligarquía industrial.
Imperialismo industrial
El imperialismo no surge del orgullo nacionalista, que es solo un instrumento, sino de la oligarquía industrial. Hobson, un liberal, en El imperialismo (1902) deducía que el capitalismo choca con una dificultad interna insuperable: la distribución desigual de la riqueza; esta desemboca en una falta de consumo por parte de una población empobrecida; la falta de consumo, a su vez, deriva en superproducción y desanima la inversión de las clases altas. Para salir de este círculo vicioso se apuesta por disponer de colonias que absorban los excedentes de producción y aporten recursos.
Lenin considera al imperialismo la fase superior y última del capitalismo; la consumación del monopolismo. Y es que en esta fase la socialización de las fuerzas productivas es gigantesca, al igual que la concentración y centralización de capitales. Con ello se liquida uno de los textos de Tucídides más frecuentemente citados, el conocido como «diálogo de Melos».
Dos generales atenienses pretenden obligar a los melios a aceptar su inclusión en la Liga de Delos, no por la justicia, ni por la razón que les asiste sino por, el derecho del más fuerte. «Siempre ha sido normal que el más débil sea reducido a la obediencia por el más poderoso, nosotros creemos ser dignos de ello y a vosotros mismos os lo pareceríamos hasta ahora que calculando vuestros intereses, utilizáis el lenguaje de la justicia que nadie ha tomado nunca en consideración, si es posible adquirir algo por la fuerza». Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso. Colección Gredos, Madrid, 1990.
Con la libre competencia, se consolida el dominio mundial de las potencias y se extrema la apropiación de la riqueza mundial por una minoría
Con la libre competencia, se consolida el dominio mundial de las potencias y se extrema la apropiación de la riqueza mundial por una minoría. Por eso Rudolf Hilferdin afirmaba: «… el postulado de una política de expansión revoluciona toda la ideología de la burguesía. La burguesía deja de ser pacífica y humanitaria. Los antiguos librecambistas creían en el libre cambio no solo como la mejor política económica, sino también como el comienzo de una era de paz.
Un ataque a su beneficio se equipara con una amenaza al honor nacional
El capitalismo financiero ha abandonado desde hace mucho tiempo una noción semejante. Lejos de creer en la armonía de los intereses capitalistas, sabe que la lucha entre competidores se aproxima cada vez más a una batalla política por el poder».
Idea que también es sostenida desde las antípodas ideológicas. En este sentido, Bismarck decía que «el mercado libre es el arma del más fuerte» mientras el mariscal Foch afirmaba que «se abren nuevos mercados a cañonazos», lo que sintetizaba el general Smedler Butler, al decir que «la bandera sigue al dinero y los soldados siguen a la bandera».
«Los hombres… han podido utilizar su gobierno para proteger sus intereses; y en un último análisis el gobierno se identifica de tal modo con el inversionista que un ataque a su beneficio se equipara con una amenaza al honor nacional…
En palabras de Harold Laski: «Los hombres… han podido utilizar su gobierno para proteger sus intereses; y en un último análisis el gobierno se identifica de tal modo con el inversionista que un ataque a su beneficio se equipara con una amenaza al honor nacional… las fuerzas armadas son, en efecto, el arma empleada por el inversionista para garantizar su privilegio». Este pensamiento enlaza con la teoría de la dependencia y hasta con la decolonialidad.
La «isla mundo»: Europa, Asia y África
Mackinder en El pivote geográfico de la historia (1904) se centró en lo que denominaba la «isla mundo» —la región formada por Europa, Asia y África— y que consideraba la esencia del poder mundial. Estudiando los grandes procesos históricos dedujo algunas constantes que consideró fruto de una relación orgánica con el territorio.
Así, dividía el planeta en un «área pivote» que, más tarde, llamaría «tierra corazón» planetaria o «Heartland»; esta es la zona donde se podría acumular mayor potencia económica política y militar. Por fuera se encontraría la «medialuna insular» o «anillo marítimo», el cual se encontraba integrado por los continentes exteriores de claro valor marítimo y en los que incluía a Reino Unido o Japón.
Y entre ambas, la «medialuna marginal» a modo de zona de separación; esta abarcaría la Europa centro-oriental, los países mediterráneos y Oriente Medio y toda la franja oceánica asiática; el resto del espacio lo integró en un «anillo exterior».
Según Mackinder, si algún país de la medialuna marginal consiguiera dominar la zona pivote, su poder sería superior al poder marítimo de la medialuna insular y, por tanto, dominaría el mundo. La clave es una concreta y vasta región, la tierra corazón, que consideró el pivote cuyo dominio posibilita el de todo el continente y, con ello y a su vez, el control de la política mundial.
Quien domine Europa Oriental dominará la tierra corazón, quien domine la tierra corazón dominará la isla mundial y quien domine la isla mundial dominará el mundo.
Y es que, quien domine Europa Oriental dominará la tierra corazón, quien domine la tierra corazón dominará la isla mundial y quien domine la isla mundial dominará el mundo. Estamos ante una región que ni puede ser invadida ni es susceptible de un bloqueo naval. Por ello, en el caso de que su control no resulte posible, debe ser impedido a terceros. Conforme a esta lógica, la historia es una suerte de lucha entre potencias marítimas y continentales.
Argumentos totalitarios
El totalitarismo instrumentó la geopolítica para reforzar sus argumentos políticos que eran presentados como irrebatibles imperativos científicos.
La revaluación de la geopolítica vino de la mano de Nicolas Spykman con su trabajo “Los Estados Unidos ante el mundo”, en un momento, 1942, en que el país se debatía entre el aislamiento y la intervención. Definía la geopolítica como «el planteamiento de la política de seguridad de un Estado, en términos de sus factores geográficos».
Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, la batalla decisiva no se libró en el «Heartland», sino, más bien, en las riberas y tierras del «Rimland». Por ello dedujo que, controlando esta zona —lo cual puede hacerse desde China, Alemania o la India—, se dominaba la tierra corazón; de este modo también se impide que la potencia que la domine se expanda, y, al hacerlo, se están controlando los destinos del mundo. América del Norte y del Sur quedaban fuera de este esquema y disponen de capacidad para actuar exteriormente.
Y es que Spykman contemplaba cinco islas continentales. En el hemisferio norte: Norteamérica y Eurasia y en el sur: Sudamérica, África y Australia. Admitía la superioridad terrestre y demográfica de Eurasia, pero daba por sentado una mayor potencia económica y militar a Norteamérica con vistas a la aplicación del poder.
Consecuentemente, ya no se trataba de controlar la tierra corazón, bastaba con cercarla. De esta doctrina saldría la política de contención, de cerco y contra cerco de la Guerra
Esta llevaría al fortalecimiento del Rimland y serviría de base tanto al Plan Marshall como a la Doctrina Truman, dominando así ideológicamente la Guerra Fría
Equilibrio entre las civilizaciones
Tras su fin, las principales propuestas geopolíticas vendrían de la mano de Samuel Huntington, Francis Fukuyama, Zbigniew Brzezinski y Thomas Barnett que cambian tanto la lógica como las claves de la aproximación geopolítica.
Huntington identifica el «nosotros» en las civilizaciones, pues considera que las diferencias más relevantes entre pueblos no son económicas, políticas o ideológicas sino de signo cultural; de modo que, aun manteniendo el Estado su vigencia, las relaciones internacionales se sustentan en un equilibrio entre las civilizaciones.
De hecho, considera que el conflicto se instala en las líneas de fractura que separan las siete civilizaciones (la occidental, japonesa, hindú, africana, ortodoxa, latinoamericana, islámica o budista) en que se divide el mundo. Además, considera que yuxtapone cada vez más a miembros de diferentes culturas motivando una reflexión sobre su identidad.
Una civilización como la occidental que se presenta como universal, entra en colisión con el particularismo de las otras civilizaciones que toman conciencia de sí mismas y comienzan a convertirse en sujetos de una dinámica de la que antes solo formaban parte las naciones occidentales.
Además, considera que, a partir del Tratado de Westfalia, en 1648, hasta 1793, las guerras eran conflictos entre príncipes; desde esa fecha y hasta la Primera Guerra Mundial las guerras lo fueron entre Estados; desde entonces y hasta la caída del comunismo el conflicto se sustanció entre ideologías.
En este marco, una civilización como la occidental que se presenta como universal, entra en colisión con el particularismo de las otras civilizaciones que toman conciencia de sí mismas y comienzan a convertirse en sujetos de una dinámica de la que antes solo formaban parte las naciones occidentales.
Sucesos como los acaecidos en Chad, Sudán, Somalia, los enfrentamientos entre Pakistán e India, Ucrania, Israel o el conflicto de los Balcanes corroboran la tesis. Como Grundy subraya «el orgullo cultural, a menos que sirva a todos sus compromisos, puede muy bien ser más pernicioso que el orgullo racial; funciona bajo la pretensión de no ser discriminatorio y arbitrario y estar dispuesto a admitir cierto cambio social».
Del trabajo de Huntington puede inferirse que los niveles de conflictividad con Occidente se incrementarán, pero también que es improbable que se produzca un auténtico choque de civilizaciones; lo que sí son factibles son las colisiones en todo el margen de las líneas de fractura, razón por la que postula un orden internacional basado en las civilizaciones.
Fukuyama considera que la ciencia conduce al capitalismo, que se convertirá en universal. Pero el auténtico motor de la historia son los instintos naturales junto a la necesidad de reconocimiento inherente al ser humano.
Pax Americana
Brzezinski consideraba en 1997 que la clave del dominio mundial se ubicaba en Eurasia por su población y recursos. Por eso Estados Unidos, cuya posición geopolítica es privilegiada, debía asegurar su preponderancia en dicho continente. Para extender el mayor tiempo posible la Pax Americana es preciso mantener un vínculo con una Europa extendida hacia el este y mantener la pluralidad en el tablero euroasiático.
Para Barnett, autor de El nuevo mapa del Pentágono, como Heriberto Cairo subraya, la globalización, por más defectos que pueda tener, conduce a gobiernos estables y políticas exteriores previsibles y pacíficas. A su juicio, los problemas proceden de aquellos Estados que se resisten a la globalización.
El «centro funcional» estaría caracterizado por su integración gracias a «la conectividad de redes, las transacciones financieras, los flujos de informaciones mediáticas y la seguridad colectiva».
La «brecha no integrada» carecería en diferentes grados de estas características lo que conduciría a regímenes ineficientes y subdesarrollo reclamando que Estados Unidos «exporte seguridad» a la brecha para integrar y conectar esas regiones con el centro.
Decía Heráclito que «el carácter de un hombre es su destino», una sentencia que hacía suya Margaret Thatcher, aunque sin referirse a su autor. Y Napoleón apostillaba que «un Estado hace política de su geografía». Carácter y geografía, la suma de elementos racionales e irracionales son los que igualmente determinan el futuro del Estado-Nación.
Atendiendo a esta lógica, los éxitos de España no son casuales, sino que se encuentran en relación con este hecho: su geografía y el final de la Reconquista, es decir, con una nueva visión y una nueva frontera, que había servido para la forja de un carácter.
La mitificación de la conquista del Oeste y la nueva frontera de Turner —en la que se va a ir forjando también el carácter estadounidense— inspiraría el sueño expansionista de Hitler. El germano, en los albores de la Operación Barbarroja, se refería al Este de Europa como el Far West alemán.
Los ojos con los que se mira al mundo
La geopolítica estudia el poder desplegado sobre un gráfico, sobre un plano. Es la ciencia de los gráficos. Como resultado, incorpora distintas soluciones en función del marco escogido, de las referencias con que se ha elaborado.
El punto de partida del análisis geopolítico es que este se construye desde una atalaya, desde un observatorio. Por eso lo primero es identificar al observador y su posición, levantar sus coordenadas y conocer su cultura, los ojos con los que se mira al mundo; y su contexto y la valoración histórica del entorno. No hay así una única geopolítica sino muchas, tantas como referencias, y, además, estas varían con el tiempo. Y confrontan en el medio internacional, lo que las hace dialécticas, fruto de un interaccionar.
China, el imperio del centro, durante siglos ha estado encerrada entre sus murallas y el mar. Ahora, con la nueva globalización, y, significativamente, desde 2013, está cambiando su visión el mundo, aunque todavía no está del todo claro, como pretende relacionarse con él.
Controlar la referencia es controlar la imaginación y al mundo. Por ejemplo, hay estudios que señalan cómo, a consecuencia de su producción cinematográfica, se modificó la percepción de la contribución de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en detrimento de la URSS. Y es que no era preciso ganar la guerra de Vietnam si a posteriori se pueden crear personajes como Rambo, con tal fuerza dramática que pueden capturar o trasformar la realidad misma.
China, el imperio del centro, durante siglos ha estado encerrada entre sus murallas y el mar. Ahora, con la nueva globalización, y, significativamente, desde 2013, está cambiando su visión el mundo, aunque todavía no está del todo claro, como pretende relacionarse con él.
Por su parte, Rusia se replegó sobre sí misma después de la desintegración de la URSS, pero una vez recobrado el equilibrio y, tras reposicionar al Estado, vuelve a mirar al exterior, a su espacio proximal, con apetito. Y es que un Estado incorpora elementos definitorios: territorio, población, administración y régimen político. A ellos se incorporan múltiples elementos esenciales más: cultura, empresas, industrias…
Como subrayaba Vicens Vives: «Si la geopolítica puede llegar a ser un arma peligrosa de propaganda, es por la difusión extraordinaria que los mapas sugestivos dan a cualquier hecho histórico o geográfico”.
EE. UU. en el centro o arriba
Es más, hay autores que consideran que la geopolítica o la geoeconomía son inadecuadas por dos razones fundamentales: son demasiado simples y están anticuadas. «Simple porque trata de explicar el poder mundial solo en términos de dos factores, el económico y el militar; anticuado, porque desdeña el creciente papel de los conocimientos… La humanidad no está penetrando en la era de la geoeconomía sino en la geoinformación».
Contra del carácter implícito de la propuesta, no existen determinismos ni geográficos ni de otro tipo, pues el resto de las circunstancias son diferentes y la trasposición de modelos no atiende a ellas. Como refiere y enfatizaba siempre Andrés González Martín, maestro en mapas, «… en el mapa hay un arriba y un abajo, un centro y una periferia. La elección no es caprichosa.
La primera visión eurocéntrica coloca a Europa arriba; y nos hemos acostumbrado a verla así, encima de África y en el centro del mundo. El Pacífico no existe, está roto, la línea de fractura donde el mundo se rompe está en el Pacífico, que además aparece como un espacio periférico. Vemos dos masas continentales unidas por un eje, el Atlántico. En el mapa más a la derecha el protagonismo es americano, una posición central y arriba Estados Unidos, América el eje que une el mundo a través de los océanos.
El mundo en el que vivimos ha convertido en un tópico la noticia de que el centro de gravedad del mundo se desplaza del Atlántico al Pacífico. Quien gana aquí es Asia, China y Japón salen de la periferia y entran en una posición central.
Es una visión que no solo coloca a EE. UU. en el centro o arriba, sino que además hace de los océanos la clave porque lo que rompemos no es el Pacífico, sino esta vez la masa continental euroasiática. En la imagen de abajo a la izquierda el protagonismo le corresponde al Pacífico. El mundo en el que vivimos ha convertido en un tópico la noticia de que el centro de gravedad del mundo se desplaza del Atlántico al Pacífico. Quien gana aquí es Asia, China y Japón salen de la periferia y entran en una posición central.
El cuarto mapa nos resulta extravagante. África y Brasil el centro o arriba. ¿Tiene sentido esta visión? Resulta algo desordenada tanto como, incluso, para entenderla como una manera provocadora de llamar la atención. El quinto enfrenta a Estados Unidos y Rusia por el centro y enfatiza su rivalidad».
Entre el aislamiento y el intervencionismo
Kissinger en el primer capítulo de su clásico, Diplomacia, sostenía que, históricamente, Estados Unidos ha pivotado entre dos propuestas de política exterior antagónicas: aislamiento e intervencionismo. Y la posición respecto de Europa es la clave de bóveda, el pivote geopolítico de la bipolaridad de su política exterior.
La suma de tan contradictorias actitudes define todo un esquema canónico conformando un espectro de opciones excesivo por dificultar la predictibilidad con que deben contar los aliados. De un lado, una mirada introspectiva y centrada sobre sí mismo como sujeto-objeto aislado e irresponsable que escenifica bien el asalto al Capitolio; y otra, de difusión y expansión de sus valores.
Es decir, estas dos escuelas de pensamiento, que expresan el retraimiento o el compromiso con la sociedad internacional y su liderazgo existen y están en pugna desde 1898. Pero, conforme EE. UU. crecía en porcentaje de PIB mundial, con el interés derivado, cambia la panorámica del mundo y, con el cambio, el papel de los norteamericanos en él.
La originaria política aislacionista de la puritana república muta para proyectarse y encontrar en el intervencionismo una forma adicional de seguridad; así protege unos valores e intereses que ya alcanzan todo el mundo y lo erigen en potencia redentora. Una antigua colonia busca liberar el mundo y, de paso, ofrece seguridad a sus intereses. Kissinger pone en valor así el punto de inflexión entre lo que era la orientación tradicional de la política norteamericana, hasta entonces, el aislamiento; y la nueva disposición que le anima a mirar más allá.
Después de la Segunda Guerra Mundial se rompe el viejo molde continental y Estados Unidos, inevitablemente, asume su condición de superpotencia con intereses globales.
Después de la Primera Guerra Mundial el Congreso autorizó al presidente a incorporar a los EE. UU. a una Sociedad de Naciones que había sido auspiciada por la propia Administración norteamericana. La Segunda Guerra Mundial provoca un cambio de orientación. Ya no solo no se rechaza el compromiso con Europa, sino que se pretende su regeneración. Después de la Segunda Guerra Mundial se rompe el viejo molde continental y Estados Unidos, inevitablemente, asume su condición de superpotencia con intereses globales. No en vano, estas dos guerras suponen sendos recambios sucesivos de las claves geopolíticas de la sociedad internacional.
Mahan enlaza la «Doctrina Monroe» con el Big Stick del presidente Theodore Roosevelt perfeccionando la propuesta del «Destino Manifiesto», originalmente orientada hacia las Américas. Mahan la convierte en una formulación para el mundo; para ello lo justifica en la difusión de la democracia, utiliza como herramienta el poder naval, e incide en el comercio como fundamentación material.
Es la única gran potencia que puede elegir si actúa o no
Otra relevante aportación de Mahan es el concepto de «insularidad», que no solo alcanza a Japón o Reino Unido, sino a otros Estados que, ocupando una posición continental no tienen vecinos que actúen como rivales potenciales, por lo que también debían catalogarse como «estratégicamente insulares».
En Eurasia, el gran tablero de Brzesinski, la posición insular de los Estados Unidos, alejada del escenario, pero vinculada con él por el mar, ofrece una gran ventaja. Los Estados Unidos son la única gran potencia que puede elegir si actúa o no, precisamente porque está fuera, es invulnerable y tiene asegurado el acceso a través de los océanos por los que fluye su poder y le permite estar resguardado del mundo.
«Todos los retadores políticos y/o económicos potenciales a la primacía estadounidense son euroasiáticos. Acumulativamente, el poder de Eurasia eclipsa ampliamente al de Estados Unidos. Afortunadamente para Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande para ser políticamente una». Por eso, desde la ventaja de la invulnerabilidad, lo único que precisa es mantener el pluralismo geoestratégico dentro del tablero, evitando su control por otro actor o «la colusión de los vasallos».
El Pacífico es el accidente geográfico más importante del planeta, de hecho, representa un tercio de la superficie terrestre y además hoy, contenida China por una cadena de islas, sigue siendo en la práctica un lago americano.
El Pacífico es el accidente geográfico más importante del planeta, de hecho, representa un tercio de la superficie terrestre y además hoy, contenida China por una cadena de islas, sigue siendo en la práctica un lago americano. Estados Unidos controla no solo una orilla, sino los puntos de apoyo clave en el océano. Hawái, Midway, las Palaos, Guam, las Carolinas. Dispone de bases en Japón, Corea del Sur y las Filipinas mientras mantiene buenas relaciones con Australia, Nueva Zelanda, Tailandia, Singapur y Filipinas.
El país dispone de una posición de privilegio que le permite bascular físicamente su poder a un océano u otro, cosa que a Europa no le resulta posible; y, además, contener a China a través de las dos cadenas de islas. Pero el esfuerzo que ello demanda de Estados Unidos y aunque el carácter fluido de su fuerza permite su optimización —ya que la fluidez facilita el desplazamiento y con ello la concentración de fuerzas y hace que se necesiten menos para cubrir todo el globo haciendo que su uso, al tiempo, sea eficaz y eficiente— se corre el riesgo de su colapso por sobreextensión.
La idea de América First, no es, en absoluto novedosa, surgió en el periodo de entreguerras; fue el lema de la campaña presidencial del presidente Harding en 1920. De hecho, es un término que ha sido utilizado como lema tanto por políticos demócratas como republicanos. Supone una propuesta por el aislacionismo.
Con todo, la política de América First no resuelve el problema, pues se refieren al plazo con que se definen los intereses, que se acorta, y no tanto a estos que con toda lógica son —y siempre han sido, recordando a lord Palmerston— acordes a cada nación; el largo plazo solo los hacía menos visibles y, además, paradójicamente, más enjundiosos. Para los dirigentes norteamericanos, América siempre ha sido «first», la cuestión es, contra lo que parece, el plazo considerado.

