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VIDAS DIVERGENTES

LOS DIEZ AÑOS DE JUAN CARLOS ABDICADO, FRENTE A LOS DEL NUEVO REY FELIPE VI 

José García Abad

EL 18 de junio de 2024 se cumple una década histórica del traspaso de la Corona de Juan Carlos I a Felipe VI. Algunos medios como Canal Sur han centrado su análisis en el itinerario de Don Juan Carlos en su exilio en Abu Dabi con incursiones calculadas a España y otros como ABC ha elegido con un cuadernillo especial la primera década del reinado de Felipe VI.

Prácticamente todos los medios han abordado el aniversario, la mayor parte centrándose en Felipe VI, con predominio en los medios progres de las dudas sobre su capacidad para restituir el prestigio de la monarquía. Como  Belén  Domínguez Cebrián en El País que titula “Diez años de Felipe VI o cómo reanimar una jefatura del Estado en horas bajas” en el que señala que su futuro pasa por asegurar la continuidad en la princesa Leonor. O como Aitor Riveiro en el diario.es, más claro: “Felipe VI, diez años del rey que no ha recuperado la imagen de la monarquía” y que hace notar que el décimo aniversario de la abdicación de Juan Carlos de Borbón en su hijo “llega con pocos datos sobre la opinión de los españoles sobre la Corona –el CIS no pregunta desde 2015– y con la duda de cómo afectará el posible regreso del rey emérito después del polémico archivo de todas sus causas judiciales”.

ABC,  el diario monárquico por excelencia, titula su cuadernillo de 56 páginas: “El garante de la Constitución. Una década de la proclamación de Felipe VI: prudencia, estrategia, transparencia y ejemplaridad” e, inicia su análisis, con un artículo de Carmen Iglesias, “La transmisión de la excelencia”, profesora de ciencia política, que lo fue de la infanta Cristina, muy beneficiada  por Don Juan Carlos,  y tildada por su familiaridad con la familia real de “tercera infanta”.

Evidentes divergencias

La efeméride no me ha dado pie para insertar a Juan Carlos y Felipe en unas “Vidas Paralelas” como las que escribió Plutarco en el año 96 después de Cristo analizando las similitudes entre emperadores griegos y romanos. 

Vayamos pues por partes empezando por el mal llamado “emérito” pues esta expresión aplicada a respetables profesores jubilados que siguen impartiendo clases durante un tiempo limitado. Juan Carlos no está para dar lecciones a nadie sino todo lo contrario, es un mal ejemplo.  Cierta y lamentable sigue disfrutando según las disposiciones de su abdicación su tratamiento de rey, como rey honorario y un sueldo que fue suprimido por su hijo.

Brillan las profundas diferencias entre ambos reyes y la discrepancia de sus comportamientos en la década por lo que podríamos añadir a la evidente divergencia sus no menos palpables contradicciones. 

Felipe practica una enmienda a la totalidad de su padre para salvar la institución al tiempo que este lucha en sus viajes a España, en Sanxenxo, o aprovechando su 86  cumpleaños en Abu Dabi, en reivindicar su maltrecha imagen. 

Sorprende que un cumpleaños normalito, el 86, y no el 85 o el 90, de Don Juan Carlos, generara tantas especulaciones. No consiguió el emérito sus expectativas al no conseguir que se personara en el emirato la creme de la crème de la sociedad española, especialmente Felipe González.   

Se interpretó esta convocatoria en clave política, que el cumpleaños sería sugerido por Juan Carlos como parte de las campañas en su favor como “el manifiesto de los cien”, integrado por un centenar de adictos “padristas”, que le apoyarían frente a los ingratos ataques de los “hijistas” de Felipe azuzados por un gobierno ilegítimo con olor de republicanismo.

Una abdicación oscura

La abdicación de Juan Carlos I, tras una larga y angustiosa duda durante dos años agónicos, entre 2012, cuando el patético episodio de Corinna y el elefante de Botsuana, y el 18 de junio de 2014 cuando, por fin, el rey se decidió, es uno de los acontecimientos sumidos en la oscuridad, aunque no haya sido clasificado como secreto de Estado.

Juan Carlos I en su aparición en televisión para comunicar a los españoles su abdicación

Pero lo que va pareciendo cada día más claro es que si el rey no hubiera abdicado la monarquía estaría al borde del suicidio. En ese caso, hubiera sido impresentable no convocar un referendo sobre el mantenimiento de la institución.

Felipe VI, tras matar a su padre en sentido freudiano, está actuando tímida, o prudentemente, para salvarla, no solo con su impecable conducta, la mejora de la transparencia y, entre otras medidas, el establecimiento de normas contra los regalos, sino, y con un nuevo estilo en aspectos que pueden parecer anecdóticos, pero que marcan diferencias. Por ejemplo el abandono por parte de la familia real de la costumbre de Juan Carlos I de asistir a la misa el Domingo de Resurrección en la catedral de Palma de Mallorca; como cuando lo sustituyó por la presencia de los reyes en Chinchón, donde contemplaron en el casco histórico de este pueblo madrileño la escenificación de Cristo en el monte de los Olivos. 

La abdicación de Juan Carlos es uno de los enigmas que permanecen, junto a su comportamiento ante el golpe de Estado del 23 de febrero de  1981, que sigue gozando de la condición de secreto de Estado. Surge por ello la sospecha de que algo grave tuvo que convencerle contrariando su firme aseveración de que no abandonaría el cargo mientras viviera. Una decisión que había reafirmado con la solemnidad debida en su mensaje de Navidad y en la Pascua Militar. 

El Rey explicó su renuncia en razón del bien de España, una intención que no le negamos, que se beneficiaría de una renovación generacional. Obviamente un relevo generacional podría haberse producido hace una década, o por ejemplo, para que la explicación fuera redonda, cuando cumplió los 70, que es la edad máxima a la que se jubilan los funcionarios públicos. O cuando cumplió los 75 años, otra cifra redonda. 

La corte fiscal de Abu Dabi

Su propósito inicial, según nos indica una persona de su confianza, era aumentar sus visitas a España, pero manteniendo su residencia en el emirato, donde reside desde el 3 de agosto de 2020, cuando en carta remitida a su hijo explicaba que se establecería allí hasta que se resolvieran las causas judiciales por las que estaba siendo investigado por la Fiscalía del Tribunal Supremo. Dichas causas tributarias se han resuelto en su favor, aunque con un rapapolvo a su conducta.

“Yo creo -me asegura mi fuente – que Juan Carlos se ha acostumbrado a su vida en Abu Dabi. Se había  mentalizado que no era una cosa de cinco días. Y que además le convenía. Porque allí está bastante blindado. Yo he estado en Abu Dabi …un sitio horrible al que no me iría a vivir jamás pero el emérito puede estar tranquilo de que allí los que no sean bienvenidos no podrán ir. 

A su hijo le interesa que el emérito siga en el emirato pues no le apetece tener aquí a una persona con el peso mediático que conserva su padre echándole el aliento en el cogote. 

Juan Carlos I celebró el pasado enero su cuarto cumpleaños en Abu Dabi. Ha quedado claro que su permanencia en el emirato, al exiliarse voluntariamente de España, no era algo provisional, una impresión reforzada por el hecho de que estrenara una casa esplendorosa que pone a su disposición el jeque del emirato, Mohamed Bin Zayed, en el barrio residencial de Al Bateen. 

Ante el bochornoso asunto de que Juan Carlos decidiera trasladar su residencia fiscal al emirato opino que deberían revisarse los honores  establecidos en el documento de abdicación  y la propia condición de “Honorario” debería pasar del honor al deshonor. 

Como se sabe en junio de 2014 se rectificó el Real Decreto del 6 de noviembre de 1987 sobre “Régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real y de los regentes”, añadiendo una disposición transitoria que dice: “Don Juan Carlos de Borbón, padre del Rey Don Felipe VI, continuará vitaliciamente en el uso con carácter honorífico del título de Rey, con tratamiento de Majestad y honores análogos a los establecidos para el Heredero de la Corona, Príncipe o Princesa de Asturias, en el Real Decreto 684/2010, de 20 de mayo, por el que se aprueba el Reglamento de Honores Militares”.

Se añade que “el orden de precedencia de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en el Ordenamiento General de Precedencias del Estado, será el inmediatamente posterior a los descendientes del Rey Don Felipe VI”; y  que ambos permanecen como miembros de la Familia Real. 

Campeón de la ingeniería para ocultar dineros

El rey Juan Carlos puede aspirar al reconocimiento universal como el mayor experto en la ocultación de su fortuna,       que se supone del orden de los 5.000 millones de euros.  Las oficinas dedicadas a este servicio, como la Lucum o Zagarka,  son una antigualla. Juan Carlos utilizó el sistema británico “trust.

Las fundaciones tipo Lucum son peligrosas, con agujeros para filtraciones y propensas a investigaciones fiscales como se mostró con el caso de los 100 millones de dólares camuflados para ocultar el dinero entregado por el rey de Arabia.

José Antonio Martín Pallín que fue fiscal y magistrado del Tribunal Supremo, presidente de la Asociación pro Derechos Humanos de España, presidente de la Unión Progresista de Fiscales, portavoz de Jueces para la Democracia, etc. me explicaba cómo, para resguardarse de indiscretas investigaciones, los asesores del rey honorífico utilizaron un instrumento económico y jurídico del derecho anglosajón que se conoce como trust

Este artefacto financiero no tiene excesivas complicaciones. Se crea un patrimonio separado, en este caso una cantidad en metálico, que se ingresa en un banco; se administra por unos gestores y existen unos beneficiarios a los que se destinan las cantidades depositadas. 

Esta operación, en principio, no tiene naturaleza delictiva. Sin embargo, se intenta justificar, por ejemplo,  la entrega de 80 millones de dólares al señor Prado y Colón de Carvajal, administrador privado de Juan Carlos en concepto de “pagos de guerra”. La procedencia es tan sospechosa y repugnante que merecía la pena haber agotado la investigación sobre esta cuestión.  Martín Pallín se pregunta: “¿Podría tratarse de tráfico de armas?”

El “Respetable” se pregunta cuánto dinero ha acumulado el rey honorario

El rey honorario va perdiendo el honor día a día. Los dineros ocultos de Juan Carlos I se van desvelando cada mañana en la agenda pública. Ahora lo que el pueblo soberano se pregunta es cuanto dinero ha acumulado fraudulentamente a lo largo de su reinado y lo que ha tenido que dar a cambio pues nadie da nada a cambio de nada. 

Al “Respetable”, me refiero al pueblo soberano, al ciudadano de a pie, le cuesta entender que la inmunidad que le otorga la Constitución le otorgue como al 007 licencia para matar. O al menos para robar. 

Las irregularidades financieras cometidas por el monarca eran conocidas por “la opinión informada”. Cuando en 2004 se publicó mi libro “La Soledad del Rey” pregunté sobre ello a Gregorio Peces Barba, lamentablemente fallecido, a la sazón rector de la Universidad Carlos III y asesor constitucional del rey Juan Carlos, quien me dio una respuesta piadosa que expresaba su convencimiento de que el asunto era agua pasada. 

Le pregunté a quien fuera presidente del Congreso de los Diputados tras el triunfo socialista en 1982 por la ejemplaridad del monarca “especialmente en lo que se refiere al mundo de los negocios, amistades, que en buena medida han terminado en la cárcel, a los regalos que recibe, etc. ¿Piensa usted – concreté- que ese comportamiento terminará desprestigiando a la Corona? 

El rector me contestó “probablemente tenga parte de verdad eso que se dice, y eso es una cosa que debe controlarse. Si ha sido verdad, eso ya ahora mismo está muy en retirada. Y yo espero que esta última etapa, que yo deseo que se alargue, la de la madurez del Rey, sea una etapa donde lo que predomine sea el respeto a la Constitución”.

Su gran error fue despreciar el valor de la ejemplaridad

Al rey Juan Carlos, tan perspicaz en muchas cosas, dotado de una nariz prodigiosa para husmear los ambientes, erró en algo fundamental: el valor de la ejemplaridad. No en términos estrictamente morales, virtud apreciable, ciertamente, sino como exigencia política.

Don Juan Carlos estaba muy orgulloso de su apéndice nasal. Uno de sus amigos más fieles, y que lo sigue siendo en estos momentos de tribulación para el mal llamado Emérito, me comentó que el monarca solía decirle: “Yo de esto – y se tocaba la frente – poco, pero en esto – y se tocaba la nariz – no hay quien me gane”.

“Don Juan Carlos – me comenta mi fuente – había reflexionado hondamente sobre cómo debía conducirse ante la nueva situación. Había acuñado una nueva filosofía: “Se dice – me confiaba -que la primera obligación del rey es ser ejemplar pero la verdad es que hoy nadie puede ser ejemplar. Eso era antes cuando la gente no sabía lo que pasaba en palacio”. 

El rey entendía que en los tiempos que vivimos se debe valorar al monarca bajo dos parámetros: su utilidad y su cercanía. Y en consecuencia decide realizar más viajes empresariales: a Chile, a India, a Rusia, al Golfo, a Marruecos etc. Menos viajes políticos y más road show”

Acertó en la importancia de la utilidad y de la cercanía pero se equivocó al despreciar la ejemplaridad. O más bien – eso me parece lo más probable – no le apetecía dar ejemplo. Bastantes méritos, entendía, que había hecho ya con el país. Prefería hacer lo que le diera la real gana.

Cuando le reíamos las gracias al rey 

Merece la pena profundizar en la complicidad de la prensa para que no olvidemos los fundamentos de nuestro oficio y nuestra contribución a la calidad democrática. Es evidente que el abandono del compromiso con nuestros lectores de informar honradamente contribuyó en buena medida a que el comportamiento de Juan Carlos llegara a los extremos que llegó. Blindado el monarca por la Constitución que le garantizaba irresponsabilidad el papel de la prensa era fundamental. 

Una complicidad que no se rompió con los escándalos financieros del monarca sino cuando afectó a la caza del pobre oso ruso y al simpático elefante de Botswana. Y cuando las relaciones con Corinna Larsen llegaron más allá de lo que perdonábamos al monarca, y hasta le aplaudíamos como si dejara bien alto el adúltero pabellón legado por Isabel II o Alfonso XII, como si  ejerciera brillantemente sus amorosas obligaciones borbónicas. 

Que conste que no me parece mal omitir las andanzas amorosas del rey o de los políticos. Salvo cuando estas relaciones repercuten nocivamente en asuntos de Estado. 

La afición de Don Juan Carlos a las faldas no es un problema de Estado, salvo cuando se convierte en un problema de Estado. La objeción se plantea, claro está, cuando sus aventuras  se interfieran en sus obligaciones profesionales. 

Las golfas amistades de un rey golfo

No son pocas las amistades, las malas compañías que le quedan a Don Juan Carlos en su exilio árabe, si contamos las del Golfo, en términos geográficos. Algunas se han quedado en el camino al no serles útiles el real emérito a quienes tanto se valieron de su influencia cuando estaba en activo, pero es en las dificultades cuando se prueba la calidad de las amistades y se distingue al amigo del aprovechado.  

Amigo, aunque mala compañía, es el traficante de armas Abdul Rahman El Assir, con quien Don Juan Carlos compartía fabulosas monterías, que se pasea del real brazo  por las calles de Abu Dabi, la capital de Emiratos Árabes Unidos donde ahora reside para escapar de la orden internacional de busca y captura por defraudar a la Hacienda española 14,7 millones de euros.

Don Juan Carlos siempre presumió de que el no crearía una corte como hicieran sus antepasados. En efecto no restauró una corte de aristócratas pero la sustituyó por otra más nefasta y comprometedora, más inquietante para la monarquía, la corte de los negocios integrada con distinta asiduidad a la Zarzuela.

Que vuelva y se explique

Está bien que el mal llamado Emérito del que se ha desprendido la palabra Rey vuelva a España. Que vuelva y se explique. Que haga un esfuerzo para no dañar a su hijo y a la institución que el refundó a la muerte de Franco. Que regularice y pague para que lleguemos a creernos que la ley es igual para todos.

La monarquía no va a caer por el momento pues cuenta con mayoría absoluta en el parlamento pero Felipe tiene que conseguir lo antes posible ganar la opinión del pueblo soberano. No le queda más remedio que gestionar el problema sobre la marcha, día a día, para lo que se impone la sinceridad y la transparencia. 

foto EuropaPress

Don Felipe y Don Pedro Sánchez tocan madera con la esperanza de que no salten hechos de Don Juan Carlos que conciernan al primero y a su familia pues es difícil creer que Felipe como buen hijo, que viven en la casa del padre no sabía nada de los manejos paternos. 

Juan Carlos tiene su propio partido

Juan Carlos cuenta con un “partido”, el de quienes le defienden a ultranza, denominando dichos chanchullos, presuntamente delictivos, como “errores” disculpables por sus servicios al país, que nadie discute. Un partido en el que predominan figuras guerristas, los más republicanos.

Una declaración firme de apoyo en un compromiso base fue emitido el 18 de agosto de 2020 bajo el título “En Defensa del Reinado de Juan Carlos I” en el que predominan las firmas de numerosos ministros y dirigentes socialistas donde destacan los guerristas, el ala al que se sitúa a la izquierda del partido, encabezado por Alfonso Guerra.

75 exministros y altos cargos del PP, PSOE y UCD, además de una quincena de embajadores, han suscrito un manifiesto de apoyo al rey Juan Carlos, defendiendo su presunción de inocencia y recordando su legado en estos más de 40 años de democracia, la “etapa histórica más fructífera que ha conocido España en la época contemporánea”. 

Entre los firmantes del documento se encuentran exvicepresidentes del Gobierno como el socialista Alfonso Guerra; exministros de UCD como Rodolfo Martín Villa o Soledad Becerril, o del PP, como Rafael Catalá, Jaime Mayor Oreja, Esperanza Aguirre, José Ignacio Wert o Ana Pastor, entre otros.

El documento señala que “las numerosas informaciones que aparecen estos días sobre determinadas actividades del rey Juan Carlos I han excitado una proliferación de condenas sin el debido respeto a la presunción de inocencia. Si sus acciones pudieran ser merecedoras de reprobación lo decidirán los tribunales de justicia. Pero nunca se podrá borrar la labor del Rey Juan Carlos en beneficio de la democracia y de la Nación, so pena de una ingratitud social que nada bueno presagiaría del conjunto de la sociedad española”.

El exvicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, durante un coloquio organizado por la Fundación Sargadelos, a 26 de enero de 2024, en Ribadeo, Lugo, Galicia (España). Carlos Castro / Europa Press

Cuando las corrupciones del monarca no admiten dudas, Alfonso Guerra y los guerristas, que se presentaban como los más republicanos, se han convertido en sus más activos defensores, en el último refugio de Don Juan Carlos. Juan Carlos I, el Emérito, cuenta con este insospechado núcleo de apoyo. En el documento en cuestión aparece una fuerte presencia de ministros socialistas, en su inmensa mayoría de estricta obediencia guerrista.

Los guerristas han utilizado este Manifiesto, así como el emitido por la Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición titulado “En Defensa del Orden Constitucional”, emitido el 11 de julio de 2022, para renacer ejerciendo de lobby contra Pedro Sánchez con quien discrepan respecto a su posición ligeramente crítica con Juan Carlos.

Los ”abajofirmantes”, que ocuparon importantes cargos políticos, usan abusiva y maliciosamente la expresión “presunción de inocencia”, un imperativo democrático de primer orden aplicable a todos los ajusticiados que nadie discute, pero que oculta el hecho diferencial aplicable al rey que no puede ser juzgado por los delitos cometidos durante su reinado al ser constitucionalmente inviolable. 

Todos los firmantes son políticos y saben de sobra la falacia de sus argumentos, pues las críticas a Don Juan Carlos se hacen en términos políticos y no jurídicos. Y en el ámbito político hay suficientes datos que muestran la comisión de delitos. Incluso en el terreno jurídico, en lo que se refiere a los hechos cometidos a partir de la abdicación, ha quedado constancia en el informe de la fiscalía del Tribunal Supremo de la comisión de irregularidades fiscales que no recibirán el correspondiente castigo gracias a la presentación de declaraciones paralelas que, por cierto, según medios fiscales, se hicieron irregularmente.

Los “abajofirmantes” pierden la oportunidad de apelar a otro principio tan sagrado como la presunción de inocencia como es que la justicia debe ser igual para todos, así como al hecho, de gran relevancia política, de que en las monarquías parlamentarias hay que exigir al monarca ejemplaridad.

Por supuesto comulgo con el principio democrático de la presunción de inocencia hasta que los jueces dicten sentencia, pero sostengo que en términos políticos hay que ser más estrictos, y más en lo que se refiere a la ejemplaridad exigida al rey y a los altos dirigentes de la nación. Los tribunales harán su trabajo y es muy positivo que entrara en la cuestión la Fiscalía del Tribunal Supremo, aunque sea arrastrando los pies.

El rey no aparece imputado en ningún juzgado, pero en términos políticos es evidente, al menos, que dispone de un dineral en negro del que la Hacienda española no tiene conocimiento preciso. Ni los contribuyentes que pagan sus impuestos como manda la ley.

Felipe VI, enmienda a la totalidad de su padre

El rey se enfrenta a la crisis más grave desde la restauración de la democracia en España. Pasa día a día las cuentas de sus misterios dolorosos en una tarea para la que no había sido preparado. Tras la salida de España del rey honorario que su hijo propició en el paquete del Comunicado de la Casa Real en el que entraba la renuncia a herencias envenenadas, tuvo que tragar, por razones de Estado, el desahucio de hecho del padre y la suspensión de empleo y sueldo.

La monarquía no va a caer por el momento pero Felipe tiene que conseguir lo antes posible ganar la opinión del pueblo soberano. Lo suyo sería reformar el título II de la Constitución, referente a la Corona, llenando algunas lagunas y rectificando los artículos que se refieren, entre otros asuntos, a la irresponsabilidad judicial del monarca que no debería alcanzar a los delitos comunes y, desde luego lo concerniente  a la sucesión machista de la Corona, aberración eliminada de todas las monarquías europeas. Sin embargo el Título II está especialmente blindado en la Constitución lo que hace inviable proceder a modificarlo en estos momentos. 

El presidente del Gobierno se empeña en separar la institución de la persona, tarea imposible cuando la institución es una familia. Don Felipe y Don Pedro se ven obligados a refundar la monarquía sobre la marcha, a contrapelo de los pasos de Don Juan Carlos 

Felipe VI en su despacho. /Foto Casa Real

Felipe avanza en la dura tarea de salvar la monarquía, repudiando a su padre. Ha dado un interesante paso hacia la transparencia de la Casa Real, sometida a la opacidad en el reinado de su padre al informarnos de su sueldo al tiempo que el Gobierno, de acuerdo con el Rey, establece el control de las cuentas de  la Casa Real por el Tribunal de Cuentas. 

Sabemos que el rey posee 2.573.392,80 euros, en cuenta corriente y en depósitos bancarios así como en la participación de fondos que no se precisan. Un patrimonio producido por la acumulación de sueldos durante 25 años, como príncipe de Asturias y como monarca, una media de 103.000 al año, con un sueldo actual de 258.927 euros anuales, sin los oscuros negocietes del padre, a lo que hay que sumar el sueldo de la Reina, que cobra 142.402 euros. La Reina Doña Sofía gana 116.525 euros. Gana mucho menos de lo que cobran los presidentes del Ibex, pero mucho mas que lo que percibe este año Pedro Sánchez, 86.542,08 euros. 

Felipe VI ha aprovechado la oportunidad para impartir doctrina, “Desde su proclamación ante las Cortes Generales, – afirmaba en comunicado de la Zarzuela – Su Majestad el Rey inició el camino de la modernización de la Corona para hacerla merecedora del respeto y la confianza de los ciudadanos bajo los principios de ejemplaridad, transparencia, rectitud e integridad en sus comportamientos».

Juan Carlos, Felipe y Leonor el día de la coronación de FlipeVI

El comunicado destacaba una frase que Felipe VI pronunció durante su coronación: «Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda la razón que los principios morales y éticos inspiren (y la ejemplaridad presida) nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de todos los ciudadanos». Toda una enmienda casi a la totalidad de la herencia recibida que muestra la dura tarea de salvar la monarquía repudiando a su padre. Sería deseable, por cierto, que el hijo aconsejara a su padre de que siguiera su ejemplo pues persiste el misterio insondable del alcance de su fortuna. 

La verdad es que desde que reina Felipe VI ha tomado decisiones de limpieza de las costumbres del padre como la renuncia a los regalos que recibía Don Juan Carlos, una conducta sin precedentes entre los monarcas europeos y publicó los sueldos de la Familia Real y de los altos cargos de la Casa.

Hay que recordar que el rey Juan Carlos se negaba a todo control alegando que la Constitución le permitía utilizar libremente su partida presupuestaria, una interpretación abusiva pues la disposición libre de esta no eximia de dar cuenta de la misma. En sus tiempos, el control de las cuentas las llevaba un funcionario jubilado del cuerpo de interventores del Estado que solo proporcionaba su opinión al rey.

Ahora se acaba con semejante aberración, pero no con la de que el parlamento no controle las cuentas valiéndose del mismo pretexto de la libre disposición del monarca que establece la Constitución pues, como decía antes la libre disposición no está reñida con el control parlamentario.

Más emocionante que una novela histórica

Una vez más la realidad que recogen los periódicos supera en emoción e inverosimilitud a la ficción que podría servirnos una novela histórica. Vemos, perplejos, como el rey en ejercicio suspende al rey padre, el Emérito, de empleo y sueldo y le desahucia del palacio de la Zarzuela. Le suspende, bien entendido de los restos de actividad laboral que le correspondería como Emérito ya que a su empleo como rey ejerciente desapareció con su abdicación, con su cese por voluntad propia, pero el hijo le suprimió los derechos adquiridos, o sea su sueldo que permanecía v vigente tras la abdicación.

Foto del Rey Felipe VI (c), junto a una representación del Servicio Jurídico de la Comisión Europea, en el Palacio de la Zarzuela, a 9 de mayo de 2024, en Madrid (España)/ Foto: EuropaPress

Felipe VI, junto a una representación del Servicio Jurídico de la Comisión Europea, en el Palacio de la Zarzuela

Juan Carlos asume el abandono de su residencia en la Zarzuela que había mantenido hasta hace poco, que aparece como su domicilio  en los Papeles de  Panamá y la sitúa en Dubai que escenifica con la foto de sus hijas y nietos parte de la familia del Rey que no es lo mismo que la Familia Real

No es la primera vez que se produce en la atormentada historia de España enemistades entre rey padre y rey hijo. La mas dramática fue la que se produjo entre Don Juan Carlos y Don Juan cuando el primero le birló la corona al segundo, el legítimo heredero de Alfonso XIII según las leyes dinásticas, cuando Juan Carlos aceptó, sin consultarlo con su padre, las exigencias del general Franco. De forma que, a la muerte de Franco durante un par de años España disfrutó de dos reyes, uno, Juan Carlos, de hecho y el otro, Don Juan, que seguía ejerciendo de tal como Juan III hasta una abdicación semiclandestina, una consideración que solo recuperó después de muerto, cuando se coloco en su feretro depositado en el pabellón de Reyes del monasterio de El Escorial, donde solo se entierra a reyes que reinaron, con el titulo de Ioannes III.  

Se da la paradoja de que Felipe VI a quien Juan Carlos rey trató de garantizarle la sucesión más allá del juancarlismo vigente, ahora trata de salvar la Monarquía repudiando a su padre. 

Felipe prefiere los barcos de la Armada 

Felipe se ha distanciado ostentosamente del clan de regatistas de su padre. Ahora Felipe según cuentan Daniel Forcada y Alberto Lardiés, autores del libro “La corte de Felipe VI”, solo compite con los barcos de la Armada, el Aifos (Sofía al revés), “Un barco un poco antiguo con el que no se puede ganar la Copa del Rey ni en broma”, advierten en el entorno del Club Náutico, que aplauden sin embargo esa decisión de alejarse de los patrocinios endiablados. 

Versión que, como señalan Daniel Forcada y Alberto Lardiés en su libro, corrobora orgulloso Rodríguez Toubes [el almirante Jaime Rodríguez- Toubes, presidente de la delegación de vela de la Armada]: “En la Armada navega muy cómodo y nadie puede achacarle que lo haga porque somos Estado y no representamos a ninguna entidad comercial o bancaria”. 

En el Aifos ha competido el rey el pasado verano en la Copa del Rey que patrocina la compañía de seguros Mapfre en la bahía de Palma. Por cierto: ¿hasta cuando se va a admitir el patrocinio privado del rey.

Todo muy coherente, menos el hecho de mantener la corte veraniega de Mallorca, aunque tratando de reducir su tradicional parafernalia, simbolizada por el palacio de Marivent, (mar y viento en mallorquín) donde el 4 de agosto de 1973, durante el franquismo, pasaron sus vacaciones los entonces príncipes de España, Juan Carlos y Sofía.

Marivent se convirtió en la corte de verano donde los reyes Juan Carlos y Sofía recibieron a Carlos, príncipe de Gales junto a su entonces esposa Diana; al rey de los belgas Balduino y su esposa Fabiola; el presidente norteamericano Bill Clinton y su esposa Hillary; George Bush padre; Mijail Gorbachov; Michel Obama; y Hugo Chávez entre otros.  

Ya rey, Felipe VI en 2014, mantuvo la opción de Mallorca como corte veraniega, la tradición fotográfica en los jardines de Marivent, al tiempo que abría al público una parte de los jardines de palacio. En este lugar la reina Letizia, acompañada de la emérita Sofía recibían el pasado año y este a las autoridades baleares y a “representantes” de la sociedad civil.

Lo más destacado por su relevancia política es la ceremonia de la recepción a los presidentes del Gobierno, interrumpida con un Pedro Sánchez cuando estaba en funciones. Está por ver si el despacho en Marivent de los presidentes se mantendrá en el futuro, lo que indicará hasta que punto ha cambiado el estatus de lo que hemos designado como corte de verano.

Quizás el rey no se atreva a suprimir la corte veraniega de Mallorca, aunque se nota su intención de reducir su tradicional parafernalia, limitándola al ámbito local.

La pascua militar, un tramposo gol de lo monárquico a lo parlamentario 

La designación constitucional del rey como supremo mando de las Fuerzas Armadas es una mentira piadosa o al menos una contradicción puesto que la Constitución exige que el rey, salvo en lo referente a la Casa Real, no puede tomar decisión alguna sin el refrendo del Gobierno o del parlamento. Sin embargo, esta mentira piadosa, o pelotillera, fue aprovechada por Juan Carlos para ampliar de facto, ilegítimamente, sus competencias constitucionales. 

Era primar la idea del rey soberano antes que la del rey constitucional. Era vincular a las Fuerzas Armadas con la Casa Real, antes que, con la nación, que es en donde debe encontrarse residenciada la soberanía nacional en una monarquía parlamentaria verdaderamente democrática.

La Princesa Leonor, la Reina Letizia y el Rey Felipe VI durante la recepción en la Pascua Militar, en el Palacio Real, a 6 de enero de 2024, en Madrid (España). Es la primera vez que la Princesa Leonor asiste a la ceremonia de la Pascua Militar, y lo hace con su uniforme de gala de cadete de la Academia General Militar (AGM) de Zaragoza. Foto EuropaPress

Con ese propósito el rey cargó de contenido soberanista la celebración en el Palacio Real de la Pascua Militar, una reminiscencia de tiempos pasados, así como la presidencia que ha venido ostentando al frente de la Junta de Defensa Nacional, cuando al ser esta un órgano de coordinación y gestión la responsabilidad en el adecuado funcionamiento de la misma incumbe al presidente del consejo de ministros. También es discutible la vinculación del monarca con el servicio de inteligencia, el CNI, que le mantiene al corriente de la información clasificada que dicho servicio elabora. El rey debe tener la mejor información disponible, pero siempre proporcionada por medio del jefe de gobierno, no por el servicio secreto. Esta vinculación directa sólo ha sido fuente de escándalos y de debilitación del Estado y de la Corona.

El lamentable hecho de que el rey sea militar

El hecho de que el jefe del Estado sea un militar, lo que no ocurre en los países de nuestro entorno democrático, recuerda penosamente el origen franquista de la monarquía restaurada que no se ha superado con Felipe, sucesor de Juan Carlos ni por la sucesora prevista de este por la princesa Leonor que ha tenido una ostentosa participación en la presente pascua militar.

Ciertamente no olvido que la condición militar de Juan Carlos I facilitó la Transición, fue una especie de seguro contra sablazos y que, de hecho, aunque apenas se dice, el principal apoyo del rey en el inicio del desmontaje de la dictadura fueron precisamente los militares, que cumplieron lo que les pidió Franco en su testamento político: que apoyaran a Juan Carlos como lo habían hecho con él. 

Sin embargo resulta un tanto embarazoso que pasados más de medio siglo de la proclamación de la constitución y tras nuestro importante papel en la Unión Europea se mantengan estos tics franquistas que hay que unir al hecho que muestra un déficit democrático de que el cambio de régimen no fuera precedido por un referéndum sobre la forma de Estado, sobre si el pueblo quería la monarquía o la república.

Ante todo consolidar a Leonor

Si es verdad lo que cuenta la revista Lecturas y El Confidencial, permíteme princesa Leonor que te diga con respeto y mi simpatía personal que has metido tu mayestático pie al cuadrarte ante tu abuelo Juan Carlos con la frase «A sus órdenes, Majestad». 

La infanta Leonor firmando la Constitución.

En todo caso deberías cuadrarte ante tu padre el rey, Felipe VI, quien, por cierto, ha sacrificado su cariño filial en aras de los superiores intereses de la monarquía constitucional. Humanamente comprendo tu amor de nieta y el hecho de que no te vieras con tu abuelo en los últimos tres años, pero no debieras olvidar que la familia real lo es durante los 365 días del año, sábados y domingos, las 24 horas del día y en todas las circunstancias.  Por lo que no es justificable que tus palabras las pronunciaras en un acto privado para celebrar tus benditos 18 años.

Tienes que aceptar que los reyes y la princesa de Asturias, núcleo duro de la Corona no tenéis propiamente vida privada. Es una de sus penosas obligaciones que compensan los múltiples privilegios de que disfrutáis. 

Me sorprende que tus padres no te hayan inculcado estos principios básicos, o que probablemente no hayas aprovechado la lección, que debieran orientar tus actos pues todos ellos, propios de la alta posición que ostentas, tienen consecuencias políticas, que pueden ser lamentables para la consolidación de la monarquía.

Cuando España tuvo dos reyes, galopada sobre la historia

En la última década hemos disfrutado de dos reyes, uno real, Felipe y otro honorario, Juan Carlos, tal como ocurrió a la muerte de Franco cuando coincidieron  el que reinaba, Juan Carlos, de designación franquista pero proclamado constitucionalmente, junto al legítimo, según las reglas dinásticas, Juan de Borbón que solo abdicó cuando se dio por vencido en una ceremonia semiclandestina. 

El pasado 8 de abril se cumplieron 30 años de la muerte de Don Juan de Borbón y Battenberg, padre de Don Juan Carlos de Borbón  lo que permite algunas reflexiones, tales como el hecho de que en España no suele transcurrir las sucesiones reales sin problemas, a diferencia de lo que ocurre con la sucesión de los gobiernos. 

Alfonso XIII que se resistió mucho tiempo a abdicar en su hijo Juan, tuvo la indecencia de hacerlo en favor de Franco quien se tomó el asunto con soberano desprecio. 

No le sucedió Don Juan, como mandaban las normas monárquicas sino Don Juan Carlos como mandó Franco. A Juan Carlos si le sucedió legítimamente Felipe, después de la traumática abdicación de su padre, pero no puede decirse que la relación entre ambos no sea manifiestamente mejorable.

Hijo de rey y padre de rey, aunque él nunca lo fuera, tiene la vida de don Juan de Borbón y Battenberg, los ingredientes de una tragedia de Hamlet. Solo fue rey después de morir, como Inés de Castro, cuando, trasladado al panteón de reyes del monasterio de El Escorial por orden de su hijo Juan Carlos, este mandó inscribir en su tumba: «Johannes III». Una cariñosa falsedad.

La historia de don Juan es también, obviamente, una parte de la historia de su hijo. Ambos se parecían en simpatía, en su hedonismo y en lo mucho que les gustaban las mujeres, todas las mujeres, guapas o feas, altas y bajas, jóvenes o mayores, listas y cortas. Todas menos, quizás, las suyas, a las que querían de otra manera, digamos que por imperativo legal.

«Al fin y al cabo, – le confiesa Don Juan a José Luis Vilallonga – ¿qué somos los reyes? Unos sementales de buena raza cuya primera obligación es perpetuar la especie, procreando una y otra vez, pero sin cambiar de vaca, como los toros bravos».  Pero en algo discrepaba al respecto con Don Juan Carlos: “ Mirad — se justificó  Don Juan dirigiéndose a sus compañeros en viaje de Mallorca a Ibiza –  os voy a confiar a vosotros lo que le digo a Juanito [Don Juan Carlos]. Mi vida privada ha sido mi vida privada, pero lo que te garantizo a ti y a tus hermanos es que no os he dejado por ahí a ningún hermano. Mi padre actuaba de otra forma. Con la Moragas tuvo un par de hijos, Leandro y María Teresa. Las dejaba embarazadas. Yo no. Nunca ha aparecido nadie que haya hecho ninguna reclamación al respecto. Siempre me he ocupado de mi esposa y de mis hijos… y luego tengo mi vida. Jamás le haría una faena a María”.

Padre e hijo se distanciaron cuando Juan Carlos aceptó la propuesta de Franco de sucederle cuando se cumplieran las previsiones sucesorias. Un general, que no me autoriza a dar su nombre, fue testigo del malestar que le produjo a Franco que Juan Carlos no le insistiera en que deseaba pedir permiso a su padre antes de aceptar su propuesta: «El rey le hizo faenas muy gordas a su padre —me comentó—. Cuando Franco llama al príncipe y le dice que le va a nombrar heredero, que se va a publicar lo de sucesor a título de rey, don Juan Carlos debería haberle dicho: “Señor, antes debo hablar con mi padre. Mi padre tendrá sus cosas, pero es mi padre. Yo no puedo decirle que sí a Vuestra Excelencia sin consultarlo con él”. Mira, eso desanimó a Franco, aunque le facilitara sus propósitos. Franco debió pensar: “Joder, este traga con todo”.

Lo cierto es que don Juan se cabreó como una mona y padre e hijo estuvieron seis meses sin hablarse. El 22 de julio de 1969 las Cortes franquistas proclamaron a don Juan Carlos de Borbón príncipe de España y sucesor a título de rey en la jefatura del Estado. El príncipe trató de hacer encaje de bolillos en su discurso de aceptación para complacer a Franco y no disgustar en exceso al jefe de la Casa Real, su padre. 

En el borrador que pergeñó inicialmente hacía una alusión a don Juan que fue tachada por Carrero. Don Juan Carlos proclamaba en su discurso «la unidad y permanencia de los Principios del Movimiento Nacional», reconocía «la legitimidad política surgida del 18 de julio de 1936» y se acercaba con eufemismos al lema de su padre de que quería ser el rey de todos los españoles al decir: «España será lo que todos y cada uno de los españoles queramos que sea» y al afirmar que pertenecía por línea directa a la Casa Real española

Un día antes de la coronación del nuevo monarca don Juan que escribe un manifiesto reivindicando sus derechos duda sobre si hacerlo público o retirarse definitivamente. El conde de Los Gaitanes, tras hablar con don Juan Carlos, le convence de que no lo publique, que le de un margen de confianza a su hijo.

A la corte de Estoril sucedió la de La Moraleja, donde residió Don Juan en la casa de los condes de Los Gaitanes desde 1976 hasta 1982

Desde la muerte de Franco hasta mayo de 1977, cuando don Juan renuncia a sus derechos dinásticos, España tenía dos reyes, una duplicidad molesta y peligrosa, sobre todo cuando los que disputaban eran padre e hijo: el padre como rey de derecho dinástico y el hijo como monarca de hecho, y de derecho desde la lógica democrática. 

Don Juan no conspiraría contra el hijo, pero tragaba mal que Franco se hubiera burlado de él y de las normas tradicionales de la sucesión en el trono instaurando una monarquía a su antojo. Temía, además, que el reino franquista no durara mucho, como no había durado la monarquía después de que Alfonso XIII aceptara la dictadura del general Primo de Rivera y la dictablanda de Dámaso Berenguer. 

Juan Carlos I, su hijo, arriesgaba, en su opinión, convertirse en «Juan Carlos I y Último» o, como decía Carrillo, «Juan Carlos I el Breve». Le parecía una trágica paradoja que las fuerzas democráticas no hubieran premiado sus esfuerzos de toda una vida para restaurar una monarquía verdaderamente democrática. «Lo comprendo, pero me jode», le había comentado a Alburquerque.

En el bienio 1976-1977 se había instaurado una monarquía vigilada por los sables y el rey respondía todavía al diseño franquista que le atribuía poderes similares a los del dictador, pero que también le ataba las manos en sus propósitos democratizadores, sobre todo por medio del Consejo del Reino. Además, aún no se había ganado la confianza de la opinión democrática. En esa situación confusa, en la que un régimen no terminaba de desaparecer y el nuevo encontraba dificultades para nacer, don Juan seguía considerándose como el monarca adecuado, al haberse mantenido en el exilio sin comprometerse con el Caudillo más de lo que consideraba necesario. Los militares vigilaban a su hijo, pero este era también vigilado por su padre desde La Moraleja. 

El bienio de los dos reyes fue doloroso para don Juan. Era muy duro ver a su hijo recibiendo la Corona de los diputados y consejeros de Franco en una fórmula que hablaba de «instauración», pero defenestrado Arias y elevado Suárez a la presidencia del Gobierno don Juan siguió sin darse por satisfecho. Por otro lado la mera presencia del conde de Barcelona era considerada por el presidente Adolfo Suárez un incordio y, aunque nunca lo expresara abiertamente, también por su hijo. La enemistad entre Suárez y don Juan era mutua.

Don Juan tenía su propio protocolo: recibía en audiencia en La Moraleja a muchas personas y su jefe de la casa, el siempre leal Beltrán Alburquerque, confeccionaba con él todos los días su hoja de ruta, su propia agenda real, «la papela». Rocío Ussía la pasaba a máquina y hacía cuatro copias con papel carbón, como se hacía antes del invento de los ordenadores: una para don Juan, otra para Alburquerque, otra para el conde de Los Gaitanes y otra se guardaba como archivo en una caja de plata. 

Era la de don Juan una presencia pacífica, políticamente impotente, pero no del todo irrelevante. Probablemente tenía razón Santiago Carrillo al afirmar que «Don Juan es el cero a la izquierda más importante de España», pero era un cero a la izquierda cargado de simbolismo. 

El acto supremo de renuncia, su abdicación el 14 de mayo de 1977, el gesto más generoso para quien se ha pasado casi cuarenta años esperando la corona en el exilio, se hizo casi de tapadillo, sin la solemnidad que el acariciaba. No se haría en el Palacio Real ni ante las Cortes Generales que, según se quejaría amargamente, «es donde se hacen estas cosas», sino en la residencia privada del rey, sin más parafernalia que la propia de un consejo de familia y con escaso eco en la prensa. «Llegaron a pedirme que hiciera la renuncia por carta, como quien se despide de un familiar. Habrían preferido que lo hiciera por teléfono», se lamentaba el renunciante. Quien sugirió que la hiciera por carta fue la reina Sofía. 

Había exigido que se realizara «con televisión y por lo menos en palacio». «Y ya ves —lamentaba—, como no me dejaron hacerlo en el Palacio Real, tuvo que ser en La Zarzuela». Pretendió primero, según Anson, que tuviera lugar en un acto solemne en la cubierta del Dédalo, ante el féretro de su padre Alfonso XIII. Después pidió que se hiciera en el Palacio Real, pero Adolfo Suárez no deseaba un acto oficial. Resultaba, en efecto, paradójico que la oposición democrática, los constituyentes, optaran por el rey de Franco para desmontar la dictadura, pero al menos don Juan esperaba que se reconociera la grandeza de su gesto con un acto decoroso. El conde recordaba que le había pasado como a su padre, cuando Franco despreció el gesto de su abdicación.

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