Escrito por • 2:26 pm• Tribuna Internacional

Ya lo dijo Napoleón, para ganar la guerra hacen falta tres cosas: innovación, innovación e innovación 

Resumen del artículo de Zacarias Hernández Calvo, general de Brigada del Ejército de Tierra, doctor en Derecho Internacional. Documento de Opinión IEEE 45/2026. enlace web IEEE

«Una de las cosas que no ha cambiado en el combate es que tu adversario va a cambiar. Entonces, debes entender, debes tener la capacidad de adaptarlo e integrarlo. Eso nunca desaparecerá».

General Christopher Donahue, jefe del Mando Terrestre de la OTAN y del United States Army Europe and Africa.

La guerra del siglo XXI ha convertido la innovación en el verdadero campo de batalla estratégico. Desde Ucrania hasta Gaza, los conflictos actuales demuestran que adaptarse más rápido que el adversario es tan decisivo como disponer de más medios. 

Zacarias Hernández explora cómo la aceleración tecnológica ha comprimido los ciclos de innovación militar hasta extremos inéditos. Drones, guerra electrónica e inteligencia artificial han hecho el campo de batalla transparente y letal. La experiencia ucraniana revela que la superioridad tecnológica es frágil si no se integra en la doctrina, la organización y la industria. Frente a ello, Rusia apuesta por el volumen, la producción masiva y la adaptación pragmática antes que en una transformación doctrinal. 

El choque entre ambos modelos redefine qué significa hoy el poder militar sostenible. Innovar ya no es una opción, sino una cuestión de supervivencia estratégica.

La victoria sonríe a quienes pueden convertir rápidamente las ideas en soluciones

En los conflictos modernos, la victoria sonríe a quienes pueden convertir rápidamente las ideas en soluciones viables en el campo de batalla, desde drones y guerra electrónica hasta plataformas autónomas y una logística eficiente. 

Eso es, al menos, lo que afirma Valeriy Zaluzhny, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania desde julio de 2021 hasta que, en febrero de 2024, fue sustituido por el general Oleksandr Syrskyi. Actualmente ocupa el cargo de embajador en Reino Unido.

General Valeriy Zaluzhny

En su artículo publicado en ZN,UA el 24 de septiembre de 2025 afirma: «Las innovaciones son la base de una “estrategia de resistencia sostenible”, que hace que la guerra carezca de sentido operativo para Rusia». La guerra en Ucrania, como la de Gaza, es, entre otras cosas, un campo de pruebas para las nuevas tecnologías militares. Estos conflictos nos muestran cómo se pueden desarrollar y utilizar nuevas capacidades. Es en ellos donde se pueden empezar a vislumbrar los futuros desarrollos, tanto militares como políticos. 

Hasta ahora, la historia de la guerra se ha caracterizado por largas fases de estancamiento tecnológico interrumpidas por ocasionales espasmos de cambio revolucionario causados por una confluencia de múltiples causas.

El factor humano siempre será decisivo

En última instancia, la guerra sigue siendo una guerra entre personas, y el factor humano siempre será decisivo, porque un arma, sea cual sea, siempre seguirá siendo una herramienta en manos humanas. Esta es la naturaleza de la guerra, como ha demostrado la historia militar, pero también es la propia naturaleza de la evolución tecnológica en el momento actual, que incluye la inteligencia artificial, la computación cuántica, las armas de energía dirigida, las tecnologías espaciales o las biotecnologías, entre otras, y es la que hace que el futuro sea esencialmente impredecible.

La aceleración tecnológica del siglo XXI responde a un conjunto de dinámicas estructurales que han comprimido los ciclos de innovación hasta niveles sin precedentes. La digitalización masiva ha reducido drásticamente los costes de diseño, simulación y prueba, lo que permite iterar tecnologías a una velocidad antes imposible. 

La conectividad global ha multiplicado la circulación del conocimiento, lo que hace que descubrimientos, algoritmos o prototipos se difundan casi instantáneamente. A ello se suma la convergencia entre dominios tecnológicos —inteligencia artificial, robótica, biotecnología, materiales avanzados, computación cuántica—, que genera innovaciones híbridas con efectos exponenciales. 

Además, la competencia estratégica entre potencias tecnológicas y la creciente participación del sector privado en ámbitos tradicionalmente estatales han intensificado la presión por innovar con mayor rapidez. 

En conjunto, estos factores han configurado un entorno en el que la obsolescencia es más rápida, la experimentación más barata y la transición entre generaciones tecnológicas más corta, lo que tiene un impacto directo en el ámbito militar, donde la velocidad de adopción se ha convertido en un componente central de la ventaja estratégica.

El ejemplo ucraniano: un aviso para los ejércitos occidentales 

La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto un fenómeno de enorme relevancia: la obsolescencia acelerada de sistemas concebidos para entornos tecnológicos estables. Los sistemas de precisión (Excalibur y GMLRS) muestran una disminución sorprendente de su eficacia debido a la interferencia electrónica. 

Proyectil Excalibur

Diseñadas para operar en escenarios con baja contestación electromagnética, han visto degradada su eficacia cuando se enfrentan a un campo de batalla saturado de sensores, drones y guerra electrónica. La densidad del espectro, la capacidad rusa de interferencia GPS y la velocidad de adaptación táctica han demostrado que la ventaja tecnológica puede erosionarse en cuestión de meses o semanas, no de décadas. La munición de precisión Excalibur empleada por el ejército ucraniano llegó a tener a una ratio de 1 impacto por cada 19 disparos, lo que elevó el coste por impacto a cerca de 1,9 millones de dólares. 

Este fenómeno revela que la innovación militar ya no garantiza la superioridad sostenida: la vida útil operativa de una tecnología depende menos de su sofisticación intrínseca que de su resiliencia frente a un adversario capaz de innovar de forma reactiva y barata. 

La obsolescencia acelerada obliga a repensar doctrinas basadas en la precisión como multiplicador estratégico y subraya la necesidad de sistemas modulares, adaptables y resistentes a la degradación, capaces de sobrevivir en un entorno en el que la innovación es continua y la contra innovación es inmediata. 

La consecuencia doctrinal es clara: la innovación no se mide exclusivamente por la capacidad de generar potencia de fuego, sino por la capacidad de sobrevivir, ocultarse y adaptarse en un entorno en el que la visibilidad es total y la letalidad está distribuida.

Ejemplos rusos

Uno de los últimos ejemplos de la innovación rusa es el despliegue del vehículo terrestre no tripulado (UGV) Malvina-M, un sistema experimental que monta los tubos lanzacohetes termobáricos del TOS-1A sobre este tipo de plataforma, sustituyendo así a las tripulaciones que normalmente deben operar muy cerca del frente. 

Lanzacohetes ruso

Esta adaptación reduce drásticamente el riesgo humano, abarata el empleo de la munición termobárica y permite lanzar cohetes desde posiciones más pequeñas, móviles y fáciles de ocultar, lo que disminuye la vulnerabilidad frente a los drones ucranianos y al fuego de contrabatería. 

Aunque el sistema sacrifica precisión y capacidad de puntería respecto al TOS-1A original, ofrece a Rusia una forma más barata, desechable y menos detectable de emplear armas de gran potencia en un campo de batalla en el que los vehículos tripulados pesados son cada vez más vulnerables.

El caso más reciente y que más ha transcendido sobre la capacidad de innovación rusa ha sido la utilización del dron Shahed. En una adaptación y mejora de los modelos originalmente iraníes, Rusia produce actualmente este dron, cuyo empleo en enjambres está saturando las defensas aéreas ucranianas. 

Estos drones incorporan cámaras avanzadas, inteligencia artificial, motores a reacción (hasta 520 km/h), y sistemas resistentes a interferencias. También pueden lanzar también submuniciones y emplear cargas termobáricas o de racimo. Su impacto psicológico y destructivo ha sido significativo, especialmente en ataques a ciudades y población civil.

Durante 2025 Rusia ha transformado su campaña aérea mediante la producción masiva de estos drones tipo Shahed, pasando de depender de importaciones iraníes a fabricar miles de unidades al mes en su propio territorio. 

Esta industrialización ha permitido a Moscú lanzar ataques nocturnos a gran escala —más de 700 drones en una sola noche— con el objetivo de saturar las defensas ucranianas y desgastar la moral de la población civil. La clave no reside únicamente en la sofisticación tecnológica, sino también en la economía de la cantidad: drones baratos que obligan a Ucrania a emplear interceptores mucho más costosos, lo que genera un desequilibrio estratégico que favorece a Rusia en una guerra de desgaste.

Reacción de Ucrania

Frente a esta presión, Ucrania ha tenido que acelerar su propia innovación en drones y en sistemas anti-drones. «Para cada avance tecnológico, ambos bandos buscan de inmediato una contramedida. Y el ciclo de innovación es tan rápido que, en cuestión de dos o tres semanas, ya vemos una contra adaptación frente a cualquier avance tecnológico». 

Ucrania emplea drones FPV para atacar posiciones rusas, desarrolla drones de largo alcance para golpear infraestructuras dentro de Rusia y experimenta con sistemas de interceptación más baratos que los misiles antiaéreos tradicionales. Esta dinámica obliga a las fuerzas ucranianas a reorganizar sus capacidades, integrar drones en todos los niveles tácticos y operar en un entorno en el que la supervivencia depende de la rapidez con la que se adopten nuevas soluciones.

Ucrania debe convertir la brillante capacidad de improvisación en poder estratégico sostenido para sobrevivir a la guerra de atrición rusa. Una de las adaptaciones más significativas de Ucrania ha sido reconocer que el desarrollo de la doctrina tradicional —lenta, jerárquica y pensada para tiempos de paz— es incompatible con un entorno en el que las tácticas, las tecnologías y las amenazas cambian cada pocas semanas. 

La transformación de Ucrania después de 2014 exigió abandonar el modelo soviético de una doctrina rígida y prescriptiva, y reemplazarlo por un sistema que recompensa la iniciativa, la toma de decisiones descentralizada y la adaptación continua bajo el fuego. 

Para resolver esta brecha, Ucrania está avanzando hacia un modelo de doctrina viva, un sistema dinámico que permite actualizar procedimientos, lecciones aprendidas y mejores prácticas casi en tiempo real. Este enfoque, descrito como un Doctrinal Wiki, busca institucionalizar la innovación sin sofocarla: un repositorio accesible, colaborativo y continuamente actualizado que conecta a unidades de combate, centros de análisis y responsables de doctrina.

Uno de los factores decisivos en la resiliencia ucraniana ha sido la creación de un ecosistema industrial coordinado, capaz de integrar a cientos de empresas tecnológicas, talleres voluntarios, start-ups y grandes fabricantes en un esfuerzo nacional unificado. 

A diferencia de los modelos tradicionales de adquisición militar, Ucrania ha articulado un sistema donde el Estado —a través del Ministerio de Transformación Digital y el programa Brave120— actúa como orquestador, conectando necesidades operativas del frente con capacidades industriales en ciclos de semanas. 

Este enfoque ha permitido escalar la producción de drones FPV, sistemas de guerra electrónica y software autónomo mediante una combinación de incentivos fiscales, procesos de certificación acelerados y canales directos entre operadores y desarrolladores.

El resultado es un ecosistema que funciona como una red distribuida pero coordinada, en el que la innovación fluye desde el campo de batalla hacia la industria y vuelve al frente en forma de prototipos iterados, lo que crea una ventaja adaptativa que Rusia no ha logrado replicar. 

Este modelo evita en lo posible la fragmentación típica de la innovación en la guerra, crea coherencia entre unidades y permite que la creatividad distribuida del ecosistema ucraniano se convierta en un ciclo institucionalizado de aprendizaje acelerado.

El modelo de innovación ruso

El proceso de innovación militar ruso en la guerra de Ucrania sigue profundamente condicionado por la herencia soviética, marcada por una centralización rígida y una cultura que limita la iniciativa táctica. Como consecuencia «la adaptación rusa sigue estando limitada por una cultura de mando que desalienta la iniciativa en los niveles inferiores y exige aprobación incluso para cambios menores». 

Aunque Rusia ha introducido mejoras incrementales en drones, guerra electrónica, municiones improvisadas o inteligencia artificial, estas suelen surgir de manera reactiva y fragmentada, impulsadas por comandantes locales más que por un sistema institucionalizado de aprendizaje. 

El Center for Naval Analyses (CNA) coincide al afirmar que la innovación rusa tiende a ser episódica más que sistémica, impulsada por la necesidad inmediata del campo de batalla y no por un mecanismo establecido de absorción doctrinal. 

Esta combinación de verticalidad doctrinal, débil integración entre industria y unidades, y ausencia de ciclos formales de retroalimentación ralentiza la capacidad rusa para transformar improvisaciones tácticas en capacidades estandarizadas, manteniendo un contraste estructural con los modelos más abiertos y distribuidos observados en Ucrania. 

El sistema centralizado ruso también ofrece ventajas en términos de coherencia doctrinal y unidad de mando, elementos que derivan directamente de la cultura organizativa soviética. Este modelo puede implementar cambios doctrinales de forma más uniforme y disciplinada que los ejércitos descentralizados, garantizando que las directrices operativas se apliquen de manera homogénea en grandes formaciones. Del mismo modo, «la estructura centralizada rusa reduce la variabilidad táctica y garantiza la ejecución disciplinada de planes operacionales complejos», lo que facilita operaciones a gran escala donde la coordinación vertical es esencial. 

Aunque esta rigidez limita la innovación bottom-up, también proporciona claridad en la cadena de mando, reduce ambigüedades y permite respuestas coordinadas en escenarios donde la prioridad es la masa, la sincronización y la disciplina más que la creatividad táctica. 

En Ucrania, esta coherencia doctrinal ha permitido a Rusia sostener operaciones prolongadas y reorganizar fuerzas de manera relativamente ordenada pese a las pérdidas iniciales.

La introducción de los kits UMPK (Universalny Modul Planirovaniya i Korrektsii) constituye uno de los ejemplos más claros de innovación tecnológica rusa durante la guerra de Ucrania. 

Estos módulos, diseñados para convertir bombas aéreas no guiadas FAB-250/500 en municiones planeadoras guiadas por GLONASS, permiten a la aviación rusa atacar objetivos desde distancias de 40 a 70 km sin exponerse a las defensas antiaéreas ucranianas. 

Según análisis de Defense Express, los UMPK han permitido a Rusia «emplear bombas de caída libre como armas de precisión de largo alcance mediante kits baratos y producidos en masa». Esta innovación combina simplicidad técnica, bajo coste y escalabilidad industrial, lo que encaja con el patrón ruso de transformar soluciones pragmáticas en capacidades sostenidas. 

Además, este tipo de adaptaciones «ha ampliado significativamente la capacidad rusa para realizar ataques profundos sin arriesgar plataformas tripuladas», consolidando a los UMPK como un elemento central de la campaña aérea rusa desde 2023. 

Las bombas planeadoras rusas han pasado de un alcance inicial de 50-60 km a 90-100 km, y ya se están desarrollando actualmente variantes propulsadas capaces de alcanzar hasta 300 km, transformando bombas baratas en armas de ataque de largo alcance 

En el plano organizativo y doctrinal, una de las innovaciones que Rusia ha desarrollado es la creación de unidades especializadas en localizar y neutralizar a los operadores ucranianos de drones FPV, una innovación táctica que responde directamente a la creciente letalidad de estos sistemas. 

Estas unidades —conocidas informalmente como «caza operadores»— combinan equipos de guerra electrónica, drones de reconocimiento y tiradores de precisión para triangular la señal del dron, identificar la posición del operador y atacarlo con rapidez. 

Estas unidades emplean motocicletas, antenas direccionales y drones propios para rastrear y eliminar a los operadores enemigos. Esta innovación demuestra que, pese a su rigidez estructural, el sistema ruso es capaz de generar soluciones organizativas novedosas cuando la presión operativa lo exige.

Evidentemente Napoleón no dijo la frase que figura en el título de este artículo, pero quizás si hubiera mandado ejércitos en el siglo XXI podría haber compartido opinión con el general Valeriy Zaluzhny.

↑
Close