Cuando gobernó ejerció la dictadura del secretariado sustituyendo al Consejo de Ministros y a los órganos del PSOE por amiguetes acríticos
J.G.A.
José Luis Rodríguez Zapatero se ha lanzado en singular campaña para que se olvide el mal sabor de boca que dejó al final de su gobierno, un desastre sin paliativos, tan sin paliativos que Mariano Rajoy consiguió en las anticipadas elecciones una mayoría absolutísima, de la dimisión de las que había conseguido Felipe González y de la que logró José María Aznar en el año 2.000 frente a Joaquín Almunia.
Zapatero parece haber conseguido aparecer ante la parroquia socialista como mejor expresidente que presidente. Lo ha conseguido, en buena medida, al apoyar sin reservas a un Pedro Sánchez atacado con saña por Felipe González, el otro presidente socialista, lo que le ha permitido una notable presencia en los medios.
Su ansia de recuperar protagonismo le ha llevado a asumir el riesgo de aparecer apoyando a Nicolás Maduro también contra Felipe González, además de contra Borrell, entre otras figuras de su partido, contra el parlamento español y contra la Comisión Europea. Y ha redondeado su intento de recuperación de imagen con la presentación en el Ateneo el pasado 22 de su libro La democracia y sus derechos.
El Maquiavelo de León
Han pedido mi opinión en distintos medios al hilo de la presentación del libro de Zapatero como autor del mío: El Maquiavelo de León (La Esfera de los libros, 2010). He mantenido mi opinión sobre el personaje, sobre sus activos y sus pasivos, aunque soy consciente de que los políticos no tragan la publicación de estos últimos, aunque el balance expresado sea positivo. Es lo que me pasó con mi obra Las mil caras de Felipe González (La Esfera de los libros, 2006) a quien califique como el mejor presidente que ha disfrutado este país pero sin ocultar algunos aspectos de su gobierno, especialmente en lo relacionado con la guerra sucia contra el terrorismo etarra.

Justamente el fin de ETA por procedimientos legales es el mayor éxito de José Luis Rodríguez Zapatero por el que pasará a la historia junto, aunque a cierta distancia, la legalización del matrimonio homosexual.
Curiosamente parece como si González no perdonara al leonés su éxito en el final de ETA. Eso se deduce de lo que publiqué en un artículo en Ojo Avizor el pasado 7 de julio, Rubalcaba no puede defenderse. FELIPE GONZÁLEZ, INSIDIOSO, TIRA LA PIEDRA Y ESCONDE LA MANO EN SU AMENAZA A ZAPATERO SOBRE ETA
Comentaba servidor: “Me parece que lo más novedoso de la larga charla de Felipe González con Ignacio Camacho en el ABC del pasado 30 de junio son sus malvadas declaraciones sobre José Luis Rodríguez Zapatero. Dice Felipe: “… También de vez en cuando cita [Zapatero] el fin de ETA y a mí me da cierto agobio de pensar en, que no se puede defender, y yo no voy a remover las conversaciones que guardo con él…”
Imposible juntar tantas insidias en una frase. Desde luego que Alfredo Pérez Rubalcaba, con quien mantuve una entrañable amistad, y que me pidió que suavizara mis críticas Zapatero, no se puede defender, ni siquiera de la desfachatez de Felipe González en su amenaza al segundo presidente socialista.
No divulgaba sus conversaciones con Rubalcaba, pero dejaba en el aire una tenebrosa sospecha sobre el comportamiento de su conmilitón en una cuestión tan tremenda como lo de ETA de lo que por cierto González tendría mucho que callar. Zapatero se negó al cara a cara que le reclamaba su ilustre correligionario, el primer presidente socialista de la restauración democrática, quien por cierto no parece reconocer a los dos siguientes: José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.
Servidor ya ha derramado ríos de tinta en libros, artículos y entrevistas sobre el hecho de que Rubalcaba fue clave en el fin de ETA, que tuvo las riendas de la estrategia y que, con la mayor discreción, trató y en muchas ocasiones consiguió enmendar los errores de su jefe en las negociaciones con la banda terrorista, pero para bien o para mal, la responsabilidad, digamos histórica de lo bueno y de lo malo, del éxito y del fracaso de lo que trascurre, políticamente durante su gobierno es de su presidente.
Luces y sombras
En resumen: sostengo que su mayor éxito fue el fin de ETA gestionado por Rubalcaba; así como el matrimonio homosexual, su política social hasta la crisis financiera, la retirada de las tropas de la guerra del golfo, aunque se equivocó al no levantarse ante la bandera USA, que aun seguimos pagando.
Sus grandes errores: negar la crisis económica, la infamante reforma del artículo 135 de la Constitución a lo que se opuso todo lo que pudo Rubalcaba en menoscabo de la soberanía nacional; o las medidas antisociales del final de su mandato como la reducción de los salarios del sector público en un 5% de media en 2010 y la en 2011 de la revalorización de las pensiones, excluyendo las no contributivas y las pensiones mínimas, lo que ponía fin a 25 años de subida garantizada por ley.
Y en lo que se refiere a su estilo de gobierno fue de lamentar su actuación mesiánica y autoritaria ignorando al consejo de ministros y a los órganos del partido a los que sustituyó por amiguetes acríticos. En definitiva: ejerciendo la dictadura del secretariado. Un ex ministro me lo decía de forma castiza: “Es uno de los personajes que he conocido con un sentido del poder más puro, del poder por el poder. En ese sentido es un político en estado puro. La gobernación como la ha entendido tradicionalmente este partido se la suda. (…) Zapatero te puede decir una cosa y la contraria en el plazo de una semana y sin pestañear.
La crisis que negó
Cuando en el inicio de la segunda legislatura la catástrofe económica se nos echó encima, el presidente se negó a aceptar la realidad de la misma y se resistió a pronunciar la palabra fatídica «crisis». Estábamos en una simple desaceleración, en un decrecimiento del ritmo de crecimiento que pronto daría paso a la normalidad, a la vuelta a los grandes crecimientos del PIB, a una economía dinámica que nos había permitido adelantar a Italia, alcanzar al Reino Unido y que pronto nos situaría por delante de Alemania. Cuando ya no pudo evitar el reconocimiento de la crisis estalló: «A los directivos les vamos a quitar sus bonus».
No era entonces consciente de que esta visión, o mejor dicho esta falta de visión, constituiría el principio del fin de su buena estrella. Cuando no tuvo más remedio que aceptar la realidad, asumió personalmente la dirección de la economía ninguneando a Pedro Solbes, su vicepresidente y ministro de Economía, que había contribuido a su triunfo en 2008. Cuando la tensión con éste se le hizo insoportable, le cesó y nombró a Elena Salgado, poco predispuesta a llevarle la contraria.
Lo primero es antes, y lo primero para él no es la economía sino la foto. Él no había llegado al poder para enfrentarse con crisis económicas, sino para hacer política; lo de la economía debía parecerle entonces una grosería. En cierta ocasión le confiesa a su profesor de Derecho Mercantil, José Manuel Otero, en la presentación de un libro de cuentos que el profesor había escrito: «Mira Manel, reconozco que me gustan más tus cuentos que la letra de cambio».
Voy a contar una anécdota muy reveladora: Elena Salgado veranea habitualmente en Comillas. En el verano de 2009 ―había sido nombrada vicepresidenta en abril― cena con unos amigos. Uno de ellos, industrial conocido, hace un análisis duro de la situación económica:
―Elena, los empresarios estamos muy preocupados… ¿No vais a hacer reformas estructurales, que te aseguro son absolutamente necesarias? ¿Qué pensáis hacer contra la crisis?
Respuesta de la vicepresidenta:
―Bueno sí, le hemos dado muchas vueltas, pero al final nos vamos a dejar guiar por la intuición del presidente. José Luis es una persona muy intuitiva y siempre acierta. Su intuición le dice que hay que dejar pasar el tiempo, así que no vamos a hacer nada.

