Escrito por 4:46 pm Ojo Avizor

Zapatero, mejor expresidente que presidente, al contrario que Felipe

por José García Abad

Hay que reconocerle a José Luis Rodríguez Zapatero, nada más y nada menos, que acabara con ETA. Ciertamente que una buena parte de ese éxito se lo debe a Alfredo Pérez Rubalcaba, pero ello no le resta méritos a quien situó a este formidable personaje como su segundo de abordo y sucesor en la secretaria general del PSOE.

El final de ETA inclina la balanza de su gestión a su favor, plagada esta de numerosos errores y de un final calamitoso en lo referente a la gran crisis financiera, cuya misma existencia niega, y la crisis le coge como un miura resabiado. Zapatero reacciona no reaccionando, desde la convicción de que se trata de un simple constipado que se pasa solo.  Como un pollo descabezado reduce los salarios de los funcionarios y suspende la revalorización de las pensiones. Concluye su mandato con una infamante enmienda constitucional sobre la deuda acordada con Rajoy que limitaba la soberanía nacional, a lo que, por cierto, se opuso todo lo que pudo Rubalcaba, pasando por una marcha atrás en su política social.

Zapatero dejó al final de sus mandatos un mal sabor de boca en la parroquia socialista y una mala imagen general que permitió a Mariano Rajoy alcanzar una mayoría absoluta, como la que cosechó José María Aznar en el año 2000, tras la mala decisión de González al elegir como sucesora Joaquín Almunia, pensando que de esta forma se sucedía a sí mismo. 

No regateo méritos al leonés al convertirse en el apoyo más efectivo de Pedro Sánchez por el hecho de que haya aprovechado la tremenda persecución a la que es sometido el actual presidente para reivindicar su mérito propio en la derrota de ETA, comparándolo con el que atribuye justamente a Sánchez en su proyecto de encontrar una salida dialogada al problema catalán.

Felipe encabeza la quinta columna de disidentes socialistas

Contrasta esta actitud con la que está mostrando Felipe González que en mi opinión fue el mejor presidente de la democracia restaurada con la constitución del 78 y el de mayor duración en el gobierno de España como he mostrado en mi libro: “Las mil caras de Felipe González” donde tampoco oculto su penoso final. 

Felipe ha dado prioridad a las exigencias de su ego sobre la lealtad a su partido al convertirse, objetivamente, probablemente sin que él lo desee, en cabeza de la quinta columna de disidentes en la corte de Sánchez, una formación integrada por los Leguina, Redondo Terreros, Corcuera y demás, el regalo más preciado para el Partido Popular, la mejor baza de la estrategia de Alberto Núñez Feijóo.  

Felipe y Alfonso, la pareja sevillana, aparecen acompañados de buena gente de derechas de toda la vida que comparten con ellos un odio sin cuartel al secretario general, a quien no perdonan que haya ilusionado a su histórico partido que se había quedado relegado a los hogares del jubilado, elevándole al poder donde el presidente está demostrando una capacidad asombrosa para manejarse en las situaciones más difíciles. Un modelo para la socialdemocracia europea. 

Me preguntan a menudo, qué le pasa a Felipe. En mi modesta opinión le aquejan distintos sentimientos y resentimientos. Ciertamente discrepa de Sánchez en la cuestión catalana y en la coalición con su izquierda que se inició con Podemos y que se presume con Sumar. Le irrita lo que percibe de radicalismo en él, cuando Felipe acaricia el delicioso placer de los halagos de la derecha en su intento de ser reconocido como figura universal, “au-dessus de la mêlée”, más allá de las miserables contiendas políticas entre la derecha y la izquierda.

En mi modesta opinión, lo mollar de la actitud tanto de Felipe como de Guerra, lo que en realidad les une, es la aversión a quien consideran un intruso en el partido que refundaron con éxito y en el que intentan mantener el ejercicio del derecho de admisión.

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