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López Obrador resucita la leyenda negra

Sus apellidos son de conquistadores

Antonio Papell

Los tratados de heráldica explican que López es un apellido patronímico español derivado del nombre de pila Lope. Según datos del INE, de 2016, es el quinto apellido más extendido en España, tras García, Fernández, González y Rodríguez. Cerca de 900.000 personas lo llevan como primer apellido, el 1,87% de la población empadronada en España. Los estudios explican que al apellido se le atribuía el significado de “gobernador” porque su origen es romano, pero en la actualidad los estudios históricos demuestran que el patronímico de Lope unido con el sufijo ez significa “hijo de Lobos”. El apellido Obrador, en cambio, proviene del catalán y significa “obrero, trabajador” o “lugar de faena, trabajo”. Según los especialistas, tuvo su origen en un soldado que ayudó a Jaime I de Aragón en la conquista de la isla de Mallorca en el siglo XIII, por lo que se le otorgaron terrenos en la Villa de Felanitx.

Los antepasados del presidente formaron presumiblemente parte de las huestes europeas que conquistaron y colonizaron el país.

De lo anterior se desprende que el presidente saliente de México, Andrés Miguel López Obrador, es claramente de ascendencia española. Sus antepasados formaron presumiblemente parte de las huestes europeas que conquistaron y colonizaron el país. La mayoría de los apellidos mexicanos tienen este origen, y apenas unos pocos entroncan con nombres de nativos, muchos de los cuales se fundieron con los invasores en el mestizaje proverbial en los comienzos de la modernidad, todavía llena de vestigios ideológicos de la Alta Edad Media. La nueva presidenta mexicana se apellida Sheinbaum, y obviamente tiene otros orígenes.

No vamos a descubrir a estas alturas las características del colonialismo europeo, el ímpetu brutal de los conquistadores, los métodos de ‘pacificación’ y sometimiento, los contagios de innumerables enfermedades infecciosas que diezmaron en casi todas partes a la población nativa, sin que hubiera remedio alguno capaz de evitarlo. Las potencias colonizadoras, todas ellas, eran voraces depredadoras, aunque en ocasiones trataran de mostrar inquietudes trascendentes al exhibir la idea de la evangelización. Y aunque el descubrimiento y colonización de América fue un hecho muy complejo, con actores diversos y métodos distintos, el fondo ético e ideológico fue común en su generalizada ruindad. La esclavitud era una institución plenamente en vigor, y produce estremecimientos pensar que en España lo estuvo hasta 1870, cuando la Ley Moret, o de los vientres libres, estableció la abolición gradual de aquella aberración tardía. Los países anglosajones se nos habían adelantado: en el Reino Unido la abolición fue en 1833 y en los Estados Unidos, en 1865, al acabar la guerra de Secesión.

Es obvio que no cabe en estas líneas la historia completa de la conquista de América, ni siquiera de la «leyenda negra» basada en medias verdades que se ha elaborado sobre nuestro país en los ambientes anglosajones, pero no es censurable resumir aquella epopeya como el fruto agridulce de dos vectores encontrados: la avidez voraz de los conquistadores, que iban a hacer fortuna y a ganarse un futuro material, y las reservas intelectuales de una parte de la clase dirigente y de una minoría de ilustrados que se preocuparon por el trato que recibieron los indígenas. La reina Isabel de Castilla dejó amplio testimonio escrito de su preocupación por le bienestar de los indios, a los que pretendía ingenuamente evangelizar para que no se condenaran en el infierno. Y el padre Bartolomé de las Casas (1484-1566) dedicó su vida y su intelecto a proteger los derechos de los nativos; llegó a publicar numerosas obras, siempre encaminadas a equiparar a los indígenas con los conquistadores, a combatir la esclavitud, a proteger sus hábitos de vida y su cultura… Parece claro que a pesar de tales influencias, la conquista no fue precisamente un acontecmiento pacífico.

No tiene sentido juzgar los hechos históricos remotos con la mentalidad de hoy

Sucede sin embargo que, como los historiadores saben bien, no tiene sentido juzgar los hechos históricos remotos con la mentalidad de hoy. En el mundo del siglo XVI, las sutilezas intelectuales eran la excepción y las potencias de la época se repartían el mundo por la fuerza. La idea misma de derechos humanos fue una excentricidad en aquellos siglos oscuros, incluso en la desarrollada Europa.

No es extraño que a medida que los valores éticos han ido germinando en nuestra cultura occidental han ido surgiendo posiciones indigenistas que, además de tratar de salvar las culturas originarias de aquellos territorios sometidos por los europeos, exigen la rendición de cuentas de los conquistadores. El problema, como ya se ha insinuado más arriba, es que los conquistadores ya no están, y que sus descendientes, que se emanciparon de la metrópoli, son los actuales ciudadanos de América.

Es indudable que por responsabilidad política y por curiosidad intelectual el proceso de colonización debe estudiarse con ahínco para saber lo que realmente ocurrió. Pero esa labor retrospectiva no puede realizase con ánimo de una vindicación política porque todos sus protagonistas, víctimas y victimarios, están ya bajo tierra desde siglos atrás y sus responsabilidades no eran ni hereditarias ni transferibles. Así las cosas, la exigencia mexicana de rendición de cuentas a España es una perfecta estupidez. Se quiera o no reconocer, ambos pueblos compartimos una cultura común, cuya expresión más clara es la lengua. Y la crítica al pasado remoto que nos incumbe a todos solo sirve para inocular melancolía a la gestión de la realidad.

Antonio Papell

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