Inmaculada Sánchez
Este domingo llegan las segundas elecciones del ciclo electoral que arrancó con las autonómicas extremeñas. Y no pintan bien para el PSOE. La cita en Aragón tiene un peso añadido, el de la candidata socialista, cuya condición de exministra y exportavoz del Gobierno volcará directamente sobre Pedro Sánchez su victoria o su derrota. En Moncloa pretenden mostrarse inmunes a un nuevo fracaso electoral en una autonomía donde no se gobierna desde los anteriores comicios, aunque genere y amplíe el abatimiento que ya cunde entre sus filas. Pese a ello, y a lo que los sondeos auguran, el Gobierno necesita que el previsible triunfo de Jorge Azcón venga acompañado de un mayor sometimiento del PP a Vox y de un resultado de Pilar Alegría que, al menos, se aleje de la debacle que hubo en Extremadura.
Sánchez, no obstante, ha apostado fuerte en las elecciones autonómicas previstas. Ha lanzado a pesos pesados de su gobierno a encabezar las candidaturas que deberían reconquistar los muchos gobiernos, autonómicos y municipales, perdidos mientras él mantenía a salvo La Moncloa. El pasado diciembre Ferraz pudo desvincularse del desastre cosechado por Miguel Ángel Gallardo, que se vio obligado a dimitir tras perder más de 100.000 votos y 10 diputados, porque el ya exsecretario general del PSOE extremeño nunca fue ‘su’ candidato al imponerse en primarias a la promovida por la dirección federal, la antigua consejera de Educación con Guillermo Fernández Vara, Esther Gutiérrez.
En Aragón, sin embargo, concurre como cabeza de cartel la que hasta el mismo arranque de la campaña electoral ha sido ministra y portavoz del Ejecutivo. Pilar Alegría, una de las caras más reconocibles del Gobierno de Sánchez, se enfrenta a unas encuestas que pronostican que el PSOE no sólo será incapaz de superar al PP en votos, sino que retrocederá en una horquilla de entre tres y cinco escaños hasta lo que podría ser el suelo histórico de los socialistas en Aragón. El abismo, pues, está cerca, y no habrá paños calientes que suavicen la caída si se confirma.
En esta ocasión, además, las opciones a la izquierda del PSOE tampoco podrán presumir de mucho mejor resultado al haberse presentado divididas en nada menos que tres candidaturas diferentes: la de la Chunta Aragonesista, única a la que los sondeos anuncian una discreta subida, la de la coalición de IU con Sumar y la de Podemos con Alianza Verde, que cotizan a la baja, incluso con posibilidades de quedarse fuera de las Cortes aragonesas. Al menos en Extremadura la unitaria papeleta de IU con Podemos casi duplicó sus escaños concediendo cierta esperanza de futuro a los votantes progresistas si el PSOE lograra recomponerse con nuevos líderes.
El único bálsamo para tan negras predicciones es que el PP seguiría sin poder gobernar en solitario pese al envite de Jorge Azcón adelantando los comicios. El actual presidente aragonés va camino de hacerse ‘un Guardiola’ de libro y, al igual que le ha pasado a su colega extremeña, podría quedarse en peores condiciones para negociar con Vox que antes de convocar las elecciones. Ninguna encuesta le concede mayoría absoluta y todas le dan a Vox una importante subida que podría llegar a los cinco escaños más sobre los siete que tiene ahora. En Mérida, casi dos meses después de que hablaran las urnas PP y Vox aún negocian a cara de perro un pacto de gobierno que amenaza con naufragar y abocar a una repetición electoral. La inaplazable cita para la formación de la Asamblea ya se saldó sin acuerdo y con un presidente, Francisco Naharro, del PP, al frente del legislativo extremeño sin los votos de los de Abascal.
Estas tribulaciones de los de Feijóo no empañan que Aragón sería la segunda estación en la que los socialistas descarrilan, tras Extremadura. Y al mes que viene llegan las elecciones de Castilla y León, donde los augurios tampoco son mejores. Aunque la cita de mayor calado toca en Andalucía, previsiblemente en junio. Uno de los barones más potentes del PP, Juanma Moreno Bonilla, se enfrentará a la número dos del PSOE y del Gobierno, María Jesús Montero. Duelo de alto nivel al que la ministra de Hacienda puede llegar con una mochila cargada de derrotas previas, además de los feroces ataques a Sánchez como compañeros de campaña.
No, no pinta bien para el PSOE. Por eso es necesario que los fracasos socialistas que ya cantan en Génova sean más suaves de lo esperado, que el sacrificio de tanto ministro no sea en balde y que Moncloa pueda rentabilizar electoralmente el irresistible ascenso de la ultraderecha que exhibirán las sucesivas elecciones como antídoto. Este domingo le toca a Pilar Alegría. Esperemos que su apellido la acompañe.

