Antonio Papell
Wolfang Münchau es un periodista económico alemán de prestigio, que frecuenta también las páginas de la prensa española, y que acaba de publicar un libro inquietante titulado “Kaput. El fin del milagro alemán”, con un subtítulo que reza “Por qué el modelo económico y político alemán ha fracasado”. No hay todavía edición en castellano pero sí en inglés.
La crisis alemana viene de largo pero ha adquirido tintes dramáticos cuando se ha comprobado muy recientemente que en los länder de la antigua Alemania del Este la mayoría de los ciudadanos, defraudados por su irremisible postergación con respecto a los herederos de la antigua RFA, votan mayoritariamente a Alternativa para Alemania AfD), una organización de extrema derecha que enlaza con el tabú del nazismo, de infausta memoria en Alemania y en el mundo. El pasado 1 de septiembre, AfD ganó las elecciones en Turingia y quedó segunda, muy cerca de la derecha democrática, en Sajonia, con la particularidad de que en ambas regiones ha quedado en tercer lugar el partido ultra de izquierdas Alianza Sara Wagenknecht (BSW), de extrema izquierda y antiinmigración. En los dos länder mencionados, la coalición gubernamental —socialdemócratas, liberales y verdes— ha quedado en ridículo: los tres partidos han logrado el 10,3% de los votos en Turingia y el 13,3% en Sajonia. Este 22 de septiembre, en las elecciones de Brandeburgo, últimas regionales antes de las federales del año que viene, el SPD, tras un gran esfuerzo, ha conseguido imponerse por estrecho margen, pero AfD le ha ido pisando los talones.
La crisis del hemisferio progresista germánico quedó ya de manifiesto en las europeas del pasado 9 de junio, en que el SPD registró su peor resultado en unas elecciones de ámbito nacional, 13,9 %, y los ecologistas cayeron al 11,9 %, casi la mitad de lo que lograron en las anteriores europeas. El liberal FDP, por su parte, ha quedado fuera de los parlamentos de Turingia y Sajonia al no haber conseguido el 5 % de los votos, y los Verdes han salido del parlamento en Turingia por la misma razón. La derecha democrática consigue mantenerse por encima del 30% pero, si no cambian las tendencias, tendrá problemas para gobernar sin AfD, ya que en Alemania sí que rige, al menos de momento, el cordón sanitario contra la ultraderecha.
Muy mal tienen que ir las cosas en Alemania, la gran potencia europea, para que haya decaído hasta este punto su liderazgo, y para que todos sospechemos que asistimos a un fin de ciclo de la hasta hace poco locomotora europea. Una locomotora que había tomado el testigo del Reino Unido en capacidad de innovación industrial —de la máquina de vapor al motor de explosión—, lo que situó al país gernánico a la cabeza mundial en el desarrollo analógico, a la cabeza de la industria automotriz.
Estamos asistiendo a momentos dramáticos en los que el declive de la industria automovilista tradicional es un hecho. Volkswagen, retrasada en la innovación del sector, podría verse obligada a despedir a 30.000 trabajadores y a cerrar dos plantas en la propia Alemania para salir al paso de su profunda crisis de demanda, de unos 500.000 vehículos anuales; tales iniciativas quebrarían un proceso lineal de 89 años y convertirían en papel mojado un pacto de estabilidad entre la empresa y sus trabajadores que habría de durar hasta 2029. En agosto, sin ir más lejos, las ventas de coches eléctricos en Alemania se desplomó más de un 69% en comparación con las cifras de hace un año, según datos fidedignos de la Autoridad Federal de Transporte por Carretera (KBA). Y es que ya no se puede negar que en esta industria que sigue siendo estratégica China es el líder en baterías eléctricas, en tanto los Estados Unidos están en cabeza en el software. Alemania ha llegado tarde, y todo hace pensar que, si no se actúa con extrema decisión, se repetirá la historia de la finlandesa Nokia, que consiguió el liderazgo en la telefonía móvil analógica pero que perdió el tren de la telefonía móvil digital hasta llegar a desaparecer prácticamente. De cualquier modo, la crisis de Volkswagen no solo es material sino también política: la gran empresa ha establecido un sistema de cogestión muy avanzado y modélico que garantiza la paz social y que podría ahora desmoronarse. De momento, Berlín ha dispuesto un paquete de ayudas al automóvil eléctrico en periodo 2024-2028, por el que las empresas podrán desgravarse gasta el 40% del valor del vehículo, pero la solución al atraso es la reconquista de la competitividad; los subsidios han de ser siempre un remedio pasajero y ocasional.
El problema alemán no ha surgido súbitamente. Desde tiempos de Merkel, no ha habido estímulos para el progreso tecnológico, y Berlín ha mantenido una obsesiva política de ortodoxia financiera que impedía la modernización de las infraestructuras y la generación de un tejido empresarial sólido y creativo. En 2015, en un gesto que honra a los alemanes, Merkel admitió a un millón de inmigrantes sirios, sin habilitar recursos suficientes para que el efecto de esta magnánima decisión fuera asimilado más fácilmente. Pero la crisis se volvió dramática en 2022, al estallar la guerra de Ucrania, que ha supuesto para los alemanes el final súbito e imprevisto del combustible a bajo precio que Moscú les proporcionaba. Nadie previó que Alemania corría un grave riesgo fiando su suficiencia energética a la benevolencia del sátrapa de una gran dictadura.
La guerra de Ucrania supuso la condena a muerte de un modelo de desarrollo basado en las exportaciones masivas a precios muy competitivos mientras se mantenía en el interior una inflexible austeridad que ha lastrado y ha lastrado la industria y el comercio —fallan las carreteras, fallan los servicios digitales—. Lo que indica que hay que tomar decisiones drásticas y rápidas para que no sea una realidad el kaput (Kaputt en alemán) que pronostican los analistas.
Probablemente la solución a este desvío haya de buscarse en el documento que Draghi ha redactado a demanda de la Comisión Europea. El resumen que ha hecho del informe el Instituto Elcano aclara que consta de seis apartados: una descripción inicial de la situación actual; los tres principales desafíos (el cierre del gap de innovación respecto a EEUU, cómo compatibilizar descarbonización y competitividad y cómo aumentar la seguridad económica y reducir las dependencias); y dos requisitos para lograrlo, que son un refuerzo de la inversión pública y privada y una mejora de la gobernanza europea (incluida la política de competencia). Parte de la base de que el modelo por el cual la UE contaba con energía barata para su industria procedente de Rusia, de ilimitados mercados de exportación en China y del paraguas de seguridad de EEUU, ha terminado. Y que esto, combinado con la pérdida de competitividad y la falta de dinamismo económico europeo (sobre todo comparado con EEUU, y esencialmente por estar perdiendo el tren de la cuarta revolución industrial) obliga a un replanteamiento profundo del modelo de crecimiento europeo.
Para llevar a cabo estas propuestas, harían falta unos 800.000 millones de euros anuales, casi el 5% del PIB europeo. Pero, ante la falta de gobernanza, no solo no será fácil habilitar recursos: tampoco habrá modo de redactar a tiempo el acervo de proyectos que levantaría a Europa de su postergación. Lo indudable es que solo una estimulación de esta naturaleza, acogida con el suficiente consenso por los 27, nos sacaría del marasmo y nos devolvería la esperanza de que Europa se pusiera de nuevo al nivel de las dos grandes potencias USA y China, que hoy se disputan en solitario el porvenir.
Antonio Papell

