Ignacio Fuente Cobo, coronel de artillería. Analista principal del Instituto de Estudios Estratégicos (IEEE). Documento de Análisis IEEE 63/2024
Este documento hace un balance de los recientes acontecimientos en los campos de batalla de Ucrania basados en informaciones procedentes de fuentes abiertas.
Se trata de un análisis fundamentalmente militar sobre la evolución de la guerra en el último año y de la posible evolución de un conflicto en el que el comportamiento de los combatientes, las decisiones políticas y las estrategias militares permiten vislumbrar en medio de «la niebla de la guerra» el rumbo que puede tomar en los próximos tiempos.
Como ha puesto de manifiesto la incursión ucraniana en la región de Kursk de agosto de 2024, la guerra no está estancada, sino muy activa, y tanto Ucrania como Rusia tienen la capacidad de tomar decisiones que producen un impacto significativo en las realidades de los campos de batalla en cada momento y, consecuentemente, en el desenlace final.
A medida que las líneas rojas van cayendo una tras otra, Ucrania camina peligrosamente hacia la guerra absoluta
A medida que las líneas rojas van cayendo una tras otra, Ucrania camina peligrosamente hacia la guerra absoluta, libre de los efectos moderadores impuestos por la política y la sociedad y sin las restricciones prácticas del tiempo y el espacio.
La decisión de acabar con todas las restricciones al empleo de la fuerza militar conlleva el riesgo de una escalada militar de consecuencias impredecibles. Mucho dependerá, más allá de los resultados militares, de las decisiones que se toman en Occidente y fundamentalmente de las que se tomarán en Washington después de las elecciones presidenciales, pero lo que parece claro es que, sin los hábitos moderadores de la diplomacia y la negociación, Ucrania va camino de la guerra total sumida en el pensamiento mágico de que, sin ellas, Rusia terminará por colapsar.
Conclusión final
Muchas lecciones se pueden sacar de la guerra en Ucrania, pero lo que está claro es que la restricción en el suministro de armas en los momentos críticos de las batallas y la imposición de líneas rojas han demostrado ser devastadores para una Ucrania que ha soportado enormes sufrimientos para combatir de una manera que resulte políticamente aceptable en Occidente.
Ambos bandos están exhaustos, pero Ucrania lo está más, aunque no lo suficiente como para pasar de discusiones de bajo nivel —como puede ser el canje de prisioneros— a cuestiones más amplias relativas a un alto en los enfrentamientos, o un acuerdo sobre la seguridad nuclear.
El abismo entre ellos es demasiado amplio y ambas partes están atascadas en la esperanza de que la otra termine por claudicar. El anhelo de Kiev sigue siendo vencer a Rusia, pero sus terribles pérdidas humanas y materiales y el agotamiento de su población y de sus fuerzas armadas hacen que la recuperación de las fronteras en los términos existentes en 2014 se haya muy probablemente convertido en un «puente demasiado lejano» para las aspiraciones ucranianas.
Al fin y al cabo, se trata de una brutal guerra de desgaste, y este tipo de guerra suele ganarla aquella parte que es capaz de poner el último combatiente en el campo de batalla. Dados los números, de continuar en las condiciones actuales, seguramente será ruso. La alternativa de acabar con todo tipo de restricciones al empleo de la fuerza es la opción a la que tenazmente se aferra Ucrania.
Pero pocas son las líneas rojas todavía vigentes. Si terminasen de caer una tras otra, el país de los cosacos se encaminaría peligrosamente hacia la guerra absoluta, libre ya de los efectos moderadores impuestos por la política y la sociedad y sin las restricciones prácticas del tiempo convertidas en un as long as it takes, y el espacio en un whatever it takes.
Ucrania tendrá que asumir una definición más realista y menos ambiciosa de lo que entiende por victoria y buscar alguna forma de entenderse razonablemente con Rusia
De esta manera, adoptar la decisión de acabar con todas las restricciones llevaría a la escalada militar y, casi inevitablemente, a una guerra total entre Ucrania y Rusia, de consecuencias impredecibles. Al fin y al cabo, la historia no nos ofrece ningún ejemplo de una potencia nuclear que haya sido derrotada decisivamente por otra que no lo sea.
Al final, más allá de la guerra, Ucrania tendrá que asumir una definición más realista y menos ambiciosa de lo que entiende por victoria y buscar alguna forma de entenderse razonablemente con Rusia, a sabiendas de que no hay una respuesta sencilla a los interrogantes que presenta una nación tan compleja.
Abandonar la visión absoluta de que los problemas geopolíticos con Rusia solo pueden resolverse en el campo de batalla, exigirá a Ucrania limitar sus expectativas militares y conformarse con los objetivos más modestos de mantener la mayor cantidad posible de territorio en el Donbás y de degradar en la medida en que sean capaces, el poder militar ruso.
En su «historia de la guerra», John Keegan explica cómo «en el mundo posprimitivo, el ingenio humano rompió con la restricción que se imponía a la guerra»106 permitiendo que rebasara todos los límites admisibles hasta convertirse en lo que Clausewitz definió como «un acto de violencia llevado hasta el límite máximo».
Evitar llegar a estos extremos en Ucrania dependerá, más allá de los resultados militares, de las decisiones que se tomen en Occidente y fundamentalmente las que se tomarán en Washington tras las elecciones presidenciales de noviembre, pero lo que parece claro es que, sin los hábitos moderadores de la diplomacia y la negociación, Ucrania va camino de la guerra total sumida en el pensamiento mágico de que, levantando las restricciones en el uso de la violencia, Rusia terminará por colapsar.

