Manuel Espín
Comento una situación apenas conocida. Estando todavía Felipe González en la Presidencia del Gobierno aparecieron en Madrid carteles y anuncios sobre un presunto ‘congreso’ bajo el lema: “Patriotas europeos a favor de la verdad”, suscritos por representantes y siglas de partidos y entidades neonazis y similares, casi todas de problemático desenvolvimiento en países como Alemania o Austria, asi como grupúsculos españoles. A nada que se profundizara en el significado de esa reunión se confirmaba que su objetivo era disfrazar o negar el Holocausto.
Los convocantes habían alquilado un emblemático cine-teatro de la Gran Vía. Mientras la Delegación del Gobierno se inhibió ante ese supuesto ‘acto cultural’ y los medios parecía que tenían otros puntos de atención, fue un joven argentino de origen judío que había trabajado en una distribuidora de cine española y más tarde programador en una sala quien hizo reventar el acto. Ante la imposibilidad de la empresa del coliseo para anular el alquiler el joven recurrió a otra vía para salir al paso de los negacionistas del exterminio nazi.
Tras llamadas a las majors de Hollywood, incluidas sus sedes matrices, las compañías presionaron a la empresa del cine madrileño con el riesgo de no darle películas para estrenar. De manera fulminante se suspendió el alquiler de la sala; posiblemente la empresa tuvo que pagar algún tipo de pequeña indemnización a los organizadores.
Más allá de las opiniones o las tendencias políticas individuales y colectivas hay un interés superior cuando se trata de la defensa de los derechos humanos, y del respeto a la dignidad de las víctimas. Los boicots a situaciones en las que se juega con la vida o se masacra a poblaciones como ahora se está haciendo con los palestinos tiene la peculiaridad de que su alcance va más allá de las siglas o de las afinidades y se adentra en el terreno de la ética.
A lo largo de buena parte del siglo XX se han repetido momentos que dejan de ser una bandera para convertirse en referente generacional. Pensemos el impacto que en la mitad de los 30 tuvo la invasión mussoliniana de Abisinia.En España se puede recordar la lista de emblemáticos nombres de la cultura de la época empezando por García Lorca protestando contra la violenta intervención colonialista. De la misma manera que los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron boicoteados por varios países, entre otros la España de la II República, por la política racista de Hitler.
O años más tarde el caso de Argelia especialmente en Francia, donde se paso de considerar el fin de la colonia como una posición de partido a adquirir una transversalidad; y el ejemplo más claro fue que el propio De Gaulle en contra de lo que esperaba una parte de sus partidarios, finalmente se posicionó en la realista actitud de abandono del territorio argelino.
Por no hablar de Vietnam como tema recurrente en la sociedad norteamericana y mundial a lo largo de los años 60, con el alto sacrificio de vidas y de bienes, y el peso de la fractura social en la propia América del Norte hasta aparecer como hecho referencial de una generación.
Plantear el rechazo a la política de tierra calcinada de Netanyahou contra Gaza y los palestinos como expresión de antisemitismo es una manipulación que cae por su propio peso. En los últimos días se ha visto una acumulación de gestos, desde las duras palabras de Hanna Eeinbinder, de origen judío ganadora del Emmy a la mejor actriz de reparto, contra el gobierno de Tel Aviv, al inconfundible documento publicado en ‘Le Monde’ por destacados personajes judíos de la sociedad francesa donde se condena abiertamente a Israel por lo que está ocurriendo en Gaza. El intento de presentar el reconocimiento de los dos estados, Israel y Palestina por la ONU como hace Netanyahou (y Trump) como una victoria de Hammas es tan escandalosamente burdo como el negacionismo de las más de 60.000 víctimas civiles de Gaza que un portavoz político de Madrid oculta diciendo que los datos provienen de un ‘grupo terrorista’.
Lo peor que le puede pasar a esa actitud numantina encastillada en el puro ideologicismo es que se vea superada por el relato. El tema de Gaza y el rechazo a la masacre contra los palestinos se ha convertido en transversal, desborda el eje izquierda-derecha, porque una parte de votantes conservadores han empezado a asumir que la política de Netanyahou no se puede justificar como una respuesta al terrorismo, cuando sus consecuencias son siniestras para la población civil y encubren una verdadera limpieza étnica.
Los intentos de presentar las protestas de la Vuelta ciclista a España contra el equipo afín al ejecutivo de Tel Aviv como diseñadas por la ‘kale borroka’ (con la pretensión de algún medio de buscar infructuosamente un nexo con antiguos etarras) cae por su propio peso. De manera sorpresiva se convierte en un problema para quienes han tratado de presentar la actitud del ejecutivo español como cortina de humo para difuminar sus problemas. El gol que se han metido en su propia puerta los fans locales de la política de Netanyahou por muy alto que sea el tono de las voces y grandilocuente su discurso, es perceptible.
Veremos en pocos días como buena parte de esos discursos conservadores empiezan a matizarse y a variar. Pensando en personajes como Van del Leyden o Macron que defienden el reconocimiento de Palestina e Israel como estados, dejando en una espantosa soledad a las actitudes de defensa contra viento y marea del ejecutivo de Tel Aviv.
Los indicadores demoscópicos van a empezar a registrar esos cambios ante la indignación que causa una política inhumana contra el pueblo palestino; ante la que una parte muy importante de la sociedad, progresista como conservadora reacciona.
Sentarse en el lado perverso de la historia.
Como la que debía haberse alzado noventa años atrás y no lo hizo en Alemania contra la locura racista del III Reich, cuando una parte significativa de la sociedad miro hacia otro lado. Aunque hayan variado los sujetos, el juicio de la historia es perfectamente demostrable. La pasividad ante el horror, venga de donde venga, provoca complicidad. Por encima de las siglas y las ideologías están los derechos de las personas, sean de la cultura, la raza, la religión o el color que fuere.
Y la supuesta neutralidad cuando hay víctimas civiles viene a ser la misma complicidad indirecta de los alemanes de los años 30 que miraron para otro lado mientras sus vecinos o conciudadanos eran arrastrados hacia las cámaras de gas.

