Y 4. EL ‘JUGUETE’ DE FRAGA.
Manuel Espín
En 1956 y 1957 el parque de televisores no supera los 300 o 400 aparatos, porque se trata de una electrónica bastante cara y no está al alcance de muchos españoles…Mejor dicho, madrileños, porque la cobertura solo alcanza al norte de Madrid y la transmisión esta llena de interferencias con una imagen de baja nitidez y calidad. Se puede decir sin miedo a equivocarse que la posesión de un aparato viene a ser una exhibición de clasismo, más allá de la curiosidad que representa, cuando se instalan en los escaparates de tiendas de electrodomésticos los primeros aparatos, y las familias de clase media reciben a sus amistades para mostrarles el invento.
Mediados los 60 ya hay más de medio millón de aparatos en los hogares, la señal se ha expandido por el territorio nacional aunque sigue habiendo zonas de sombra que no palia la instalación de repetidores en las zonas con mayor dificultad por su orografía. Ese dato y el crecimiento posterior del parque es consecuencia de la mejora en el consumo de la sociedad española tras las medidas de liberalización económica, el crecimiento de la inversión exterior, las remesas de la emigración y el aumento de los ingresos por turismo. Justo en ese momento se crea el segundo canal, denominado de forma coloquial ‘el UHF’ aunque su cobertura no llega a todo el territorio y su horarios de emisión solo ocupan una franja de la tarde/noche. Todavía la programación a las islas Canarias se envía por vía aérea desde Madrid lo que implica una diferencia de una fecha en la emisión.

Hay un factor de enorme importancia social en el uso del televisor, que nace para familias socialmente elitistas y del eje Madrid-Barcelona, y se convierte en casi comunitario con un uso ajeno a lo individual. A diferencia de nuestra época en la que los medios audiovisuales y las redes son absolutamente individualizados y sectorializados hasta el infinito porque el streaming ofrece programaciones a la carta y a cualquier hora de la jornada.
Ese tránsito inicial se materializa a partir de 1962 tras la llegada de Fraga con la creación de los tele-clubs, mediante los cuales se habilitan locales municipales, estatales o provinciales especialmente en las pequeñas localidades y el mundo agrario, para ver la televisión de forma colectiva. Fraga es plenamente consciente de las posibilidades del medio, a diferencia del desconfiado y timorato Arias Salgado, y su populariación es muy importante para el Régimen, aun con los pertinentes cambios cosméticos. Por primera vez los exhibidores de salas de cine se manifiestan contra TVE y piden que en horarios de tarde no se emitan películas en sábado o en las vacaciones de Navidad.
De la mano de la ‘generación del SEU’ a la que Fraga ha dado acomodo en los recovecos de la televisión esa presencia implica el inicio de un marcaje permanente con el emergente Opus Dei que controla especialmente el espacio económico y ha llegado al poder de la mano de Carrero Blanco. Aunque hasta el caso Matesa al final de los 60 no se escenifica publicamente el choque, en los años anteriores ya hay un marcaje en las áreas sensibles de la información.
La presencia en TVE de los ‘chicos del SEU’, jóvenes cuya carrera se ha desarrollado a través de la tecnocracia del Movimiento -es decir son el ‘recambio’ falangista aunque disten de los fundadores en cuanto a estilo-, la compatibilidad de los perfiles permite las dobles identidades y adhesiones. Como en el caso de Adolfo Suarez que procede de esos orígénes ‘azules’ pero se lleva especialmente bien con el sector Opus donde en esta época llega casi a ser considerado ‘uno de los suyos’.
Esa tecnocracia en la que aparecen nombres pertenecientes a la Obra desde finales de los 50 muestra gran interés en estar presente en los medios de comunicación, tanto en la prensa diaria como en las revistas semanales del más variado tipo, o en las que en la segunda mitad de los 60 se ocupan del ‘pop’. Una presencia relevante digna de analizar con detalle y que aparece con un aura modernizador, para instalarse en espacios tan nuevos como las discográficas. Como es el caso de la compañía Zafiro, que tiene bajo contrato a buen número de estrellas de la época, y que en 1964 impulsa el primer lanzamiento de un producto ‘industrial’ español como es el caso de Los Brincos a través de Novola, filial de la marca original (en la Transición ese nexo es todavía más llamativo en el caso de los sellos especializados de Zafiro en música ‘heavy’ y ‘rock’, empresas en cuyos órganos de gestión aparecían personas vinculadas a la Obra).

La entidad muestra también en esa época vocación de hacerse presente en la industria del cine. A través de distribuidoras como Filmayer y Dipenfa, capaces de importar títulos de repercusión en el mercado como la trilogía de ‘Sissi’. O la firma Procusa dedicada a la producción de un amplio catálogo de películas que incluyen tanto el ‘peplum’ típico de la época (‘El coloso de Rodas’, ‘Goliath contra los gigantes’), la comedia de José Luis Ozores (‘El gafe’), las primeras de Rocío Dúrcal (‘Canción de juventud’, ‘La chica del trébol’…), la aventura medieval de una Hispania de moros y cristianos (‘Los cien caballeros’) o el inicial cine de autor (‘Noche de verano’, la primera que dirige Jorge/Jordi Grau en 1962, y que el propio Escrivá de Balaguer ve personalmente antes de su estreno).
Su interés de hacerse presente en la creciente televisión tropieza con una especie de muro de contención al que no es ajeno Fraga ni los ‘muchachos del SEU’. Hasta el caso Matesa hay unas formas correctas pero un claro marcaje de poder entre las esferas y territorios dentro de la información.
Fraga dinamiza los medios, mejora tecnicamente la cobertura de la radio y la televisión porque considera que son decisivos para la imagen pública, y aunque se mantienen censuras y vetos, nombres silenciados en la pequeña pantalla o personajes que no pueden aparecer porque han firmado manifiestos o expresado opiniones en medos del extranjero, admite una cierta condescendencia con imágenes públicas de estilos de vida que ya no se reprimen con el rigor de la época Arias Salgado.
Aunque su peso no decae pese al Concilio. Fraga recibe una misiva del obispo Muñoyerro en la que le solicita que a través de un decreto lz minifalda se prohiba en España. Cuando por primera vez esa prenda empieza a verse tímidamente no solo en la calle sino en la televisión, especialmente en los programas musicales.

