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‘El Potosí Submarino”: sátira sobre la España del felipismo

Manuel Espín

 No es anecdótico que el propio Teatro de La Zarzuela diga que el 80% de los decorados y el vestuario de esta nueva producción son reciclados de anteriores producciones; lo que no está nada mal y en ningún caso la obra que dura casi tres horas con sus dos descansos pierda prestancia o nivel escénico. 

 También es un reciclado perfecto el uso de una magnífica partitura de Emilio Arrieta estrenada en 1870 a la que sobre la base del verso de Rafael García Santesteban, en 2025 el director escénico y diseñador de vestuario Rafael R. Villalobos ha escrito un libreto que acentúa el tono original de chispa para llevarlo a la sátira más delirante.

 En su origen el argumento de ‘El potosí submarino’ estaba enmarcado en la etapa posterior al destronamiento de Isabel II, con una historia palaciega en la que en un juego de intereses creados diversos advenedizos se proponían hacerse ricos con la explotación de un negocio submarino. Por lo que la obra se puede vincular a una poco conocida temática de zarzuelas fantásticas y aventureras, muy en línea con historias de Julio Verne o de Emilio Salgari. Donde además aparecía una suave intención satírica.

 En esta recomposición de la obra, que nunca ha llegado a ser representada en época contemporánea, el nuevo libreto acentúa el tono satírico. En lugar de la España de finales del reinado de Isabel II se salta a la de 1993, tras los fastos y eventos de la Expo de Sevilla, la Olimpiada de Barcelona y la Capitalidad Cultural de Madrid del año precedente. Es decir, los tiempos de la apología del llamado ‘felipismo’, el auge de la ‘beautiful people’, cuando se decía que España era el país donde “uno se podía hacer rico con más rapidez”.

 Tras un primer acto donde en el video aparece un montaje de situaciones y personajes de la época donde aparecen, entre otros, el Rey Juan Carlos, el entonces Príncipe Felipe, González, Fraga, Mario Conde, Barbara Rey, Boyer, Isabel Preysler, Jesús Gil, las Mamachicho, Ruiz Mateos, los personajes de moda de le época y los programas de televisión representativos, se construye una trama con reminiscencias de una berlanguiana ‘Escopeta nacional’, donde el personaje de ‘Misisipí’, presentado como un sosias de Mario Conde, se hace rico con solo moverse por los escenarios, rodeado de un abanico de tipos entre los que se puede distinguir entre otros muchos a una ‘Perlina’ donde no hay que esforzarse para identificar a la Bárbara Rey de la época, entre un ciclorama de característicos a quienes el espectador pone nombres y apellidos, y el libreto da todas las pistas para esa identificación.

 El segundo acto en su origen transcurría en el fondo del mar y con personajes de una ficción submarina. En esta libérrima versión confluyen en una discoteca de moda, titulada ‘Potosí’, con un juego escénico llevado hasta el paroxismo de la parodia donde tratan de encajar los números musicales originales de la gran partitura de Emilio Arrieta, incluso salvando el de las velocípedas para hacer una proclama en favor de la igualdad de géneros.

 En el tercero se viaja a la mansión en construcción donde se pone en evidencia el gran negocio en ciernes del ‘ladrillo’ y la especulación. La apuesta de esta producción es arriesgada y Rafael R. Villalobos no se queda corto. No deja de sorprender la versatilidad de este ‘regisseur’ sevillano hoy una estrella en los teatros europeos, donde lo mismo es capaz de reinterpretar ‘Tosca’  fusionándola con el universo de Pasolini y ‘Saló’, que ofrecer una elegante y estilizada versión de una ópera de Phillip Glass que dar un sobrio y bellísimo tratamiento a ‘La violación de Lucrecia’. En esta ocasión su relectura va todavía más lejos: porque se trata de rehacer desde los cimientos una vieja zarzuela con un libreto diferente aunque se conserve el eco y la construcción métrica del original. Villalobos evita ser vulgar: no hay tono chusco, aunque se hubiera prestado por la época que se satiriza. En nada se parece a una película de Mariano Ozores ni tampoco a las parodias de Boadella. Tampoco es una ‘Castañuela 70’ del último franquismo sino una gran producción rebozada en un mar de sátira. 

 El tono de cierta provocación es arriesgado porque la sátira no siempre sienta bien y menos cuando como en este caso se ponen nombres y apellidos a los implicados. La dificultad de Villalobos no es sencilla, cuando para alzar en escena una producción de estas características necesita un conjunto de primeras voces de la lírica que además tengan unas dotes de comediantes, algo no precisamente fácil. Aquí se resuelve con un reparto de una gran soltura sobre las tablas. 

 Empezando por Manel Esteve/’Misisipi’ (Enric Martínez Castignani en el segundo reparto) barítonos con grandes habilidades para la comedia (como se les ha podido ver en este mismo escenario, respectivamente en ‘La verbena de La Paloma’ y ‘La corte de faraón’.) En una caracterización muy a lo Mario Conde, lo mismo que Maria Rey´Joly /’Perlina’ (Irene Palazón en el otro reparto) que es una Bárbara Rey de catálogo, y está muy bien de presencia escénica. Rafa Castejón como siempre es un actor que se crece en personajes como ‘Hale-Ale’. Dentro de esa variada gama de tipos (con la ayuda de unas caracterizaciones que han debido llevar su trabajo) Carolina Moncada/Nuría García Arrés (Celia, la hija del anterior), Alejandro del Cerro/Enrique Ferrer, pletórico ‘Cardona’, Mercedes Gancedo/Laura Brasó  como ‘Coralina’, Juan Sancho/Jose Luis Sola (‘Príncipe Escalona’), Marina Fita Monfort (‘Caracolina’), entre otros actores/actrices y ‘performers’ de esta histriónica ‘corte de los milagros’ de la España de tres décadas atrás. 

 Contando además con una presencia permanente del Coro de La Zarzuela que tiene una actuación escénica constante con varios cambios de vestuario. Y con un factor que destaca: el trabajo del mexicano Juan José Reynoso al frente de la orquesta titular. Ha entendido el tono fresco que propone la partitura en distintos momentos sino la gran variedad de tonos que se escuchan en Emilio Arrieta, donde hay desde seguidillas a unos preludios orquestales de gran nivel sinfónico.

 Este ‘Potosí’ llevado al extremo de la parodia y el histrionismo, sin caer en la vulgaridad, que desconcertará al público más tradicional del género, es un empeño dificultoso para ponerlo en escena. No solo por que el nuevo libreto no chirríe frente a las piezas originales sino por el reto de contar con un conjunto de nombres de la lírica capaces de desenvolverse con soltura como comediantes. Es más: se podría decir que algún director/a de casting podría pasar por La Zarzuela y encontrar candidatos para repartos audiovisuales. Las más de dos horas y media del espectáculo aparte del ‘morbo’ de parodiar directamente a nombres conocidos tiene soltura escénica, descarada composición de tipos, y cada personaje posee su identidad aunque sea disparatada.   

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