Escrito por • 1:01 pm• Política

Por una autoevaluación transparente de las administraciones públicas

Jesús Lizcano Álvarez*

La fortaleza de una democracia no depende únicamente de la existencia de elecciones libres, de la separación de poderes o de la aprobación de leyes adecuadas. También se mide por la capacidad de las instituciones públicas para evaluarse a sí mismas, reconocer sus errores, corregir sus deficiencias y rendir cuentas de manera permanente ante los ciudadanos. La autoevaluación de las administraciones públicas constituye hoy una exigencia ineludible de buen gobierno, transparencia y eficiencia, especialmente en un contexto de creciente desafección política y de demanda social de mayor responsabilidad institucional.

La administración pública, en cualquiera de sus niveles -Administración General del Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos-, gestiona recursos públicos, adopta decisiones que afectan directamente a la vida de millones de personas y asume compromisos políticos y administrativos que deben ser verificables. Sin embargo, con demasiada frecuencia, los programas de gobierno, los planes estratégicos, los compromisos electorales o los anuncios institucionales carecen de mecanismos sólidos de seguimiento y evaluación interna. Esta carencia debilita la confianza ciudadana y favorece la percepción de opacidad e ineficacia.

La autoevaluación no debe entenderse como un ejercicio burocrático ni como una simple formalidad documental. Se trata de un instrumento esencial de mejora continua, de modernización institucional y de legitimación democrática. Evaluar significa medir si lo prometido se cumple, si los recursos se utilizan correctamente, si las políticas públicas producen resultados reales y si los ciudadanos reciben servicios públicos de calidad.

La autoevaluación en la Administración General del Estado

El Gobierno central debe asumir la autoevaluación como una obligación estructural de gobernanza. Cada ministerio debería disponer de sistemas permanentes de seguimiento de objetivos vinculados al programa de gobierno, a los compromisos parlamentarios y a los planes estratégicos de legislatura.

La elaboración de informes periódicos de cumplimiento permitiría clasificar los compromisos en distintas categorías: cumplidos, en ejecución, parcialmente cumplidos, retrasados o incumplidos. Esta práctica aportaría claridad institucional y evitaría que la rendición de cuentas quedara reducida al debate político o a la confrontación parlamentaria.

La autoevaluación estatal debe apoyarse en indicadores objetivos: ejecución presupuestaria real, aprobación normativa efectiva, impacto social medible, cumplimiento de plazos administrativos y resultados cuantificables de las políticas públicas. No basta con anunciar reformas; es necesario demostrar su aplicación y sus efectos.

Asimismo, la colaboración con instituciones como el Tribunal de Cuentas, la AIReF, o el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno puede reforzar la credibilidad de estos procesos, aportando supervisión técnica y legitimidad externa a la autoevaluación gubernamental. La autoevaluación no pierde valor por incorporar supervisión externa; al contrario, gana legitimidad.

Trascendencia en las Comunidades Autónomas

Las Comunidades Autónomas gestionan algunos de los servicios públicos más sensibles para la ciudadanía: Sanidad, Educación, Dependencia, Vivienda, Empleo o Servicios sociales. Precisamente por ello, la autoevaluación resulta aún más necesaria en este nivel territorial.

No es suficiente con aprobar planes de salud, estrategias educativas o programas de atención social. Es imprescindible medir sus resultados reales. Las listas de espera sanitarias, el abandono escolar, la cobertura de la dependencia o el acceso efectivo a la vivienda pública son variables concretas que permiten evaluar si la acción de gobierno cumple verdaderamente sus objetivos.

Cada Comunidad autónoma debería disponer de una Oficina técnica de evaluación de políticas públicas, con una autonomía funcional suficiente para garantizar rigor y continuidad, evitando que los cambios políticos alteren los criterios de medición.

La publicación anual de Memorias de cumplimiento facilitaría además la comparación entre territorios, generando una sana competencia institucional orientada a la mejora de los servicios públicos.

Los Ayuntamientos: La autoevaluación más cercana al ciudadano

En el ámbito municipal, la autoevaluación adquiere una dimensión especialmente visible, porque el ciudadano percibe de forma inmediata la calidad de la gestión pública. La limpieza urbana, el transporte, la seguridad, el mantenimiento de calles, el urbanismo, la atención administrativa o los servicios sociales son realidades cotidianas fácilmente comprobables.

Por ello, los Ayuntamientos deberían implantar sistemas sencillos pero constantes de evaluación de mandato, con cuadros de indicadores públicos y comprensibles: grado de ejecución de inversiones, cumplimiento de planes urbanísticos, tiempos de respuesta administrativa, mantenimiento de infraestructuras o desarrollo de proyectos comprometidos.

La cercanía al ciudadano convierte al nivel local en el espacio más adecuado para una verdadera cultura de rendición de cuentas. Además, instrumentos como los presupuestos participativos, las auditorías ciudadanas y los portales de transparencia permiten una interacción directa entre evaluación institucional y control social.

Experiencias internacionales de autoevaluación

La necesidad de autoevaluación no es una teoría abstracta. Existen experiencias consolidadas en diversos países que demuestran su utilidad práctica.

Uno de los ejemplos más relevantes es el del Reino Unido, donde durante años se han desarrollado sistemas de seguimiento de compromisos gubernamentales mediante informes periódicos de desempeño ministerial. La tradición británica de accountability ha impulsado la cultura de medir resultados concretos y no solo intenciones políticas.

En Suecia, la evaluación de políticas públicas forma parte estructural del funcionamiento institucional. La administración trabaja con altos estándares de transparencia y seguimiento de objetivos, especialmente en áreas como educación, salud y políticas sociales. La publicación sistemática de resultados fortalece la confianza pública.

En Francia, la llamada évaluation des politiques publiques se ha consolidado como una práctica relevante tanto en el ámbito estatal como territorial. La propia Asamblea Nacional y diversas instituciones administrativas participan en procesos de evaluación que analizan eficacia, eficiencia e impacto real de las decisiones públicas.

Canadá constituye también una referencia internacional destacada. Su administración federal obliga a la evaluación periódica de programas públicos mediante metodologías estandarizadas, especialmente en gasto público, servicios sociales y eficiencia administrativa. La evaluación forma parte de la cultura de gestión y no de una reacción excepcional ante el fracaso.

En el ámbito local, ciudades como Copenhague, Ámsterdam o Helsinki han desarrollado modelos avanzados de seguimiento de compromisos municipales mediante plataformas digitales abiertas, donde los ciudadanos pueden consultar el estado real de ejecución de proyectos y objetivos de gobierno.

Una cultura de mejora continua

La autoevaluación constituye una herramienta de mejora continua en las instituciones públicas. Una Administración que se evalúa no es una administración débil, sino una institución madura y responsable. Reconocer retrasos, corregir errores o reformular políticas no representa un fracaso político; representa una muestra de seriedad institucional. Lo verdaderamente perjudicial es mantener la opacidad, ocultar incumplimientos o convertir la gestión pública en una sucesión de anuncios sin verificación posterior.

Además, la autoevaluación contribuye a una mejor asignación de recursos públicos. Permite identificar políticas ineficaces, evitar duplicidades, priorizar inversiones y orientar la acción pública hacia resultados reales y no hacia objetivos meramente declarativos.

Conclusiones

La autoevaluación de las Administraciones públicas constituye hoy una necesidad imperiosa para fortalecer la democracia, mejorar la eficiencia institucional y recuperar la confianza ciudadana. No puede limitarse a ejercicios aislados ni a informes formales sin consecuencias reales. Debe integrarse como una práctica permanente tanto en la Administración central, como en las Comunidades autónomas y en los Ayuntamientos. Los ejemplos internacionales demuestran que evaluar no debilita la acción política, sino que la dignifica. Gobernar no consiste solo en decidir, sino también en explicar, medir y responder.

La transparencia sin autoevaluación resulta insuficiente; la gestión pública sin control interno termina siendo opaca; y la democracia sin rendición de cuentas se vuelve frágil. La Administración pública del siglo XXI debe asumir que evaluarse a sí misma no es una opción, sino una obligación esencial de buen gobierno.

*Jesús Lizcano Álvarez es Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid Académico de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras Cofundador y Expresidente de Transparencia Internacional España Director de la revista Encuentros Multidisciplinares

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