Manuel Espín
Ante una emergencia nacional como la oleada de incendios una parte del espacio mediático no se dedica a pedir a los encargados de la gestión pública, estén en el gobierno o en la oposición, la atención a lo que la ciudadanía demanda que es apagar fuegos, indemnizar a las víctimas, buscar soluciones y desarrollar programas e iniciativas para que los bosques no se destruyan: se rebusca en los vertederos de basura para arrojarlos contra el adversario bajo las armas de la demagogia más exagerada y el populismo desenfrenado.
Porque parece que el ‘todo vale’ se ha impuesto y quien tiene más lengua da titulares y es más citado en las tertulias televisivas.
En esta crisis como ya ha pasado en la dana de Valencia y en las que por desgracia puedan ocurrir no se quieren buscar salidas y soluciones para paliar tragedias sino utilizar un pretexto para tirar excremento contra el adversario en una actitud de permanente campaña electoral como la que se viene viviendo desde hace unos años en nuestro país.
Como caballo de batalla se generan los más descabellados bulos para generar crispación y rechazo social. Porque hay una ‘clientela’ ávida de sensacionalismo en los medios y de convertir la realidad social en una riña tumultuaria permanente. Se funciona desde el recurso al odio extremo y al guerracivilismo por ahora verbal.
En este apartado caben los numerosos ‘apocalípticos’ y ‘adanistas’ descendientes del ‘retorno de los brujos’. Y no solo algunos comunicadores sino personajes que utilizan las redes para buscar una momentánea provocación y protagonismo a través de opiniones de ‘tierra quemada’. Como las de Miguel Bosé de una radicalidad extrema propias de un personaje desnortado al que se ha dado eco en las tertulias por lo que ha sido en el pasado dentro del mundo artístico.
Pero la igual de ‘apocalíptica’ en la acepción más cutre de la palabra del cómico (?) Toni Albá que con una obscena falta de educación intenta manchar la memoria de un político fallecido. Se esté o no de acuerdo con este, nadie merece un exabrupto de esas características, por mucho que se quiera justificar como ‘libertad de expresión’. En su ‘tabla rasa’ finalmente mete a todos en el mismo paquete, del PP al PSOE y de Vox a Podemos, en un remate parecido al de Miguel Bosé donde condena al parlamento completo en su proclama.
En una época de abundantes ‘perlas’ que se explican por si mismas hay que citar algunas de medios supuestamente periodísticos, no de blogs ni de redes sociales, que bastan para definir esas voces. En uno de esos ‘medios’ bajo una fotografía de Ernest Urtasun, responsable de la cartera, se titula: “Cultura subvenciona con 300 millones al cine, que podían gastarse en aviones contra los incendios’; lo que es mezclar las churras con las merinas de la demagogia. En otro se asoman todavía más las intenciones cuando se coloca en el titular principal: “Los inmigrantes son acogidos en hoteles mientras los españoles víctimas de los incendios se llevan a polideportivos”.
Hay que echarse a temblar por la manera como es utilizada una crisis para aportar todo lo contrario a soluciones y sistemas preventivos. Lo que importa es aprovechar el tema como otros rescoldos de actualidad para echar leña al fuego y tensar en todo lo posible a la sociedad generando más drama del que hay, utilizando el dolor ajeno como combustible de odio.
La pregunta par hacer en voz alta es si la utilización del odio da realmente votos. Las posibles respuestas pueden dar vértigo y no dejan de ser inquietantes.
Porque el odio está suelto y se manifiesta en los recovecos más inesperados de la sociedad. Y ese odio pasa por alto algo tan importante como el respeto a la dignidad de las personas; se esté de acuerdo con ellas o sean lo más contrario a nuestras ideas. La escena de la ministra Montero en Rota bajo el fuego indignado de una señora que dice ‘haber estudiado periodismo’ y menciona la libertad de expresión para justificar un encendido uso de lenguaje callejero para actuar como ‘kamikaze’ es un perfecto ejemplo de aquello en lo que no hay que caer bajo ningún concepto, anteponiendo la ideología a las formas o al respeto a aquellos que sean o no políticos también son ciudadanos y tienen derechos como cualquier otro ser humano.

