Manuel Espín
No es baladí recordar otra vez que la realidad deja en mantillas a la ficción y va muy por delante de lo que la imaginación humana sea capaz de inventar. Hay un caso que quiero compartir tras haber visto por primera vez en estos días de otoño una película sorprendente y que crea sosiego como ‘Le corbeau’ (‘El cuervo’) y cuya visión a través del streaming es digna de ser recomendada. Pero todavía más llamativas son sus circunstancias.
Cuando los nazis ocupan Francia en 1940 pasan a controlar directamente la cultura del país, y fundamentalmente el cine según la prioridad que Goebbels le otorgó por su influencia en el imaginario popular. Son prohibidas todas las productoras independientes y entre 1940 y 1944, es decir hasta la Liberación, se crea Continental Films bajo propiedad y titularidad de capital alemán y al dictado de la política del Ministerio de Propaganda. Única marca autorizada a hacer películas en esos cuatro años.
La dirección es encomendada a Alfred Greven (1897-1973) un antiguo combatiente en la Gran Guerra que recibió la Cruz de Hierro por sus servicios al Imperio Alemán, que desde 1931 era miembro del Partido Nazi. A lo largo de esos años a partir de 1940 con la ocupación de Francia por el nazismo hasta 1944 en que es liberada por los aliados, la Continental llegará a producir treinta largometrajes, con las primeras figuras del estrellato de la época, no solo primeros directores sino figuras muy populares de la pantalla o la música, desde Danielle Darrieux a Fernandel, es decir los nombres como Maurice Chevalier o Tino Rossi que años después serán acusados de colaboracionismo.
La primera película de la Continental, estrenada en 1941 es “¿Quién mató a Santa Claus?” una comedia de intriga protagonizada por Harry Baur, una vieja figura del cine mudo y estrella muy conocida en la década de los 30 que rodó nada menos que 80 películas. Las circunstancias de su muerte en la Francia ocupada siguen siendo un misterio: el actor iba a rodar en Berlín con su mujer cuando fue detenida acusada de espionaje, y al intentar que fuera liberada fue convicto de espionaje y de judío (en realidad era masón) y finalmente excarcelado. Poco después iba a morir en Francia en circunstancias muy oscuras.
Lo significativo de la Continental es que hizo algunas buenas películas. Su último rodaje fue de 1944, ‘Hotel Majestic’ que es una adaptación de una novela de Simenon sobre el Comisario Maigret.
Tanto que ese nivel hizo sonar las alarmas a Goebbels que temía que a través del cine y la cultura Francia recuperara una identidad nacional; a la vez que podía empequeñecer al cine alemán controlado directamente por el ministro de Propaganda quien buscaba posicionar a la cultura alemana en la cabecera de Europa y potenciar el cine alemán como el único capaz de competir con Hollywood. Como paradoja la productora creada por los nazis para controlar de forma totalitaria el cine francés era capaz de producir títulos que podían ensombrecer a los alemanes.
Pero además había otras tramas imprevistas en los subtextos porque varios de los creadores franceses no debían sentirse cómodos bajo los parámetros ideológico-culturales.de la Francia ocupada y en esas películas subyacen ciertos contenidos que no responden precisamente a esas ideas impuestas ni sus valores son coincidentes.
Y ahora voy a hablar de ‘El cuervo’ (1942) que es una de las piezas más desasosegantes que se puede ver en una pantalla y que aún hoy genera multitud de dudas y preguntas a espectadores de otra época. Henri-Georges Cluzot ya había hecho un año antes su primer largo ‘El asesino vive en el 21’ donde le daba la vuelta al ‘thriller’.

‘Le corbeau/El cuervo’ (1941) también responde a las características del género. En una pequeña ciudad de provincia diversos personajes representativos de las fuerzas vivas empiezan a recibir anónimos donde son denunciados por las más diversas causas: corrupción económica, adulterio, uso de drogas… Hasta generar un obsesivo clima de delación en el que se destapa una verdadera olla a presión.
Por muy sorprendente que pudiera parecer en contraste con la España fascista de la primera posguerra se habla abiertamente de abortos provocados, de suicidio, el sexo está muy presente en una tensa situación cuyo climax se pone en evidencia en la secuencia del solemne entierro católico donde una octavilla es confundida con otra de esas cartas.
Con un insólito final en el que varios personajes-clave aparecen como supuestos autores de misivas que generan víctimas en una cadena sin fin. Ni siquiera se enmascara ese fango bajo el escenario católico donde suceden algunas de sus escenas más inquietantes incluida una misa.
El turbio tono de esta historia no lo alcanza su remake norteamericano de 1951 ‘Cartas envenenadas’ que dirige Otto Preminger. Ni la interpretación de un brillante Pierre Fresnay que hace de un médico ‘con pasado’, y de una sexy Ginette Leclerc como una mujer de sensualidad desinhibida insólita para la época, y el contexto bajo el que se realizó, con una productora controlada directamente por los nazis. No queremos adelantar las contradictorias ideas que surgen de esta película y la posibilidad de una subtrama muy presente y de amplios y controvertidos destellos que surgen en esta historia de principio inquietante.
Tras la Liberacion Cluzot tuvo que defenderse de la acusación de colaboracionismo, como otras de las figuras de la cultura francesa de la época, ya fuera como actrices/actores o escritores/directores que trabajaron para ese estudio creado directamente por nazis para controlar el cine galo en su totalidad bajo la directa mirada de Goebbels y donde, sin embargo se evidenciaron ciertas expresiones que no respondían precisamente a la idea hegemónica con que Continental había sido creada.

