Resumen del artículo de Daniel Saurín Martínez, máster en Historia Militar IUGM-UNED. Doctorando en Historia Contemporánea. Documento de Opinión IEEE 62/2026. enlace web IEEE
La situación geopolítica actual se caracteriza por la transición de una hegemonía imperfecta estadounidense al surgimiento de varias potencias competidoras. En este contexto, la teoría del equilibrio de poder explica cómo los Estados adaptan sus estrategias nacionales para conservar o expandir su poder político y prevalecer frente a otros, en este escenario marcado por la interacción entre Estados Unidos, China y Rusia.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán se incardina en esta perspectiva, en la que una potencia mundial como EE. UU. decide emplear su poder político para imponer su voluntad sobre otra, a la que considera un obstáculo.
Según Hans Morgenthau cuando el poder político no es suficiente para lograr los objetivos planteados por una potencia, esta puede recurrir a la violencia, es decir, al poder militar, que es la manifestación física del poder político.
En este sentido, las relaciones internacionales se caracterizan por la pugna entre Estados soberanos, en la que existe una competición constante en la que cada país busca su propio interés nacional.
El intervencionismo limitado y el equilibrio de poder: las teorías de Fuller y Liddell Hart
El general prusiano Karl von Clausewitz, en su obra De la Guerra, explicó que la «política constituye la matriz en que se desarrolla la guerra», justificando su cita más célebre: «la guerra es una mera continuación de la política por otros medios». Una vez iniciado el conflicto, rechazaba su carácter limitado, declarando que «la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación.
En este contexto, la estrategia militar comenzó a estudiarse desde una perspectiva científico-revisionista, lo que dio lugar a la teorización de nuevos modelos de integración con la política y la economía.
El oficial británico John F. C. Fuller intentó elaborar una teoría de la guerra, enmarcada en los aspectos políticos, sociales, morales y económicos, que se plasmó en dos obras fundamentales: The Reformation of War (1923) y The Foundations of the Science of War (1926).

John F.C. Fuller
Destacó la importancia de la «energía moral», es decir, la voluntad del país para combatir y su permeabilidad a la hora de transmitir o recibir ideales de otras naciones. En este aspecto, Fuller consideraba la población civil como el baluarte de la voluntad moral y un objetivo fundamental en el enfrentamiento entre dos potencias.
En Foundations of the Science of War, explicó que la ética, la política y la economía constituían la suma del poder de una nación. Conseguir la superioridad en esas esferas de poder era indispensable para la supervivencia de un Estado. Expresó que el objetivo político (policy) de una guerra debía ser obtener una «mejor paz» que la existente antes del inicio de las hostilidades. De otra forma, la guerra se habría librado en vano.
Afirmó que devastar el país enemigo y sumirlo en la anarquía era el germen de futuras guerras, por lo que era preferible «la conquista de la voluntad de la nación hostil». Predijo que «el victorioso en una gran guerra ejercerá, en la paz que sigue, una mayor influencia en la civilización que el vencido», especulando implícitamente sobre la teoría del equilibrio de poder.

Basil H. Liddell Hart
Por su parte, a partir de los años treinta, el capitán Basil H. Liddell Hart comenzó a influir en la literatura militar británica. Su teoría de la aproximación indirecta apareció por primera vez en 1929 en su obra The Decisive Wars of History y la perfeccionó en 1941 en The Strategy of Indirect Approach.
Esta visión defendía lograr los objetivos, fuesen políticos o militares, siguiendo la línea de menor resistencia. En materia política, la diplomacia, la disuasión o las relaciones comerciales podían ser herramientas para este fin.
Liddell Hart partió de la misma base que Fuller, enfatizando la importancia del objetivo político. Advirtió del peligro de las guerras enfocadas en la victoria, puesto que podían desembocar en tratados de paz desfavorables que fuesen el germen de conflictos futuros.
Por ende, la aproximación indirecta condenaba el combate como continuación de la política, con la premisa de que, cuanto más brutales fuesen los métodos empleados, más tenaz sería la resistencia del enemigo.
Morgenthau: La fuerza de la moral
El poder de una nación, según Morgenthau, se obtiene siguiendo ocho factores esenciales: geografía, recursos naturales, capacidad industrial, preparación militar, población, carácter nacional, moral y calidad de su diplomacia.
Morgenthau definió la moral como «el grado de determinación con el que una nación apoya las políticas internacionales de su gobierno, tanto en guerra como en paz». Al igual que Fuller y Hart, declaró que, sin moral, el poder nacional es simplemente fuerza bruta.
A lo largo de la década de los veinte, el trauma provocado por la Primera Guerra Mundial y las previsiones de paz llevaron al país a reducir significativamente su gasto militar. No fue hasta mediados de la década de los treinta cuando se decidió reiniciar un proceso de rearme ante la creciente tensión europea.
La participación del Reino Unido en la Primera Guerra Mundial le supuso un desgaste tan elevado que significó la pérdida definitiva de su supremacía mundial. En la década de los treinta, el Gobierno británico erró tanto en la aplicación de su política exterior como en la de su doctrina militar.
En cualquier caso, el fracaso de la aproximación indirecta y de la intervención limitada implicó que el Reino Unido no retomase la iniciativa en la Segunda Guerra Mundial al menos hasta el verano de 1944.
La estrategia intervencionista estadounidense
La aparición de potencias competidoras (China y Rusia) ha obligado a Estados Unidos a afrontar un mundo que se dirige hacia la multipolaridad, es decir, a tratar de aplicar una política de mantenimiento del orden vigente.
Esto aparece definido en su reciente Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025: «queremos la supervivencia y seguridad continuada de Estados Unidos como una república soberana e independiente […] Los Estados Unidos no pueden permitir a ninguna nación ser tan dominante que amenace nuestros intereses».
Para lograrlo, se fundamenta en varios principios, tales como la paz a través de la disuasión, la predisposición a la no intervención, la primacía de la independencia de los Estados o el respeto, defendiendo las relaciones con otros países «sin imponer cambios democráticos o sociales que difieran ampliamente de sus tradiciones e historia».
A partir de la caída de la URSS, Estados Unidos quedó como la potencia vencedora garante del nuevo orden internacional. No obstante, como explica el profesor Pérez Gil, trató de imponer su poder político y, aunque su hegemonía no fue perfecta, comenzó a socavar las mismas reglas que había contribuido a establecer en conflictos como los de Yugoslavia (1999), Afganistán (2001) o Irak (2003).

Henry Kissinger
Para Kissinger, la idiosincrasia de Estados Unidos le obliga a perfeccionar su sistema democrático para actuar como un «faro» para el resto del mundo. Este enfoque universalista, fundamentado en los valores de la Revolución de 1776, permea la política exterior estadounidense y obliga a imponerlos como si fuera una cruzada: «si el mundo realmente desea la paz, tendrá que aplicar las prescripciones morales que defienden los Estados Unidos».
En este sentido, con su política exterior los Estados coordinan sus objetivos con los medios disponibles que configuran el poder nacional: «las naciones deben confiar en la calidad de su diplomacia, que actúa como catalizador para los diferentes factores que constituyen su poder».
Rusia o China están llevando a cabo acciones para cambiar el orden establecido porque no responde a sus intereses nacionales. Con ello tratan de generar ajustes en el sistema, mientras que, esencialmente, Estados Unidos rechaza la deriva hacia la multipolaridad y busca conservar su posición de «hegemón» a toda costa.
Incongruencia de la política exterior estadounidense.
En este contexto es donde se inserta la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. En primer lugar, contradice los principios de la Carta de la ONU y la propia estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos.
Desde un enfoque realista (realpolitik), las necesidades actuales del país (el bienestar de su ciudadanía, la supervivencia de la república y la prosperidad económica) no se están logrando con este conflicto. Por otro lado, pone de manifiesto la incongruencia de la política exterior estadounidense. La estrategia militar estadounidense ha demostrado ser fallida.
Según John Mearsheimer, Estados Unidos comenzó la guerra creyendo que podía acabar con el régimen iraní mediante la decapitación de su líder. Por su parte, Irán se dedicó, en los últimos años, a mejorar su capacidad militar frente a una hipotética agresión de Estados Unidos o Israel. Para ello, produjo cantidades ingentes de municiones merodeadoras y de misiles balísticos de corto y medio alcance.
Además, estableció un sistema de sustitución de sus dirigentes políticos y militares en caso de muerte o captura, tratando de garantizar con ello la continuidad del régimen. Por tanto, el objetivo principal de la estrategia estadounidense de derrocar al régimen de los ayatolás no se ha cumplido. A pesar de los detractores del propio régimen, Irán cuenta con un apoyo generalizado de su sociedad, que tiende a percibir el conflicto como una lucha por la supervivencia. En cambio, en Estados Unidos surgen cada vez más sectores críticos que cuestionan la necesidad del conflicto y rechazan una acción que no se corresponde con los intereses del país ni con el programa político enunciado previamente por el presidente Trump.
Este debate se vincula con el carácter total que han vuelto a adquirir los conflictos, que implica recurrir a la economía de guerra para satisfacer las ingentes cantidades de recursos necesarios para sostener el combate, con el consecuente impacto que tiene en las sociedades.
Estados Unidos ha optado por una estrategia ofensiva para conseguir la iniciativa contra Irán, con el objetivo de negarle la libertad de acción e imponerle sus condiciones. Sin embargo, el país persa reconoce su compleja posición geográfica y su tecnología relativamente obsoleta y aplica una doctrina militar defensiva acorde a su principal objetivo político, que es la supervivencia, demostrando un inesperado nivel de resiliencia frente a la agresión de una potencia mucho más poderosa.
«Pasar la bola a otro»
Al contrario que en conflictos como Afganistán o Irak, la Alianza Atlántica (OTAN) no está participando en la guerra. En este aspecto, Kissinger especificó que cuando «cada país vea sus peligros desde su propia perspectiva nacional, aquellas sociedades que se han cobijado bajo la protección norteamericana se sentirán impelidas a asumir mayores responsabilidades por su propia seguridad».
Por tanto, la mayoría de los Estados miembros de la Alianza consideran el conflicto como un obstáculo para sus objetivos políticos y, consecuentemente, no se alinean voluntariamente con la política exterior estadounidense.
En este contexto, en un mundo multipolar los países tienen más libertad para actuar de forma independiente, ya que la responsabilidad de su comportamiento no recae en un actor específico (este concepto se denomina buck-passing o «pasar la bola a otro»).
Durante la Guerra Fría, estos actores eran Estados Unidos y la URSS, en un sistema bipolar que limitaba las opciones a sumarse a uno u otro bloque. Actualmente, el Consejo de Seguridad de la ONU, constituido como directorio mundial, tiene la responsabilidad de mantener la paz y la seguridad internacionales, y todos los Estados están obligados a aceptar sus resoluciones.
Por tanto, la creciente inestabilidad del sistema y la ausencia de una potencia hegemónica empujan al resto a ejercer políticas que les hagan ser cada vez menos dependientes y más resilientes, ya que el contexto que los envuelve es progresivamente
En definitiva: El fracaso de la diplomacia y el intervencionismo militar estadounidense está demostrando ser un obstáculo para sus objetivos políticos. Como resultado, Estados Unidos ha desarrollado una doctrina militar ofensiva que no favorece el cumplimiento de sus objetivos. Cuando estos no se alinean con los medios y la doctrina militares, el resultado es la incoherencia, por lo que se están socavando sus intereses nacionales. Si el objetivo de las naciones es la supervivencia, estarían contribuyendo a su propio suicidio estratégico.

