Fue azarosa la publicación de este libro terminado en 1943 de sinuosa trayectoria y recorrido, que no vio la luz hasta 1987 y en una versión incompleta sobre un manuscrito escrito a lápiz necesitado de ser trabajado y recuperado sin desvirtuar las intenciones de su autora, Elena Fortún. Que reaparece en 2025 a través de Renacimiento con un nuevo original trabajado sobre un manuscrito depositado de forma anónima en nuestros días en la Biblioteca Regional de Madrid. Una lectura interesante para acompañar a lectores en el verano de 2026, a noventa años del inicio de la guerra civil y cuando se va a cumplir el aniversario del asesinato de Lorca.
¿Qué tiene este libro que antes no hayan contado otros? Sin dudarlo, una doliente humanidad no muy común en libros de historia, en manuales sobre episodios militares del conflicto 36-39 o interpretaciones en clave puramente política. Esa sensibilidad casi sangrante se trasluce de manera constante en esta obra donde el personaje de ‘Celia’ se enfrenta a un torbellino de odios y de violencias, a una sima llena de hambre, inseguridad, miedo y horrores, donde se describe una realidad en la que hay miles y miles de muertes inútiles, robos, saqueos, cadáveres en las cunetas y sufrimiento cotidiano.
Fortún no se muerde la boca cuando tiene que describir esa terrible situación sea cual sea el bando que lo protagoniza, el único idealismo es el de los personajes de la vida cotidiana que intentan mantener una parte de su dignidad arrebatada en una pasión convertida en tragedia. El relato es todavía más terrible porque la autora no juega a buenos y malos, describe a través de una adolescente como es ‘Celia’ la culminación de una absurda y estremecedora situación en la que las víctimas no aparecen bajo un solo color, lo son casi todos.
Lo terrible de esta novela-testimonio es que Fortún utiliza como narradora en un periplo que empieza en Segovia en 1936, sigue por Chamartín de la Rosa (Madrid), la evacuación de la capital de España a Valencia en septiembre del 37, Barcelona, o la derrota republicana, a través del personaje de ‘Celia’. Sin dudarlo las aventuras de una criatura de la burguesía madrileña que se hacía preguntas más allá de las travesuras fue la heroína literaria de una generación de niñas españolas de una clase media urbana liberal y abierta a cambios progresistas de los años 30 que vivieron como ‘Celia’ su primera adolescencia entre la guerra civil y la posguerra.
Ese cambio de tono del fino humor y la elegante ironía de las travesuras de Celia a lo largo de sus breves relatos y de sus personajes como ‘Cuchifritín’ desde las primeras historias del personaje donde se la presenta con siete años al momento que vive en ‘Celia en la revolución’ donde ya pisa la adolescencia, implica el cambio de tono más dramático visto jamás en una saga de historias juveniles.
Hasta presentar a ese libro en su tercer intento de recuperación en uno de los relatos más desoladores sobre la guerra civil española, y posiblemente el más incómodo de todos, porque no está contado desde las afinidades políticas, aunque Fortún las tenga, sino del estremecimiento sobre una tragedia que se está viviendo en el día a día con la impotencia no poder hacer nada para pararlo.
Por todo ello no se entiende como esta obra durísima pero aleccionadora no forme parte aún de las lecturas imprescindibles en la ESO y el BUP, o no haya tenido una amplia implantación en el medio educativo. En todo caso se puede decir, que desde la perspectiva del presente donde con tanta frecuencia se utiliza el tensionamiento en la vida pública y la altisonancia en las proclamas de fogosos discursos, leer este libro por personas mayores no es una lectura cómoda, no por el estilo del relato que es extremadamente ameno sino por el intenso dolor que chorrean sus páginas aparentemente ingenuas.
La historia del libro es una película en si misma. Encarnación Aragoneses Urquijo (1886-1952) era la hija del alabardero del palacio real. Se casa con un primo segundo, militar, de bastante más edad que la suya, algo muy habitual en la época, Eugenio de Gorbea, un hombre cuya verdadera vocación no era la milicia sino las letras. Ella empieza a escribir siendo muy adulta y a instancias de María Lejárraga, a la que ve en casa de su vecino en un inmueble de la calle Ponzano, publicando en el suplemento ‘Gente menuda’ de ‘Blanco y negro’ vinculado al conservador monárquico ‘Abc’. La popularidad de los personajes creados por Fortún provoca la aparición de sucesivos libros con Aguilar, mientras también escribe artículos (entre ellos posicionándose contra la legalización de la prostitución). Elena Fortún es un personaje muy activo en la vida cultural del Madrid de la época, ha pasado por la Residencia de Señoritas y pertenece al Lyceum Club Femenino.
Encarnación/Elena Fortún no fue mujer afortunada en su vida. Madre de dos hijos, uno de ellos muere a los diez años de edad. Mantiene una relación de admiración con su esposo, Eugenio de Gorbea, que poco antes del comienzo de la guerra es coronel, y lo mismo que ella se identifican con el Frente Popular sin pertenecer a ningún partido. ‘Celia en la revolución’ está llena de elementos autobiográficos, empezando porque ese pueblo, Chamartín de la Rosa, es donde vive en esta época. En su exilio de Buenos Aires se relaciona con personajes a los que ha conocido en Madrid como la decoradora y artista plástica Victorina Durán o la actriz Margarita Xirgu y vuelve a publicar en la prensa argentina.

En 1948 Fortún negocia la posibilidad de volver a España. Cuando lo consigue, su esposo Eugenio se suicida en Buenos Aires. En la áspera España de la posguerra trata de recomponer algunas viejas amistades y establecer otras nuevas, por ejemplo con Carmen Laforet. Tras su muerte de cáncer en 1952 sus manuscritos han sufrido una azarosa trayectoria. Elena no se entendió bien con su hijo que vivía en Estados Unidos. Tras la muerte de ambos queda la nuera como depositaria. Gracias a la investigación y el seguimiento de la filóloga Marisol Dorao, fallecida en 2017, se han conseguido recobrar y publicar textos de Fortún que en su momento no pudieron ser editados y corrieron el riesgo de perderse. La propia autora tuvo muchas dudas sobre ‘Celia en la revolución’ porque creía que un relato de tanta humanidad pero también de extrema dureza no gustaría ni a unos ni a otros. Editado por primera vez en 1987 por Aguilar transcribiendo un manuscrito sin corregir y con lagunas evidentes que la propia Dorao expresaba en el prólogo.
Desaparecida rapidamente la edición entre tensiones y litigios, en 2021 de manera anónima se hace llegar a la Biblioteca Regional de Madrid un manuscrito para ser trabajado y con empleo de tecnologías que no existían en el 87 que es el que ahora ha visto la luz en los pasados meses. En este tiempo se han recuperado y publicado por vez primera las novelas de temática lésbica firmadas con otro seudónimo escritas por Fortún cuyos apuntes autobiográficos son tan evidentes como los de ‘Celia en la revolución’.
Aquí llegamos a una de las derivas de la imagen pública de Elena Fortún marcadas en la época presente, como es su condición de mujer lesbiana. Con el riesgo como está ocurriendo con autores tan imprescindibles como García Lorca de ser reconocidos en primer término por su identidad sexual. Sin pretender ocultar o difuminar esa identidad en otra época negada o disimulada, está su aportación como creador y referente, a la altura de los máximos nombres de la historia de las letras hispanas.
Una situación comparable a la de Elena Fortún (o a la de Gloria Fuertes): no solamente fue una mujer lesbiana sino una autora de primer nivel, por encima incluso de la forzada adscripción a una temática ¿infantil?. Leer ‘Celia en la revolución’ noventa años después del inicio de la guerra civil sigue estremeciendo: la autora se pone por encima de los bandos interpretando el dolor de sus personajes que no dejan de ser la propia ciudadanía española víctima de uno de los episodios más lamentables de su historia.

