Escrito por 12:41 pm Casa Real

JUAN CARLOS NO CONSIGUE UN PAPEL RESPETABLE EN LA MONARQUÍA COMO TAMPOCO LO CONSIGUIÓ SU PADRE

Desde Isabel II vivimos con dos reyes, uno reinando y el otro lampando 

José García Abad

Don Juan Carlos, a sus 85 años, al parecer con un estado de salud deteriorado, trata de hacer previsiones familiares como la creación, comunicada el pasado 9 de septiembre, de una fundación en Abu Dabi para pasar parte de su fortuna a las infantas Elena y Cristina. Forbes cifra la fortuna del rey honorario en 1.800 millones de euros, con una fiscalidad en Abu Dabi casi nula y opaca. Y en lo político redobla sus esfuerzos por conseguir un papel respetable en la monarquía. 

Vive en en Nurai, una isla privada de Abu Dabi, tierras de moros, donde ha trasladado su amable domicilio fiscal donde como dice Martín Bianchi Tasso, coordinador de Estilo de Vida en El País Semanal: “se pasea por Abu Dabi a bordo de un jet privado y un enorme SUV blanco de la marca Cadillac exigiendo que le restituyan su honor”. 

Se aparece de vez en cuando con motivo de regatas en Sanxenxo, en bodas, funerales o cumpleaños propios o de familiares. Pero no ha conseguido el permiso real a pesar de sus reiterados intentos para acudir a actos institucionales o al menos que su hijo le permita residir en la Zarzuela, como ocurría con Don Juan, su padre.

Uno reinando y otro lampando, en el monte o en el exilio

Tenemos una rica experiencia histórica sobre la coexistencia de dos reyes, uno reinando y otro bien en el monte o en el exilio como, en el primer caso Isabel II frente a su tío Don Carlos  a la muerte de Fernando VII. Y en el exilio como el de la propia Isabel cuando la “Revolución gloriosa” de septiembre de 1868 y más recientemente el de Alfonso XIII, quien resistiéndose a abdicar en su hijo Juan, le ofreció su corona a Franco. 

Desde la muerte del dictador en noviembre de 1975 hasta mayo de 1977, cuando don Juan renuncia a sus derechos dinásticos, España tenía dos reyes, una duplicidad molesta y peligrosa, sobre todo cuando los que disputaban eran padre e hijo: el padre, Don Juan, como rey de derecho dinástico y el hijo Juan Carlos como monarca de hecho, y de derecho desde la Constitución. 

Don Juan no conspiraría contra el hijo, pero tragaba mal que Franco se hubiera burlado de él y de las normas tradicionales de la sucesión en el trono instaurando una monarquía a su antojo. Temía, además, que el reino franquista no durara mucho, como no había durado la monarquía después de que Alfonso XIII aceptara la dictadura del general Primo de Rivera y la dictablanda de Dámaso Berenguer. 

—Ahora —se quejaba don Juan— es el dictador quien pone rey a su antojo, lo que puede llevar, por el camino inverso al recorrido por Alfonso XIII, al desprestigio de la institución y de una forma quizás irreversible a la III República. 

Don Juan tenía su propio protocolo: recibía en audiencia en La Moraleja a muchas personas y su jefe de la casa, el siempre leal Beltrán Alburquerque, confeccionaba con él todos los días su hoja de ruta, su propia agenda real, «la papela». Era la de don Juan una presencia pacífica, políticamente impotente, pero no del todo irrelevante. Probablemente tenía razón Santiago Carrillo al afirmar que «Don Juan es el cero a la izquierda más importante de España», pero era un cero a la izquierda cargado de simbolismo. 

Juan Carlos I se resiste a ser un cero a la izquierda

Pactó su abdicación que le permitió mantener el título de rey, aunque honorario, no emérito que llevaría implícito el ejercicio de alguna función como los viejos catedráticos, lo que no consiguió su padre, Don Juan, que solo recibió la condición de rey cuando murió por decisión del hijo que mandó poner en su féretro la noble inscripción en latín funerario: Ioannes III

Don Juan Carlos, a diferencia de Don Juan, cuenta con un sistema de seguridad muy caro al residir en Abudabí. Su padre solo contaba con la protección de un guardia civil a la puerta de la casa de La Moraleja. 

Don Juan Carlos, como Don Juan, no ha podido seguir residiendo en la Zarzuela. Juan Carlos mantenía un sueldo de 253.843, 20 euros hasta que el rey Felipe le suspendió de empleo y sueldo, al tiempo que le desahuciaba del palacio y le forzaba a un exilio intermitente. Don Juan, ni antes ni después de abdicar recibió un duro del presupuesto del Estado.

A Juan Carlos, como a su padre no se le ha atribuido función de representación alguna, como acudir al aeropuerto a recibir a un dignatario extranjero o asistir a una ceremonia de toma de posesión de un presidente de Gobierno, como las  que realizaba su hijo, de príncipe de Asturias, y como negó a su padre cuando el príncipe Felipe solo tenía ocho años. Juan Carlos recurrió para estos menesteres a su primo Carlos de Borbón Dos Sicilias. 

Le dolió especialmente a Don Juan Carlos que su hijo le negara su presencia en la jura de la Constitución por Leonor, la rejura de bandera de Felipe VI en Zaragoza, y los actos del décimo aniversario de reinado de su hijo.

“Haz lo que te digo pero no lo que yo hago”

Es muy instructivo comparar las cartas que Don Juan Carlos envió a su hijo –reveladas por servidor en mi libro El Príncipe y el Rey – dándole consejos sobre el oficio de rey con la conducta de aquél. El primero exigía a su hijo, entre otras virtudes, ejemplaridad, fidelidad cuando hiciera su propio hogar y huir de los escándalos.  

Los consejos eran sabios, pero podría aplicársele el dicho cínico que emplean algunos curas: “Haz lo que te digo pero no lo que yo hago”. 

Estas comparaciones entre real padre e hijo se completan al referirse a tres generaciones de Borbones con el mandato que impartiera el rey a su hija, la princesa Leonor, al imponerle la Insigne Orden del Toisón de Oro al cumplir Felipe cincuenta años: dignidad, ejemplaridad y honestidad.

En los últimos años de su reinado, el rey padre terminó aplicando una teoría a su práctica promiscua confirmando la teoría del escritor francés Paul Bourget: “Cuando no se vive cómo se piensa, se acaba pensando cómo se vive”. “El Rey –me confía una persona próxima al Emérito– había reflexionado hondamente sobre cómo debía conducirse ante la nueva situación y había acuñado una nueva filosofía: “Se dice que la primera obligación del Rey es ser ejemplar pero la verdad es que hoy nadie puede ser ejemplar. Eso era antes, cuando la gente no sabía lo que pasaba en palacio”. El Rey entendía que en los tiempos que vivimos se debe valorar al monarca bajo dos parámetros; su utilidad y su cercanía. Y, en consecuencia, decide realizar más viajes empresariales: a Chile, a India, a Rusia, al Golfo, a Marruecos, etc. Hay que reconocerle el mérito de ser el mejor relaciones públicas del país pero la renuncia a la ejemplaridad fue su gran error. 

Close